Tomás recibió una llamada de uno de sus hombres; a la distancia, él seguía a cargo de la seguridad de Esteban Arriagada, solo que ya no era guardaespaldas, era el supervisor de ellos. ―¿Un hombre rondando? Envíame una fotografía y un informe de todo lo que sepan de él: si anda solo, dónde vive, su nacionalidad, todo lo que más puedas y, con mayor razón, pon a resguardo el perímetro, no descuiden ni un milímetro de la casa; ellos deben estar siempre vigilados. ―Sí, señor ―respondió el otro, obediente. ―Espero el informe, adiós. Tomás cortó el teléfono y se quedó pensativo, no podía imaginar quién era ese hombre ni lo que quería, se suponía que todos los enemigos habían muerto y sus seguidores, ahuyentados. ―¿Vas a ponerte en peligro otra vez? ―espetó Rosario desde la puerta de la

