Capítulo 2 parte 3

1430 Palabras
—Por favor, déjanos tranquilas y sal de la habitación. —le suplicó Jane a mi padre. Él, un poco desinhibido por los tragos que traía encima, no objetó mucho y decidió salir del cuarto, directo a la sala donde se tendía en un mueble a seguir bebiendo y fumando. Me aseguré de que mi padre no tuviera intenciones de acercarse nuevamente en el momento  a lastimar a mi mamá, y fui a la cocina a preparar la cena para las dos. Hice algo rápido; omelettes con arroz y aguacate —la receta favorita de mi madre—, y regresé al cuarto a hacerle compañía mientras comía. Al verme entrar con su plato favorito en mano, se le desprendió una sonrisa de su boca que apenas se deshinchaba por los golpes. Me postré de nuevo en su cama, pero esta vez para ayudarla a darle su comida pues para lograrlo por su propia cuenta debía hacer esfuerzos que aseveraban su dolor. No saben cuán bien me sentía cuidando de ella, fuera poco o mucho, sentía que ahora tenía el valor que no tuve tiempo atrás. Ahora, que veía que podíamos estar bien siendo sólo ella y yo, confirmaba una vez más que debía proceder y quitar a mi padre del camino. Además, necesitaba explorar conocimientos y mis capacidades; ésta era mi oportunidad. Decidí pasar la noche en el cuarto con Jane, poner películas y preparar palomitas de maíz. Tendríamos una noche de chicas y así podría no sólo cuidar de mi madre, sino también aprovechar que realmente era la única amiga que tenía y la única persona en la que podía confiar.  Esa noche hubo muchas risas, jugueteo, bromas sobre la película y demás; tuvimos una excelente velada. Y para asegurarnos de que mi padre no arruinara la ocasión, pusimos seguro al cerrojo de la puerta de la habitación. Allí, pasamos la noche hasta que se hizo de día de nuevo.  Al despertar, fui directo hasta la cocina y  preparé el desayuno para ambas. Además, decidí que ese día no iría a estudiar, pues prefería estar en casa vigilando a Jane.  Di un vistazo por toda la casa y pude percatarme de que mi padre no estaba, así que no me preocupé porque como era de suponerse estaba en la calle, en algún bar o andén, bebiendo como si no hubiera un mañana. Volví al cuarto con mi madre y allí desayunamos ambas, mientras que le proponía salir a caminar juntas para despejar la mente un rato y salir un poco de la monotonía, a lo que terminó aceptando. Mi intención de salir a solas con mi madre, además de compartir tiempo con ella, era también  una búsqueda mía por acercarme a ella y comentarle ciertas cosas que me habían ocurrido en los últimos días.  Caminamos desde casa hasta un bosque cercano apróximadamente unos treinta y cinco minutos. El lugar inmediatamente te otorgaba paz y tranquilidad, mi madre disfrutaba su paso por el lugar como una niña pequeña cuando recibe un juguete nuevo. Por un momento, deseé que ese bosque fuera mi casa siempre.  Luego de llevar en el bosque un buen rato, resolví comenzar a hablar con mi madre, de asuntos un poco más personales de mi vida. Le comenté que ya aprendía a vivir sin amigos y sin personas diferentes a mi familia con las cuales compartir. Hablamos de mi interés por el estudio y mis buenas calificaciones,  todo iba bien hasta que mi madre decidió preguntarme por mi vida sentimental… —Y dime Kris, ¿por qué nunca me has presentado a un chico? —cuestionó. —Tú sabes que prefiero la soledad siempre. —contesté. —Lo sé hija, pero ya vas a cumplir 17 años. —¿Qué pasa con mi edad? —No es nada hija, sólo que normalmente a tu edad las niñas tienen un chico como pareja. —No soy como las niñas normales. Además, prefiero evitar problemas como dar con hombres como mi papá. Con mi respuesta, en el rostro de mi madre se reflejó algo de tristeza —por el hecho de recordarle lo terrible que era mi padre— y de inmediato bajó su cabeza. Pensé en contarle que días atrás un hombre había intentado tocarme, pero desistí de la idea porque eso implicaría dar explicaciones acerca de cómo reaccioné y no quería entrar en detalles  para no levantar sospechas en mi madre de haberlo asesinado. Hablando de todo se nos pasó el tiempo hasta que decidimos retornar a nuestra casa, pues oscurecía y no era seguro estar solas en un lugar como el bosque. Sin duda, cuando llegamos a nuestro hogar, el semblante de mi madre había cambiado por completo; estaba feliz y más tranquila. Yo también lo estaba, porque pronto esa felicidad de mi madre sería para siempre. Para no alargar la historia contándoles cosas irrelevantes, les diré que los días con mi madre en casa transcurrieron un poco tranquilos, y uno que otro día con las golpizas de mi padre cuando yo no estaba presente.  Y, también, cumplí años esa semana y salí a comer con  mi mamá, me llevó de compras y me regaló un pastel de chocolate. Saltaré, a lo que les quería contar.  Dos días después de que Jane regresara al trabajo, ya estaba decidida a poner en marcha mi plan con el peligroso veneno. Justo esa mañana, mi padre me había golpeado porque no encontraba cervezas en el refri, motivo que terminó por acrecentar la ira que tenía acumulada en su contra. Luego de golpearme, salió de casa y supuse que iría a comprar cigarrillos, pues él detestaba beber sin fumar y ya había terminado los que tenía. Supe entonces que era la oportunidad perfecta para poner la sustancia en una de sus bebidas. Tan pronto como atravesó la puerta que daba a la calle, corrí hasta donde tenía la botella de la cual estaba bebiendo en el momento.  Saqué cuidadosamente el frasco con el veneno de mi bolsillo y con un gotero que me percaté de comprar antes, puse unas cuantas gotas  —o quizás muchas — en su botella de whisky. Obviamente con el amargor del trago, ni percibiría el sabor del cianuro.  Me aseguré de revolver bien el veneno y dejé el whisky tal y como se encontraba cuando lo tomé. Regresé a mi cuarto y esperé pacientemente a que regresara para que tomara su bebida y ya ustedes imaginarán el resto. No tuve que aguardar mucho tiempo pues mi padre regresó casi quince minutos después de haber salido. Pude sentir las suelas de sus botas de vaquero que siempre usaba, acercándose al lugar en donde estaba la botella con el licor y el veneno. En ese momento mi respiración se agitó  y me dio una  pequeña crisis de ansiedad que rápidamente controlé esperando alguna señal que me indicara que la sustancia ya estaba haciendo efecto. Luego de unos minutos, desde mi cuarto empecé a escuchar los quejidos de mi padre, producto de haber ingerido el veneno. Podía escuchar su voz lastimosa suplicando ayuda; gritaba que se le iba a salir el pecho  —era de suponerse pues este era uno de los efectos del cianuro en el organismo —, además escuché cómo vomitaba mientras respiraba con dificultad. Con cada lamento de mi padre, recordaba todo el daño que había causado en nosotros, todos los golpes que debió aguantar mi madre a causa de su alcoholismo, los malos tratos y palabras denigrantes cada que se le antojaba sólo por estar ebrio y demás. Todo esto pasó por mi cabeza como en una línea de tiempo, y para serles sincera jamás sentí tanta satisfacción, no puedo decir que en algún momento sentí remordimiento porque estaría mintiendo. Por el contrario, podía ver a lo lejos cómo mejoraría nuestra vida y lo feliz que estaríamos, como debió haber sido siempre. Finalmente, después de un momento, dejé de escucharlo y corrí enseguida a mirar si había dado resultado.  Efectivamente, allí estaba tendido en el piso, con las manos puestas en su pecho y su cabeza rígida, me aseguré con mis dedos de palpar si aún tenía pulso pero fue en vano. Sin duda, un paro cardíaco había terminado con su vida. No moví el cuerpo y me senté a pensar con cuidado qué le diría a mi madre, pero en el fondo no sentí mucho preocupación pues con la manera de beber de mi padre, era de esperarse que en cualquier momento sufriera algún ataque al corazón, así que podía utilizar esto como excusa para no hacer muy sospechoso el caso.
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