Capítulo 11

1859 Palabras
El despertador suena a las cinco y diez y Dante ya está despierto. Lleva un rato mirando el techo, con el ventilador girando lento y el póster de la selección desteñido en la penumbra. Dos días sin alcohol. Tres días sin tocarse, ni que lo toquen. Se lo negó a su madre en la cocina, sin mirarla, y era verdad. Se viste sin prender la luz. La camisa planchada del jueves, colgada del respaldo de la silla. Los mismos pantalones. No le pidieron que vaya formal pero lo hace igual, por las dudas, es trabajo. La primera orina de la mañana lo reclama. La hace en el frasco que compró en la farmacia de la esquina la noche anterior. Lo llena y sigue en el inodoro. Cierra el frasco y lo deja sobre la pileta. Se mira al espejo, se lava las manos, se moja el pelo, y el mechón vuelve a caer sobre la frente de todos modos. En la cocina hay luz. Jessica está de bata, apoyada en la mesada, con el mate en una mano y la pava en la otra. No pregunta nada. Llena un vaso de agua de la canilla y se lo pone delante. —Agua puedo, ¿no? —Agua podés. Se lo toma de un trago. Ella le acomoda el cuello de la camisa con dos dedos, lo mira un segundo de más y lo suelta. —Comé algo apenas salgas. —Sí, Ma. —Con azúcar. —Sí, sí. Sale por la puerta de chapa empujando con el hombro, el frasco apretado contra el pecho. La calle todavía es azul. Un perro duerme sobre el felpudo de un vecino. En la estación hay tres personas en el andén y ninguna habla. En el tren sostiene el frasco con las dos manos. Nadie le dijo cuánto iba a costarle evitar que se le derrame entre Flores y Once. Mira por la ventanilla las medianeras pasando, los talleres con las persianas bajas, la canchita de los arcos oxidados. Cuenta estaciones. Camina Avenida de Mayo con el estómago vacío. La casa de fotocopias todavía tiene la cortina metálica cerrada. La escalera angosta huele igual que ayer, a desinfectante y encierro. La chica del mostrador es otra. Más joven, de pelo corto, con un guardapolvo blanco sobre una remera negra de una banda de rock. Toma la orden, la mira, después lo mira a él. Sella tres hojas. —Ayuno, ¿no? —Doce horas. —Alcohol. —Nada. —¿Y lo otro? —pregunta, con la vista en la pantalla. —Lo otro tampoco, nada. Ella asiente sin sorpresa. —Dejá el frasco de la muestra en la ventanita y sentate, te van a llamar por tu apellido. Lo deja donde le indican, una puertita corrediza que se abre desde el otro lado sin que nadie muestre la cara, y va a buscar asiento. Las tres sillas atornilladas al piso. Una de ellas tiene un chicle viejo debajo. Espera con las manos entre las rodillas y los ojos en un afiche de cómo lavarse las manos. —Aguilé. La enfermera es una mujer de cuarenta y tantos, sin apuro, con las manos frías. Le pide que se arremangue. Le ata la goma en el brazo izquierdo y le golpetea el pliegue del codo con dos dedos. —Buena vena. Mire para otro lado si no le gusta. Mira. No sabría decir si le gusta o no. La aguja entra con un pinchazo corto y el primer tubo se llena de un rojo oscuro. Después otro. Después un tercero. Ella los rotula con una letra prolija, uno por uno, y los apoya en una gradilla. —Son varios. —Son los que pidieron —dice ella—. Apriete acá. Le pone un algodón con cinta. Dante aprieta. Piensa que su cuerpo entero está siendo repartido en tubitos con su nombre, y que en algún lugar de ese edificio, o de otro, alguien va a leer cada uno. —Ahora pase por acá. Lo lleva por un pasillo más angosto todavía. Al final hay una puerta gris, sin cartel. La enfermera la abre con una llave que saca del bolsillo, le da un vaso de plástico con tapa azul, y se corre. —Tiene una hora. Se cierra por dentro. Cuando termine, el vaso va en la ventanita de al lado. —¿Y si...? —No hay apuro. La puerta se cierra. Dante escucha el clic de la cerradura y después su propia respiración. El cuartito es más chico que el baño de su casa. Un sillón de cuerina negra, cortado en un costado y arreglado con cinta. Un rollo de papel de cocina. Una caja de pañuelos. En la pared, una tele vieja con un reproductor de DVD y una pila de cajas de plástico sin carátula. Sobre una mesita, tres revistas de tapas brillantes con las esquinas gastadas de tanto uso. Y una computadora con el cursor titilando en un buscador vacío. Se queda parado. Lo mira todo, uno por uno. Piensa: esto es lo que hay que hacer para tener un laburo. Se ríe solo, una risa corta que se apaga contra las paredes. Se sienta en el sillón, que cruje. Abre una revista. Cuerpos aceitados, sonrisas fijas, fondos de hotel. Pasa las páginas y no siente nada, ni siquiera la incomodidad que esperaba. Es como mirar el menú de un lugar en el que no va a pedir nada. La deja. Toca el mouse. La computadora le devuelve una barra de búsqueda y una hora entera de posibilidades. La mira un rato largo y no escribe nada. Está acá porque una mujer se lo pidió, en una oficina, con las piernas cruzadas en un sofá. Está acá porque le respondió que sí. Se recuesta. Cierra los ojos. Y ahí está, sin que la busque. El pantalón de sastre. Ajustado desde la cadera hasta los tobillos, una línea limpia, sin un solo pliegue. Andrea se despega del escritorio y camina hacia el sofá, y él se gira en la silla para seguirla. Los tacos marcan el ritmo sobre el parquet. La espalda recta, el pelo suelto cayéndole entre los omóplatos. Con cada paso, un movimiento leve de cadera que ella no está haciendo para nadie y que él recibe entero. Camina a propósito, se dijo en ese momento. Ella se sienta. Cruza una pierna sobre la otra. Dante abre los ojos un segundo, mira el techo manchado de humedad, y vuelve a cerrarlos. La vuelve a ver a ella, de pie junto a él. Muy cerca. Su perfume, algo seco, de madera y de su piel. El rayo de sol que se cuela por la cortina y le cae justo ahí, sobre la clavícula, sobre la tela abierta de la camisa, y el borde oscuro del encaje que se asoma cada vez que respira. Él sentado, a la altura de su cintura. Ella mirándolo desde arriba, sin apuro. Hasta que salgas por esa puerta. La mano bajó sola. Se abre el cinturón, el botón, el cierre. Está duro antes de tocarse, tan duro que casi duele. Se envuelve con los dedos y el aire se le escapa entre los dientes. Empieza despacio. No hace falta más. No mira la pantalla, ni las revistas, ni las cajas sin carátula. Tiene la imagen y se la sabe de memoria. Escucha la voz baja diciendo Sentate. Diciendo Es literalmente una cláusula. Diciendo Acepto y esa palabra volviéndole a él desde sus propios labios. La mano acelera. El sillón cruje. La respiración se le corta, se le pega a la garganta. Se ve con la cabeza hundida en ese cuello, abriendo el resto de los botones de la camisa con las dos manos, se imagina el peso de ella sobre sus piernas, el pelo suelto cayéndole sobre la cara, piensa en la boca de ella haciendo lo que ahora hace su mano. Piensa en su nombre y no lo dice. Casi lo dice. Se le tensan los muslos. La espalda se le arquea contra la cuerina fría. Alcanza el vaso justo a tiempo. Un sonido ronco, contenido, que el cuartito se traga entero. El cuerpo entero se le sacude una, dos, tres veces, y después se afloja de golpe, con la frente mojada y el pecho subiéndole y bajándole. Tarda en abrir los ojos. Cuando lo hace, el techo sigue ahí, con sus manchas. Está solo. La imagen de ella se le va. Se queda quieto un rato más. Después tapa el vaso con cuidado. Se limpia con el papel de cocina. Se sube el cierre. Se pasa las dos manos por la cara y por el pelo, y se ríe otra vez, sin ganas de reírse, con algo caliente todavía pegado a la nuca. Hay una ventanita de acero junto a la puerta. La abre. Del otro lado, alguien estira una mano enguantada. Le pasa el vaso. La mano lo levanta a contraluz, lo gira un segundo. Un silencio. —Uh —dice la voz de la enfermera, sin ningún énfasis, con la seriedad de un dato—. Muy bien. La ventanita se cierra. Dante se apoya de espaldas contra la puerta gris. Hay una hora de plazo y usó menos de diez minutos. No quiere pensar qué significa eso, ni qué van a pensar de él cuando lo analicen. Abre la cerradura desde adentro. La chica del mostrador no levanta la vista cuando pasa. —Listo, con esta parte. Falta todo lo otro. —¿Qué otro? —Electro, radiografía, audiometría, vista, psicológico. Y la ecografía —dice, y ahí sí levanta la vista un segundo, midiendo si hace falta aclarar cuál—. La testicular. —¿Ahora? —Ahora podés desayunar. Ya no tenés que estar en ayunas para nada de eso —le da un ticket de un bar de la esquina, junto con un papel con horarios—. Volvé en cuarenta minutos, una hora. Vas pasando por consultorio, es rápido. Dante mira el papel. Una lista de nombres y números de puerta, como una posta que todavía no terminó. —¿Todo esto es habitual? Ella se encoge de hombros, ya con la vista otra vez en la pantalla. —Yo hago lo que me piden. Andá a desayunar bien, que después vas a estar ahí un rato sentado. Baja la escalera de a dos. La calle lo recibe con el sol ya alto y el ruido de las persianas que se abren. Un hombre levanta la cortina metálica de la casa de fotocopias y se para a acomodarla. Los colectivos pasan llenos. Dante se queda un segundo en la vereda con el algodón todavía pegado al pliegue del codo, el estómago vacío y la piel encendida. El bar de la esquina tiene las mesas afuera todavía mojadas por el trapo, y un mozo que barre migas de la noche anterior. Se sienta, pide con el ticket un café con leche y unas medialunas, y mientras espera repasa el papel: con puertas y apellidos distintos escritos a mano. Terminó el ayuno. La abstinencia también. Lo único que no terminó todavía es la mañana.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR