Vendida al mejor postor
POV EMILY
Secándome las lágrimas y sorbiendo la nariz, me quedé en silencio, como si estuviera atrapada en un limbo entre la vida y la muerte. Abajo, la música y los murmullos de un cortejo nupcial inundaban el aire.
Aquel matrimonio que me habían impuesto no era más que mi entierro anticipado.
El ruido de la puerta abriéndose me sobresaltó. Mi padre entró, pero ni siquiera levanté la mirada. Mis lágrimas seguían cayendo mientras él, con pasos pausados y pesados, se sentaba en el borde de la cama. El colchón crujió bajo su peso.
—Hija mía…— murmuró. Pero cuando por fin rompí en llanto, desgarrada por dentro, me acurruqué más en mi rincón, incapaz de contener las olas de dolor que me recorrían.
Me tapé la boca con la mano, intentando sofocar los sollozos que llenaban la habitación, pero no pude contenerlos. Cerré los ojos con fuerza mientras las escenas de la noche anterior volvían a mi mente como un veneno.
—¡Tu hija ya no sirve!— había gritado alguien. —¡Si ya no puede tener hijos, qué más da si termina con un hombre que no puede levantarse de su cama! ¡Deja que mi hijo viva, aunque ella tenga que morir en el proceso!
—¡No voy a permitir que uses a mi hermana como moneda de cambio!— gritó mi hermano James con furia, enfrentándose a la señora Patricia, esa mujer que nunca me había querido. James intentó acercarse a ella, pero lo detuve sujetándolo del brazo. Mi padre, inmóvil como una estatua, no dijo nada.
—¡Cómo te atreves a humillar a mi madre!— Michael, mi medio hermano, también alzó la voz. Los gritos llenaron el aire. A pesar de todo el caos, yo sabía que la última palabra la tenía yo. Por eso mi padre no decía nada.
—¡Mi hijo la amaba y por eso la secuestró!— chilló Patricia, como si esa fuera la justificación que todos debíamos aceptar. —Emily ya no es fértil, ya no tiene valor. ¿Qué importa que termine casándose con el hijo mayor de los Bennet? ¡De todos modos, no puede cumplir con su deber como mujer!
Esas palabras se quedaron incrustadas en mi mente como clavos. Sin fuerzas, caminé hacia la puerta, con el alma hecha pedazos. El peso de sus gritos seguía aplastándome mientras bajaba las escaleras. Quise huir, pero mi cuerpo no me respondió.
Desde pequeña, la vida no había sido justa conmigo.
Perdí a mi madre siendo apenas una niña. Mi padre, incapaz de enfrentar su dolor, se volvió a casar. Patricia, su nueva esposa, no tardó en demostrar su crueldad. Nunca olvidaré el día en que vi con mis propios ojos cómo empujó a mi madre por las escaleras. Yo grité la verdad, pero nadie me creyó. Solo mi hermano James estuvo de mi lado.
Fui la única hija de mi padre. La menor de cuatro hermanos. Michael, el mayor, era hijo de Patricia. Luego venía James, mi único amigo, mi único confidente. Después Ethan, otro medio hermano que, en una noche, arruinó mi vida.
Todo comenzó cuando los Bennet, nuestros enemigos de toda la vida, llegaron a nuestra casa. La hija de su familia había quedado embarazada de Ethan, y como respuesta, ellos exigieron un intercambio. Aparecieron a mitad de la noche, llamando a nuestra puerta con una oferta escalofriante: o aceptábamos, o habría muerte.
—¡Dale a la muchacha!— fue lo que Patricia dijo sin titubear. Ni siquiera lo pensó.
Hacía dos años, tras meses de dolor inexplicable, un médico confirmó lo que parecía mi condena: no podía tener hijos. Esa noticia, que debía haberse quedado entre las paredes de la mansión, Patricia la esparció como si fuera un rumor sabroso. Desde entonces, me etiquetaron como “la defectuosa”.
Esa fue su excusa para venderme.
Al llegar a mi habitación, caí sobre la cama, rota. Mi defecto se había convertido en mi sentencia. Ahora estaba comprometida con un hombre que nunca había conocido, alguien que, según decían, era el hijo mayor de los Bennet, pero condenado a pasar sus días postrado en cama.
Mis lágrimas seguían cayendo mientras las palabras crueles resonaban en mi cabeza. Me limpié el rostro con el dorso de la mano, intentando recuperar algo de fuerza. De pronto, un golpeteo en la puerta me hizo incorporarme de inmediato.
De pie, con la cabeza gacha, crucé las manos delante de mí, esperando.
—Mi Emily hermosa…— La voz de mi padre sonó suave, casi un susurro, cuando entró a la habitación. Cerró la puerta tras de sí y se acercó con pasos lentos. Al llegar a mi lado, acarició mi cabello con ternura.
Mi cabello castaño, largo hasta la cintura, era un legado de mi madre. Lo amaba tanto como yo amaba su recuerdo. Cuando era niña, mi madre solía cepillarlo con delicadeza, entrelazando su amor en cada hebra. Ese cabello era lo único que me conectaba con ella en este mundo.
—Mi hija más preciada...— decía mientras sus dedos recorrían mi cabello con delicadeza. No se atrevía a mirarme a los ojos, sus pupilas estaban fijas en las partes que tocaba, como si evitara que nuestras miradas se cruzaran. Cuando sus manos temblorosas dejaron mi cabello y llegaron a mi barbilla, levanté un poco la cabeza, tratando de mantener la compostura. Mi vista iba de un lado a otro por la habitación, buscando algo en qué concentrarme, porque si lo miraba directamente, las lágrimas no se harían esperar.
—Ven, hablemos un rato, ¿sí?—. Quitó sus dedos de mi barbilla y señaló el borde de mi cama con la mano. Me mordí los labios, intentando calmarme, y esperé a que se sentara primero. Solo entonces tomé asiento a su lado.
—Tu mamá y yo tuvimos un matrimonio arreglado— comenzó a decir, mientras sus ojos parecían perderse en el pasado—. Ni ella me conocía a mí, ni yo a ella. Con el tiempo, nos acostumbramos el uno al otro, y después... terminé enamorándome de ella. Nos dijimos que no teníamos que amarnos desde el principio para poder construir algo juntos.
Esas palabras me tocaron profundamente. Sentí cómo mis ojos se llenaban de lágrimas, pero traté de contenerme. Mi mirada se desvió hacia la fotografía familiar que colgaba en la pared frente a mi cama. Una imagen donde todos parecíamos felices, como si nada pudiera rompernos.
—Tu madre venía de una familia con mucho dinero— continuó, con un tono nostálgico—. Al principio, nos menospreciaban por ser pobres. No nos daban ni la hora. Pero con el tiempo, lo logramos gracias a la palabra de mi abuelo. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Asentí con la cabeza, aunque las lágrimas ya luchaban por salir. Estaba haciendo todo lo posible por mantenerme firme, pero sus palabras no ayudaban. Él había sido quien había aprobado este matrimonio de conveniencia, y ahora estaba allí, frente a mí, tratando de justificarlo todo.
—Perdí el sentido de mi vida el día que enterré a tu madre— dijo, con la voz quebrada—. Quise irme con ella, pero tú estabas ahí. Yo tenía hijos que necesitaban de mí...
No necesitaba decirlo directamente.
—Dime, ¿hay alguien en tu corazón?— preguntó de repente, con dificultad. La pregunta me tomó por sorpresa. No sabía cómo responder. Si decía que sí, tal vez me salvaría de este matrimonio arreglado. Pero si decía que no, sabía que el destino estaba sellado y que mañana sería la boda.
Él puso su mano sobre la mía. Observé sus dedos llenos de callos, su piel arrugada, y el anillo de plata que aún llevaba, el mismo que mi madre le había dejado. Era un recordatorio constante de ella, de lo que habíamos perdido.
—Siempre me he culpado por la muerte de tu madre— confesó, con una voz cargada de remordimiento—. Esa carga es insoportable. Y ahora siento que la vida me está poniendo a prueba con el destino de mis dos hijos. Si permito que uno muera, es como si condenara al otro a una existencia vacía...
Su voz se fue apagando al final de esa frase. Alcé la mirada con cuidado y lo vi. Estaba observando la foto de mi madre, y una lágrima silenciosa rodaba por su mejilla. Ese hombre, que siempre se había mostrado tan fuerte, ahora se veía vulnerable frente a mí.
—Ven acá— dijo, golpeándose ligeramente la pierna como si me invitara a recostarme. Me quité las zapatillas y, sin decir una palabra, apoyé la cabeza en su regazo. Sus manos volvieron a mi cabello y comenzaron a acariciarlo lentamente, con una ternura que casi dolía.
—No podría soportar otro dolor así— murmuró—. Ya enterré a tu madre. Perder a un hijo... no, no podría.
Mis lágrimas caían sin control sobre sus rodillas. No me importaba el orgullo, no me importaba sentirme vulnerable. Esa noche, lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Horas después, estaba acurrucada en mi cama, tratando de bloquear el sonido de los tambores que retumbaban en la distancia. Llevaba puesto un vestido de novia, un atuendo que sentía ajeno, pesado. Una prisión.
—Emily, hija—. Su voz me sacó de mis pensamientos. Se acercó y se sentó frente a mí. Yo me recargué en el cabecero de la cama, abrazando mis piernas. Lo miré, tratando de encontrar algo en su rostro que me diera esperanza.
El ruido de abajo cesó de repente. Los tambores y las risas desaparecieron, y en ese silencio solo se escuchaba la respiración de mi padre.
—Eres mi luz, mi consuelo— dijo finalmente, con una sinceridad que me desgarró—. Pero no podría soportar la muerte de tu hermano después de la de tu madre.
No sabía que, con sus decisiones, ya me había condenado a mí.