Prólogo
2043
Ella:
«Gitana soy yo»... Esa era la premisa de mi madre siempre que miraba con nostalgia las estrellas y los astros que adornan el firmamento de la Tierra. Hoy me lo repito desde este balancín a la orilla del río, aunque mis ropas me hagan parecer más una nativa que una gitana. O al menos eso es lo que dice él.
Soy Luna Ainé Monsalve; sí, esa misma, la eterna niña de Neville y Nahir.
Las mujeres de mi familia poseemos un apego incomprendido por el cielo y sus misterios desde que tengo uso de la razón. Mi abuela leía las cartas. Mi madre y mi tía parecen descifrar el destino con tan solo mirar la inmensidad, observando a la Emperadora Luna y luego al Emperador Ainé. De niña, me daba pavor que alguna de ellas me mirara fijamente a la cara; sentía que me leían el alma y, créanme, eso puede ser aterrador. Hoy, ese mismo misticismo se ha despertado en mí, aunque prefiero llamarlo mi sexto sentido. Mis sueños me hablan y puedo descifrar a las personas con una facilidad pasmosa. De mi abuela aprendí el arte del tarot y, por otro lado, el haber vivido en los bosques más de la mitad de mi vida junto a un médico y una gitana sembró en mí la curiosidad por los remedios naturales. Los astros son mi guía; las voces en mi mente, mi conciencia.
No quiero apegos. No quiero amar. Esta noche, aquí sentada, me lo repito como un mantra. Nadie a mi alrededor había logrado alterar mis sentidos... hasta que lo atrapé a él. Desde ese día, mi mundo está de cabeza.
Durante mi infancia, mi abuelo Ren solía decirme que yo era su princesa de las estrellas. Que ellas eran mis súbditas y yo, su reina. Aprendí mucho de él. Mi viejo judío loco no tenía idea de cuánto influenció en el despertar de mi esencia gitana, y yo aprendí a valorar cada una de sus creencias. Hoy en día, esa es mi identidad.
Mi paradero actual es un misterio para mi familia, y es mejor así, por el bien de ellos y el mío propio. Necesitaba salir de la burbuja de seguridad de mi hogar; quería trazar mi propio destino en este nuevo mundo, lejos de su sombra y del peso de que me consideren la «salvadora» de la Tierra. En mi familia evitamos el protagonismo; se hizo lo que se tenía que hacer en su momento y punto. Ahora pertenezco a la Resistencia de este país, al servicio de La Alianza. Soy un soldado, tal como alguna vez lo fueron mi padre y mis tíos. Al cumplir los 18 años volé del nido para buscar mi propio camino junto a mi primo Ciaran. Hoy ya tengo 21 años. Mi destino ya estaba trazado en este entorno paradisíaco del que no quisiera salir jamás, y el cual estoy dispuesta a defender con uñas y dientes.
Para los que somos como yo, regresar a la civilización de las grandes urbes nunca fue la mejor opción. Ciaran se convirtió en general de la Resistencia en Ciudad Abisal y, en ese momento, le pedí que me enviara lo más lejos posible. Ya era suficiente con que él estuviera en el ojo del huracán mundial.
Nací con una deformidad en mi pierna y una mancha en forma de media estrella en la frente con la que cubro un lunar. Aunque mi nacimiento ocurrió en 2022, justo antes de la Tercera Guerra Mundial y el bombardeo radiactivo, para el hombre poscontemporáneo —la Generación pos-Ainé— el tener algún tipo de impedimento físico o marca es sinónimo de rechazo, miedo e incluso muerte.
El ser humano siempre tiende al desorden; es entrópico por naturaleza. Por eso, la paz que en algún momento creímos duradera hoy se está perdiendo. Las batallas entre los Oscuranscentis, los mutantes y los humanos «sanos» me consternan profunda y diariamente; esa es la razón por la que no tengo el más mínimo interés en asumir un puesto de liderazgo en La Resistencia. Hay situaciones y acciones con las que no comulgo ni logro comprender, pero no juzgo a nadie. La Resistencia es mi lugar seguro. Si tuviera que culpar a alguien, sería a los Oscuranscentis y sus doctrinas enfermizas, que han obligado al resto de la humanidad a mantenerse a la defensiva.
Papá y mi tío hicieron el mejor trabajo posible con mi pierna, pero esta sufrió daños severos durante la misión para desviar el meteoro. Por eso, aunque camino derecha gracias al soporte de mis botas militares, al descubrir mi tobillo se puede apreciar una cicatriz imperfecta junto a un sobrehueso que asemeja una pequeña espuela. Cuando esta protuberancia apareció, papá quiso intervenirme quirúrgicamente de nuevo, pero me negué. El riesgo que correría si intentara regresar a Suiza o a cualquier centro médico avanzado no lo vale. Su fama como agente especial de La Alianza lo convirtió en un objetivo prioritario para los Oscuranscentis; por ello, hoy en día dedica su vida a hacer el bien desde la clandestinidad, al igual que mi madre. En su refugio clandestino él montó una clínica, mi madre continúa con sus estudios astronómicos y juntos dirigen un centro de acogida para niños huérfanos. Mis hermanos adoptivos ya rozan los cien, tal como ellos lo soñaban. Por supuesto, ese no era mi sueño. Al crecer, abandoné el nido con su bendición. Hace más de tres años que no sé nada de ellos, pero tengo la certeza de que mis ancestros, quienes forman mi corte celestial, los custodian. Sé que Dios los cuida, y eso me devuelve la paz.
El:
Corro, corro y corro hacia la silueta de los árboles verdes en el horizonte, pero mis piernas no dan más. Un golpe seco y certero en la nuca me derriba sobre el suelo húmedo de la ciénaga. He sido atrapado. ¿Por quién? De la respuesta a esa pregunta dependerá el resto de mi destino.
Mi vida comienza a reproducirse en mi mente como el avance de una película que jamás se estrenará. Mis 22 años de existencia han sido, más que nada, una pesadilla constante. Nací aquí, en los campos de lo que hoy se conoce como Ciudad Abisal, unos suburbios que en los primeros tres años de mi infancia fueron un auténtico paraíso. Luego, todo se derrumbó. Si bien la naturaleza a nuestro alrededor se volvió exuberante y extraña, las guerras internas y los saqueos se desataron sin control. Los cataclismos de la guerra y ese meteoro que irrumpió en nuestra zona espacial, aunque devastaron el viejo mundo, crearon un nuevo orden que unió al planeta en tiempo récord. Pero nada es perfecto, y mucho menos para los desposeídos. Mis padres eran contrabandistas de coca en estas selvas; murieron a manos de los Oscuranscentis y, desde entonces, soy su esclavo. No soy un mutante, pero me confunden con ellos con facilidad. Querían enlistarme a la fuerza en sus tropas, pero logré evitarlo ofreciendo un trato: sería su curandero.
Desde entonces, intento proteger en secreto a los mutantes de mi aldea.
Los líderes se creen con derechos absolutos sobre los mutantes y los manipulan para sus propios fines. La mayoría de ellos son personas enfermas, consumidas por la radiación; no son agresivos a menos que medie una crisis mental, pero el adoctrinamiento es tan feroz que los convierte en simples títeres. Joder, si yo nací justo antes del cataclismo y ya cargaba con ese dedo extra en mi pie que, por cierto, a mí me encanta. Como me negué a pelear y a convertirme en un asesino, oculto este pequeño detalle físico y muchos otros conocimientos para salvaguardar a mi pueblo. Me entregué a la esclavitud por ellos. Me encargo del mantenimiento del armamento, de la edificación de sus estructuras, de proveerles sustento y, para qué negarlo, también de cumplir las exigencias de aquellas mujeres de la secta que aún se consideran sanas y buscan asegurar su descendencia. Por fortuna, la radiación las afectó a ellas... o me afectó a mí. No tengo prole en ningún lado, todavía. Ni siquiera con Adira, con quien compartí la mayor parte de mi tiempo hasta que logró escapar.
Utilizo la sabiduría medicinal de mis antepasados para enseñarles a mejorar su calidad de vida. Gracias a eso, algunos han comenzado a recobrar la lucidez. Muchos de esos mutantes eran nuestros propios compueblanos antes de que sus mentes fueran lavadas. Los Oscuranscentis me mantienen con vida porque me necesitan; sin mis remedios, estarían muertos. Sin embargo, se respira tensión en el aire; este grupo sectario planea algo grande y se nota la división interna con otras facciones. En fin... hace mucho tiempo que perdió mi propio nombre. Ahora, para todos, soy simplemente el Esclavo.
Siento un dolor punzante en la cabeza y mis párpados se abren con extrema dificultad. Por un instante, parece que hubiese despertado en el cielo: un ángel con el cabello del color del mismísimo Sol, pero con un rostro de muy pocos amigos, me arrastra con firmeza hacia el tronco de un árbol de Lupuna.
Cierro los ojos de nuevo y finjo seguir inconsciente, temblando por el misterio de lo que está por ocurrir.
Episodio 1:¿ Quién eres?
Ella:
Mi nombre es Luna Ainé Monsalve Mezzini, si, esa misma, la hija de Nevile y Nahir Monsalve, los verdaderos salvadores de este planeta. Tengo 25 años y soy parte del ejército de La Resistencia de Ciudad Abisal en las profundidades de las selvas de un continente que nunca sabrás.... o a lo mejor si. Me destaco selva adentro, a diferencia de Ciaran, mi primo. El se destaca en la Ciudad. ¿La razón para tomar esta decisión? Así lo decidí, luego que mis compañeros de unidad empezaron a sacarme el cuerpo, más bien, como que a temerme, cuando en una de las duchas vieron la operación de mi pie. Los muy idiotas se creen que he mutado por la radiación y la verdad yo no voy a gastar mis energías en explicarles quién soy y por qué mi pierna está deforme. Al carajo, quiero ser una soldado al igual que mi padre y pasar desapercibida, por la seguridad de el y de mi madre. Además,no me gusta hablar de mis "logros", por decirlo de alguna manera, ni vanagloriarme, por lo que hablé con Ciaran, que es mi superior, para que me asignara a las tropas del centro. Además, cosas extrañas están sucediendo y eso quiero verlo de primera mano.
Él no quería, pero su prima puede ser insoportable cuando quiere. Ni los gemelos, que son mis hermanos de sangre, me controlan tanto. Así que me dejó ir con ciertos "privilegios", yo diría restricciones de un sobreprotector, "para poder comunicarnos
en caso de emergencia".
En lo profundo de la selva hice muy buenas amistades: Lola Flores, Estela Montecristo y Tony Molina. Este último tiene una especie de amor platónico conmigo, pero nada que ver, ya lo dejé en zona amistosa, no estoy aquí para eso. Bastante mal le ha ido a mi hermana mayor con eso del amor y para ser honesta, Tony no es mi tipo, no, no, no,no, noo. Y se lo he hecho saber. Por lo que somos los 4 mosqueteros y mejores amigos.
El teniente Lozada nos ha encomendado a la tropa una misión hoy por lo que estamos en alerta máxima. Tropas Oscuranscentis fueron vistas en el cañón al norte de nuestra base por alguna razón que desconocemos, se han asentado en las ruinas, lo que no es común de ellos, pues generalmente son nómadas. Un informante nos indica que se disponen a tomar la aldea de Ruda, donde hoy hay descendientes aborígenes pacifistas.
Me encuentro en mi punto designado, en la zona este de un árbol de Lupuna. Nada anormal hasta ahora. Solo me acompañan las estrellas.
- Hola precioso lucero- un destellante lucero me deslumbra cuando emite un poco más de brillo desde la cima de la bóveda celeste.
- ¿Me quieres acompañar?- Estoy extasiada mirándolo con mi Abony serie 3550 marcando el área y reportando la data a mi computador de brazo. Estas armas son una belleza. Son perfectas para vigilancia. Poco a poco mis ojos se cerraron, mientras escuchaba a lo lejos una voz : " quiero estar a tu lado, sálvame de la esclavitud y te salvaré".
Me desperté asustada y consternada con el sonido de un rayo láser y el haz cerca de mis narices. He sido irresponsable en dormirme. Si el teniente Lozada se entera me devolverá a Ciudad Abisal. Me pongo en alerta, ya ha amanecido y el Sol molesta mi cara. Está como a unos 20 grados del suelo. Deben ser algo así como las ocho de la mañana. "Carajatee, la cogí larga". Pienso mientras pruebo mi aliento y limpio mis ojos. Ni tiempo para nada más.
- Especialista Monsalve, dos objetivos se acercan a su localización por la ciénaga. El sargento Díaz y la Spt. Molina se encuentran en persecución. Refuerce en su punto junto a Montecristo. Los queremos vivos. Esas liebres no son soldados: son esclavos Oscuranscentis. -
- Entendido, mi teniente-respondo de inmediato aparentando estar más alerta de lo que me encuentro.
-Montecristo, ¿me escuchas?- Pido refuerzo.
-Fuerte y claro Monsalve, los tengo en la mira a 42 grados al este del puesto de vigilancia tres. No están armados, vienen corriendo hacia ti como "avestruces con cohetes en el trasero". -
A Tela, ( Estela Montecristo, no le importan las formalidades, es como mi hermana mayor. Río con su vocabulario y ocurrencia.
- Cubreme, tuve un pequeño percance, te sigo.- Le digo avergonzada.
- Seguramente una estrella te noqueó y te quedaste dormida- me responde de forma bromista. ¿Como siempre lo sabe? Me conoce demasiado bien.
- ¡No, no, no, no, no! ¡Que va!- Digo entre risas al tiempo que la veo salir de su escondite y lanzarse sobre uno de los hombres y tirarlo al suelo. Rápidamente el sargento Díaz la alcanza, lo aguanta y lo amarran. Ambos hombres son fornidos, de apariencia saludable y quemados por el Sol. El segundo hombre sigue siendo perseguido por el teniente Molina, pero sin darse cuenta ambos entran a la ciénaga y el fango entorpece la persecución. Molina empieza a resbalar, llamando mi atención mientras sigo la persecución con la mira. -Pero ese espectacular hombre....- digo para mi misma inconscientemente."Lunaaaaa, que carajos dices,¿espectacular?".
Corrijo, ese hombre se acerca a la orilla justo a un metro del árbol de Cedro y mi Lupuna. Rodeo el mismo de manera que cuando pasa justo por debajo de las ramas de ambos, le salgo por la espalda y le meto sendo golpe en la cabeza cortesía de mi Abony 3550.
- ¡Monsalve, lo quieren vivo, no lo mates!- me grita mi sargento.
- Solo está inconsciente- le respondí mientras tomaba sus signos vitales.
- Te enviaré refuerzos, el otro salvaje no puede ser contenido por dos, es una bestia muy fuerte.- Observo a mi detenido y realmente es impresionante. No puedo dejar de admirarlo. Me causa mucha curiosidad. Tiene el cabello largo, mide como 2 metros, piel canela, limpia y resplandeciente.
- Entendido, pero con su respeto, apúrense porque este parece otra bestia y si despierta... - Le dije un poco conmocionada para disimular.
-Copiando, recibido. Enviaré a Pérez.- responde de inmediato.
Tiene rasgos indígenas, pero sin duda la mezcla de razas está presente. Su cuerpo es torneado y su pelo es lacio castaño, su mandíbula cuadrada y su nariz es ligeramente perfilada. Me atrevo a decir que hasta bonita. No es grueso, sin embargo parece un saco de músculos dentro de un uniforme militar antiguo y roto. Es casi perfecto, deseable.
- ¡mmmahhhhggggg! - se queja mientras se va despertando. "Estoy frita" pienso mientras pongo una mirada de pocos amigos y le apunto con el arma.
- ¡Dios! ¿Este gladiador Romano es un Oscuranscentis?- Esa es mi Lola llegando a mi auxilio y quedando tan impactada como yo. Me ayuda a tomarlo por los brazos del suelo y le atamos las manos a su espalda.
- No, soy solo un esclavo- Dice, apenas audible, mientras abre lentamente sus ojos mirando justo mi rostro.
Vaya tiene unos ojos color carey hermosos; ni marrones, ni verdes, ni amarillos. Es una mezcla de colores extraños. Definitivamente es un mutante, pero guapísimo. Deberían mutar más así.¿ Oh no?. "No, no, no, no, noo, concéntrate", mi voz interna me vuelve a regañar". Por alguna razón, todo mi cuerpo se estremece con una extraña sensación que me incomoda.
- Seguramente es mutante, mira esos ojos de carey- le digo a Lola mientras observo que se sienta lentamente y empieza a mirar sus botas. No dejamos de apuntar, pero sin embargo se ve indefenso.
- Tengo mis botas- Suspira- No lo soy damas, ¿Por qué dicen que soy mutante? Me obligarían a fungir como militar activo de la secta de serlo. No lo soy, maldita sea. Me harta que me digan que lo soy.- Dice alterado pero llevando sus grandes manos a su rostro y estrujandolo denotando frustración.
- Seguramente Monsalve lo dice por el color de tus ojos- dice mi indiscreta amiga mirándolo fijamente.
-¿Quién eres?- le pregunto intrigada, mientras se acercan los demás y él se tensa.
- Ya les dije, me dicen Esclavo - contesta con voz ronca y enfadada.