En honor a la verdad, Andrea no recordaba haber sido atacado jamás en aquella zona por bandas de lansquenetes. Él y los suyos siempre habían sido el blanco de pequeños batallones del ejército imperial regular o de soldados a sueldo de señorones germánicos de las tierras de la frontera. De todas maneras, decidió alertar al pequeño grupo de hombres, en parte italianos, en parte franceses, que todavía tenía a su disposición, aunque esperaría para dar la orden de enfrentarse al enemigo hasta que no se diese cuenta de la peligrosidad efectiva del ataque. Aunque la había utilizado muy raramente Andrea nunca se había separado de la katzbalger que le había regalado en su momento su amigo Franz. Era el arma justa para utilizar en aquella coyuntura. Se aseguró que la tenía a su lado, ajustó el jubón

