Kira Las luces de la ciudad parpadeaban a través de la ventana del pequeño apartamento mientras me abrazaba las rodillas, hundiéndome en el sofá y mientras lloraba por lo que acababa de hacer. Todavía no lo podía creer, todavía no caía en cuenta de mi decisión. La hoja del contrato descansaba en la mesa frente a mí, como si fuera un monstruo esperando devorarme. Mis manos aún temblaban, y el peso en mi pecho hacía que me costara respirar. ¡Maldita sea! Había firmado y claramente no podía creerlo. Sabía que no había marcha atrás y menos por que mi firma ya estaba en aquel contrato, sabía que mi destino estaba sellado con tinta sobre aquel papel que pesaba como una cadena invisible. Mi corazón latía con una fuerza descomunal en mi pecho, pero no de emoción, sino de rabia contenida

