CAPÍTULO — LAS HUELLAS DE ELIANA Khael llevaba días recorriendo ciudades vecinas. Caminaba, preguntaba, mostraba la foto que la amiga le había dado. Entraba en bares, posadas, almacenes, hospitales… pero nadie parecía conocerla. Los funcionarios de la jefatura lo miraban con indiferencia, como si la imagen de aquella mujer joven fuera solo un rostro más perdido en la multitud. En los hospitales recibió la misma respuesta: “no la conocemos”. Y cada vez que le decían que no, algo en su pecho se iba apagando. El cansancio lo golpeaba, la barba crecía aún más desordenada, sus botas estaban cubiertas de polvo, pero no se rendía. Cada noche, al recostarse bajo las estrellas, recordaba la voz de Nayara diciéndole: “No bajes los brazos, búscala. Yo quiero conocerla”. Y esas palabras lo impulsa

