El día de la mudanza amaneció con un sol perezoso que se colaba por las cortinas del departamento, pintando rayas doradas sobre las cajas apiladas como torres inestables en el salón. Habían pasado seis meses desde la boda en la playa, y mi barriga ya era un globo redondo que proclamaba a las gemelas con cada patada juguetona —Luna y Stella, nombres que Cris repetía como un mantra cada noche, besando mi vientre mientras susurraba "paciencia, mis reinas, papá ya arma su castillo"—. La nueva casa, esa obra maestra que Cris había diseñado en su tesis de arquitectura —líneas modernas que se fundían con curvas orgánicas, como si el edificio mismo respirara—, nos esperaba a solo veinte minutos de la ciudad, en un terreno con vistas al mar y un jardín que prometía tardes de corridas descalzas. "¿

