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2308 Palabras
El siguiente día se reunieron para hablar de lo poco que habían descubierto. Mayoritariamente en el caso de Mary Bower. Había testimonios que la habían visto con James, pero algunos también dijeron que la vieron con otro hombre, pero apenas podían describirlo. Metro setenta y algo, de unos cuarenta, pelo corto moreno y con algo de barba. También habían descubierto que Mary era la que valoraba si debían aceptar exponer las obras o no. En el último mes había descartado a tres nuevos artistas y a dos de los cuales ya habían expuesto obras anteriormente, pero que, por lo visto, no eran suficientemente buenas. Les habían facilitado los nombres de los cinco artistas, y habían descartado a dos porque eran mujeres. Así que solo les quedaban tres nombres. Kevin Lynch, Cian Clarke, Owen Brady. Todos encajaban con el perfil.  Sophie dejó los interrogatorios a sus compañeros, mientras que ella observaba desde la sala de al lado, junto con John, cómo se comportaban los posibles culpables. El primero fue Kevin. Tenía 37 años. Trabajaba en una empresa de diseño gráfico y tenía buena posición. Había estudiado en Inglaterra, a pesar de ser irlandés. Estaba casado, pero no tenía hijos ni coartada para los crímenes, ya que normalmente no creían lo que las parejas decían. Negó completamente conocer a las víctimas, salvo a Mary Bower. La había visto un par de veces cuando le enseñó algunos cuadros para exponer en el museo, pero no se los había aceptado. Le había recomendado que interiorizara un poco más y expresase sus sentimientos en su arte, porque de otra forma, quedaba muy frío. Y por lo que él decía, lo había entendido y no se había enfadado. Quería hacerse conocido con su arte, pero reconocía que le faltaba algo en las pinturas que había presentado, así que había decidido hacer uno nuevo, el cual estaba en el estudio en su casa a medio hacer. Su actitud era bastante segura, pero estaba colaborando con los agentes. No se negó a responder ninguna pregunta y no parecía que mintiese. Le enseñaron un par de dibujos, pero no reaccionó más allá de sorprenderse por el contenido. E hizo un comentario sobre ellos. “El no poner color demuestra que no está demasiado seguro de si mismo. Todos los artistas pintan para brillar más.” Aunque eran unas palabras extrañas, le dejaron irse. Cambiaron los interrogadores y entró el segundo hombre.  Owen Brady. Tenía 35 años, casado y con una hija de pocos años. Estudió en una escuela de arte en la ciudad pero al final había terminado trabajando en el restaurante familiar. Tenía coartada para un par de crímenes que se habían cometido mientras él trabajaba o estaba en otros sitios con amigos. Como Kevin, reconoció a Mary Bower, pero no sabía quiénes eran los demás. Sus obras fueron rechazadas porque se parecían demasiado a pinturas de artistas famosos. Le acusó de intento de plagio. Owen estuvo de acuerdo con los policías cuando le dijeron que ese comentario debió haberle cabreado. Era cierto, había dicho. Pero después de compararlo con obras famosas vio que Bower tenía razón. Que igual había intentado parecerse tanto a ellos que les había terminado copiando. Había tirado sus cuadros y estaba tratando de encontrar la inspiración para pintar algo realmente suyo, pero de mientras solo trabajaba en el restaurante y cuidaba de su familia. John comentó que parecía muy relajado, y además, si tenía coartada era imposible que fuese él. Como con el hombre anterior, le enseñaron algunos dibujos. Owen los miró con el ceño fruncido. “¿Los ha enviado así?” preguntó, y ante la respuesta afirmativa de los agentes volvió a mirarlos. “Entre que no hay color y que están dibujados tan perfectamente, apenas refleja más que frialdad. Quien sea este tío, no parece sentir nada.” Finalmente entró el tercer sospechoso. Y ahí empezaron a complicarse las cosas.  Cian Clarke de 40 años, soltero. Había estudiado bellas artes en Dublín. Negaba rotundamente conocer a ninguna de las víctimas. Lo decía con vehemencia, y cuando le dijeron que Mary Bower era quien había rechazado sus nuevos cuadros miró a los dos policías confundido. Anunció que él no había dibujado nada para llevarlo a un museo, pero no le creyeron. ─Por enésima vez. Nunca he ido a ese museo y aún menos he presentado ninguna obra para que la expusieran. ─¿Entonces por qué el museo tiene en el registro de obras tu nombre?─preguntó Aidan, cruzado de brazos, sentado en la silla. ─Será un error. Debieron escribir mal el nombre.  ─¿Y justo escribieron el de alguien que también estudió arte? ¿No es demasiada casualidad? ─¡Y yo qué sé! Yo no he hecho nada. ─Tenemos su nombre y un motivo. ¿Dijo que su arte era malo? ¿Eso dijeron todos? ─Ya ni siquiera pinto. Lo dejé para dibujar cómics en una editorial. Ese es todo el arte que hago. Hace años que no compró lienzos, pinceles y todo lo necesario para dibujar un cuadro. Pueden comprobar mis cuentas. ─Hay algo que se llama efectivo. No nos sirve la tarjeta. ─Pues quizás hay alguien usando mi nombre, aunque no sé para qué. ─Vamos… Reconozcalo. ¿Tanto le cabreo que le juzgaran? Yo odio cuando me dicen que hago un mal trabajo o se niegan a hacer algo que quiero. ¿No te pasa igual?─presionó Aidan. ─Pues no. Estoy suficientemente ocupado dibujando para mi trabajo como para dedicarme a pintar, ¿sabe? Y no me enfada que me digan que algo está mal, siempre y cuando lo digan para mejorar─respondió Cian─. Además, jamás he querido ser famoso. ¿Para qué iba a presentar mis cuadros a un museo? ─¡Ya basta con esto! ¿No deseabas que te pillasemos? ¿O es que lo hemos hecho demasiado rápido? ─¡Sigo sin saber de qué me habla! ─Tú mataste a esas cuatro personas… ¿Cuántas te quedan? ─¡No he matado a nadie! ─¡Confiesa! Tenemos tu nombre. Podemos conseguir una orden de registro para tu piso y encontraremos pruebas que te relacionen con los crímenes. ─¿Quieren ver mi casa? Yo mismo les llevo. ─Eres inteligente… habrás escondido todo lo que te incrimina. ─¿Qué opinas?─preguntó Sophie, al otro lado del cristal, mirando a John. ─Está de los nervios por la presión de tu compañero, pero le ha mirado a los ojos siempre que responde. La gente no suele hacer eso cuando miente. Además, realmente se ha sorprendido cuando le han dicho lo de su nombre… Y realmente, si fuese nuestro hombre… con lo cuidadoso que es, ¿no sería esto demasiado fácil? No estoy demasiado seguro que ninguno de los tres sea el culpable. ─Estamos igual. O peor. Como Aidan siga así esto terminará mal. ─Trata demasiado de culparle. ¿Sabes que tiene un comportamiento extraño? Siempre hablando de una forma extraña, con segundas intenciones. Echándote miradas depravadas… ─Es un gilipollas─cortó ella.─Como ha dicho, le cabrea que las cosas no vayan como él quiere. Él planeaba engañar a su mujer cientos de veces conmigo, y yo le dije que se buscase a otra. ─Ya… ─John. ─¿Qué? ─Tengo tu camiseta en casa. Te la puedo traer mañana… ─O puedo venir esta noche. Sophie miró de reojo al psicólogo. La estaba mirando directamente. Completamente serio y con las manos en los bolsillos de su chaqueta. Sophie centró de nuevo la mirada en el interior de la sala de interrogatorios y respiró profundamente. ─Me parece bien que vengas. ─Perfecto, pues. ─¿Te apetece entrar? Necesito echar a Aidan de ahí antes de que cometa un error. Y Sullivan no está haciendo nada, como siempre que está en los interrogatorios. ─¿Entonces por qué le dejáis interrogar? ─Es porque preferimos que haya dos agentes… para que no se obligue al acusado a hacer una declaración falsa y eso… Pero estoy cansada de estar aquí viendo como Aidan solo le grita a ese hombre. Así que, ¿quieres analizarle de cerca? ─Está bien.  ─Sígueme. Salieron al pasillo y se acercaron a la puerta de la sala de interrogatorios. Llamó y abrió la puerta. Los dos policías miraron a Sophie sin saber qué decir. Hasta que ella habló. ─Vengo a relevaros. Además, quiero hacerle unas preguntas yo misma. ─Estoy perfectamente...─empezó Aidan, pero se calló en ver a Sophie cruzarse de brazos y apoyarse en la pared. Sabía que no iba a irse. Chasqueó la lengua como queja y se levantó de la silla. Sullivan salió primero sin decir nada y Aidan también se acercó a la puerta, pero se paró junto a Sophie.─No eres más que yo, no puedes ir dando órdenes así. Y creo que tenemos que hablar. Te veré después… supongo que entiendes qué quiero─murmuró, mirándola con una sonrisa que a ella la asqueó. Segundos después salió de la sala, cerrando la puerta. ─Señor Clarke, soy la agente Sophie Doyle y él el psicólogo John Beckett. ─Ya he dicho que yo no he hecho nada. Ni en el museo ni matar a nadie. ─Le creo. Tranquilícese. John, siéntate, ¿vale?─dijo Sophie. El psicólogo asintió y se sentó ahí donde hacía unos minutos estaba Aidan.─Supongo que a usted también le resulta extraño que sea su nombre el que está en los archivos del museo si realmente no presentó nada. Así que debo preguntarle algo. ¿Hay alguien que admirase su forma de dibujar? ─No. No era nada del otro mundo, por eso termine dibujando cómics. ─Entiendo. ¿Y alguien que le odiara tanto como para inculparle? ─No lo sé. He vivido cuarenta años. Ni siquiera recuerdo a toda la gente que he conocido. ─Está bien… Tengo fotografías de las obras de arte a su nombre. ¿Estaría dispuesto a mirarlas para ver si le resultan familiares? Aunque no fueran obra suya… Quizás algún conocido o compañero. ─Claro. Me parece bien… Sophie sacó de una carpeta las imágenes de los cuadros del museo. Cian las analizó rápidamente con la mirada y se llevó la mano a la barbilla. Parecía estar pensando. ─Las pinceladas y todo me resulta familiar, pero no sé a quién pertenece. Sé que lo ví en la escuela de arte, pero ni siquiera sé si era alguien de mi curso o de otro. Lo siento. ─No importa… Hay otros dibujos. Son los que nos ha mandado el asesino… Quizás con eso pueda recordar algo. Clarke asintió y miró los dibujos.─Ha practicado mucho para que sus dibujos no delaten nada de él. Sigo sin saber quién es el autor. Perdona. ─Da lo mismo… Usted estuvo cuatro años en la escuela, así que podemos buscar entre todos los que estudiaron en esa época, alguien que cumpla con la descripción que tenemos. Ha sido suficiente ayuda. Gracias. ─No hay de qué… ¿Puedo irme? ─Claro. Espero que le vaya bien. ─Y yo que atrapéis al asesino. ─Sabe algo─comentó John cuando estuvo a solas con Sophie.─Creo que se imagina quién podría estar detrás de esto. ─¿Y por qué miente? ─Igual es un amigo suyo. No lo sé. Será mejor que hablemos con los demás y… ─¿Puedes informar tú a Murphy? Necesito hacer algo. ─¿Estás bien, Sophie? ─Sí. No te preocupes… ─¿Es algo que te ha dicho Aidan? Le he visto hablar contigo… ─Para. Por favor… Te veo más tarde. ─Está bien… Sophie fue hacia su despacho. En el interior estaba Aidan, sentado en su silla, tomándose tranquilamente un café. Ella se tocó el bolsillo del pantalón. Tenía el móvil. ─¿Qué querías? ─No me parece muy bonito que interrumpas mi interrogatorio. ─Te estabas pasando y lo sabes. De otra forma no hubiese entrado. ─Ya… seguro. ¿Crees que estás al mando? ─Estoy al mando de esta investigación, la verdad. ─Aún y así podrías disculparte. ─Claro. Perdona por hacer que pararas de presionar a un sospechoso. ─Demasiado sarcasmo. Quiero algo… más divertido. ─¿Aquí? ─Y ahora. A ver qué opción te parece mejor… Follar o usar tu boca para contentar a mi amigo de aquí abajo. La verdad es que mientras te esperaba he estado pensando en lo bien que se sentirían tus labios y tu lengua subiendo y bajando por mi entrepierna y ya está listo para la acción. ¿Por qué no eliges lo segundo? Será lo más rápido y la mejor forma para hacerme feliz. ─Dime… ¿piensas que estoy aquí para complacerte sexualmente?  ─¿Qué opción, Sophie? ¿Sexo normal u oral? El primero es más peligroso sin protección… y con el segundo puedes probar leche especial. ─¿Y qué tal la tercera opción? ─¿Cuál es? ─Te vas a la mierda. Masturbate tu solo o cómprate una muñeca hinchable, pero como vuelvas a hablarme así, vas a tener problemas. ¿Me has entendido? ¿Te fastidia que te mande a la mierda constantemente? ¿Por eso lo de decir que te gustan pelirrojas y que odias que te contradigan? ¿Piensas que eso me va a hacer cambiar de opinión? Estás casado, ¿sabes? A mi no me va eso de crear entretenimiento. Y si has acabado con tus gilipolleces, tengo trabajo. ─Sophie… ¿pasa algo?─preguntó Murphy cuando la agente entró sin llamar. Vio que John estaba sentado en una de las sillas, pero no le importó. ─No quiero seguir siendo la compañera de Aidan. Lo suyo es acoso s****l en toda regla y no pienso seguir aguantando sus tonterías. Y si va a decir que necesita pruebas, las tengo─contestó, dejando el móvil en la mesa. Le dio a la pantalla y empezó a reproducir la conversación que acababa de tener en su despacho.
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