ENZO Las llamadas no pararon durante los días siguientes y era algo que ya me tenía por completo estresado y con los nervios de punta. Al principio eran una o dos al día, luego vinieron los más mensajes y obviamente todos fríos, concisos, precisos como un cuchillo bien afilado sobre el propósito de todo aquello. “No puedes seguir ignorándome Enzo.” “Sabes que tienes que ceder, querido.” “No olvides que yo sé todo y no te conviene que hable” “Tienes hasta el viernes y ya sabes dónde y en que horario.” Los leía en silencio, con el estómago apretado, y luego borraba todo. Uno por uno, como si al hacer eso fuera más que suficiente para que desaparecieran, como si eliminarlos del teléfono pudiera borrarlos también de mi conciencia y de lo que representaban en este preciso momento de m

