El sonido de una llamada entrante lo distrajo. Era Cristóbal. ―Ahora estoy desocupado, Esteban, dime, ¿qué pasó? ―Ros se fue. ―Pero ¿así, sin más? ―Discutimos, me acusó de que yo no me ocupaba de ella, que solo le daba el dinero, que nunca les daba tiempo. ―¡Eso no es cierto! ¿O sí? ―Claro que no. Bueno, este último tiempo estoy con un poco más de carga de trabajo, pero es para dejar todo arreglado y dispuesto para pasar unas vacaciones en Antofagasta, intenté explicárselo. Debo admitir que yo también dije cosas que no debí. ―¿Qué le dijiste? ―Le dije que a ella no le importaba gastar el dinero que yo ganaba con el trabajo que tanto le molestaba, casi le saqué en cara lo que ella compraba. ―Esteban… ―Pero es que… Ella me pidió dinero para comprar los regalos y no ha compr

