Tres años habían pasado desde aquella madrugada de tormenta en el hospital, donde el mundo se había detenido en un pulso perdido y renacido, y ahora, en la casa que Cris había diseñado con manos temblorosas de futuro, el caos era el más hermoso que podía imaginar. La fachada blanca con acentos de madera se erguía contra el mar como un faro familiar, el jardín con el roble joven —plantado el día de la mudanza— ahora sombreado por ramas que susurraban secretos a las olas. Dentro, el aire olía a café recién molido y a crayones de colores, un aroma que definía nuestra vida: la de una familia multiplicada por dos estrellas rebeldes, Luna y Stella, que corrían por el salón como huracanes en miniatura, dejando un rastro de juguetes y risas que resonaban como ecos de nuestra propia tormenta pasada

