Iris respiró hondo antes de empujar la puerta de la oficina. Sus tacones resonaron con firmeza sobre el mármol mientras entraba sin titubear. Alexander estaba de pie, de espaldas, mirando por el ventanal con las manos en los bolsillos y la mandíbula tensa. Su postura imponente, vestida de n***o, irradiaba poder. —¿Querías verme? —preguntó ella, con voz firme, sin permitir que la tensión en su pecho se asomara. Él no respondió de inmediato. Giró lentamente, clavando sus ojos grises en los de ella, como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos. Había una chispa peligrosa en su mirada, pero no era de enojo… era algo más turbio, más profundo. —¿Eso fue todo lo que tenías para decirle a David? —inquirió, con una media sonrisa que le tensó la comisura de los labios. Iris parpadeó, sorpre

