Esteban recibió a Ros a la salida del aeropuerto. Ella venía seria, demasiado según él. ―Hola, mi Brillant, ¿cómo estás? ―Cansada, muy cansada. ―Vamos a casa para que descanses. ―Sí, gracias, amor. El silencio fue aplastante y el camino se hizo largo para la pareja. Al llegar, Ros saludó a los niños y los abrazó muy fuerte, parecía a punto de llorar. Esteban la tomó de los hombros y la abrazó. ―¿Qué pasa? ―Nada, creo que estoy muy cansada, además, nunca me había separado tanto tiempo de los niños. ―Ya estás aquí, no te preocupes. ―Sí, el viaje de vuelta se me hizo muy pesado. ―¿Por qué no vas a acostarte? ―No, ya es tarde para dormir, prefiero acostarme temprano. ―Como quieras, ¿tienes hambre? ―Sí, quiero comer algo. Esteban fue a la cocina a ordenar que prepa

