Capítulo 10

1327 Palabras
Las siete y diez. Afuera, el río se está poniendo del color del acero. Andrea no prendió la luz de arriba. Trabaja con la lámpara del escritorio y la laptop abierta en un mail que lleva veinte minutos sin terminar. La corbata vuelta a anudar sin ganas, floja sobre el pecho, la camisa desabrochada. Tuvo que acomodarse para las tareas del día pero a esta hora volvió a aflojarse la ropa por cansancio. Tres golpes en la puerta. Livianos, con las uñas. —¿Se puede? No espera respuesta. Silvana Roque abre y se apoya en el marco con el hombro, un blazer n***o de corte masculino sobre una camisa blanca abierta hasta donde el reglamento no llega. Las ondas cobrizas le caen con las mechas de peluquería, miel sobre castaño. Los tacos hacen ruido sobre el parquet aunque ella no da un paso todavía. —Te encontré viva —dice—. Pensé que te habían secuestrado. Tu asistente número dos me dijo que hoy no atendías a nadie. —Y aun así. —Y aun así. Sonríe. Silvana sonríe todo el tiempo, fácil y a tiempo, como quien reparte tarjetas. Entra, cierra la puerta y se sienta en el sofá sin que la inviten con las piernas estiradas sobre el cuero y cruzadas con el tobillo colgando. Se baja los anteojos de marco fino hasta la punta de la nariz y mira a Andrea por encima. —Vengo por trabajo, obvio. —Obvio. —Del tipo que no se anota en ninguna agenda. Andrea cierra la laptop a medias. —Dale. —Vi al pibe. No se mueve nada en la cara de Andrea. Es un logro de quince años y le sale solo. —¿Qué pibe? —Por favor —Silvana se ríe, una risa de garganta, sin apuro—. Cruzó el piso a la mañana con una camisa recién planchada que no parecía suya. Ojos claros. Pelo de recién levantado. Iba mirando todo como si estuviera en un museo. Bruno me lo señaló ni bien lo vio. Los dos tenemos ojo para lo nuevo. Andrea no responde. —¿Y? —Silvana se inclina hacia adelante, los codos sobre las rodillas—. ¿Cómo fue? Lo entrevistaste vos, sola, salteándote a Marisa. Eso no lo hacés nunca. Quiero detalles. ¿Habla? ¿Se queda callado? ¿Se le nota el hambre o es de los que se hacen los distraídos? —Habla. —¿Y? —Y dice lo que piensa. —Uy. Eso es peligroso. —Por eso. Silvana silba bajito. Se recuesta y estira un brazo a lo largo del respaldo, ocupando el sofá entero. Andrea mira la lámpara. —A ver —dice Silvana—. Te hago una más fácil. ¿Te gusta? —Cumple con el perfil. —Mentirosa. —Cumple con el perfil —repite Andrea, y suena como leer un balance. —Bueno, no me cuentes. Yo te cuento lo mío, así hablamos de algo. Se acomoda. Saca un espejito de la cartera, se retoca el labio con el meñique y lo guarda sin mirarse realmente. Hace años que se sabe la cara de memoria. —Bruno hoy me trajo el café a las ocho y cuarto. Con dos de azúcar, como me gusta. Se lo había pedido una vez, en marzo. Nunca más se lo tuve que repetir. —Qué eficiente. —Es un golden retriever, Andre. Lo miro y se sienta. Le digo hoy salgo a las seis y a las seis está en la puerta con mi saco. Le digo quedate y se queda. Le digo vení —abre la mano en el aire, como quien suelta algo—, y viene. —Lo hacés sonar mejor de lo que es. —Al contrario. Lo hago sonar como lo que es. Mirá: el otro día en la reunión de área le pregunté qué opinaba de la reestructuración de logística. Me miró con esa sonrisa que tiene de comercial de dentífrico, y me dijo lo que vos pienses está bien, Sil. Se ríe. Una risa linda, bien puesta, que no llega arriba de las mejillas. —Y sabés qué es lo peor. Que a veces me da ternura. Andrea ladea apenas la cabeza pero no contesta. Sobre el escritorio, la carpeta con el CV está cerrada. La abrió y la cerró cuatro veces desde el mediodía. No la va a abrir ahora. —¿Me estás escuchando? —Sí. —Estás mirando la carpeta. —Estoy escuchando y mirando la carpeta. —Ah, bueno. Multitasking. Silvana se levanta despacio. Camina hasta el ventanal con las manos en los bolsillos del blazer, los tacos marcando el tiempo. Se queda un momento mirando el río, de espaldas, y cuando habla la voz baja medio tono, como si hablara con el vidrio. —Igual no me quejo. Es lo más cómodo que me pasó. Llega, cumple, se va. Nunca me preguntó qué hago los domingos. Nunca me pidió nada que yo no le pudiera dar. Deja una pausa, corta. —Y nunca me pidió que me quede. Andrea levanta la vista. No hay nada en la espalda de Silvana. El blazer n***o, la melena, el hombro derecho un poco más alto que el izquierdo, como siempre. Pero la frase quedó suelta en el aire, sin dueño, y las dos saben que es de esas que no se comentan. Silvana se da vuelta. Ya sonríe. —Es un sistema, Andre. Si el sistema se usa como está escrito, funciona. Uno elige a quien no complica. Se lo usa y se lo devuelve entero a la vida cuando se termina. Nadie sale lastimado. Salvo el que se enamora. Un segundo largo. Los anteojos le resbalan un poco por la nariz y no los sube. —Salvo el que se enamora —repite, liviana, cerrando el asunto con una mano—. Pero ese es un error de principiante, y las dos ya no somos principiantes. —No. —No. Vuelve al sofá, agarra la cartera. Con el bolso al hombro parece más alta. —Bueno. Que se te dé bien con el nuevo. Si sale pésimo me lo mandás, yo lo pongo a archivar cosas. Si sale bueno —y aquí la sonrisa se le afila apenas— me contás todo. —Te cuento. —Mentirosa —dice otra vez, cariñosa, y ya va hacia la puerta—. Buenas noches, Andrea. Comé algo. La puerta se cierra con un clic. Los tacos se alejan por el pasillo. Un rato después, más lejos, una voz de hombre joven y una risa sin peso: Sil, el auto está abajo. Después el ascensor. Silencio. Andrea se queda sentada. Las luces de la costanera ya se encendieron, una por una, largas y anaranjadas contra el agua. Un golden retriever. Se le sale una media risa por la nariz. Pero no es por Bruno, ni por Silvana, ni por el sistema, que funciona. Piensa que Dante no se sentaría cuando ella lo dijera. Se sentaría después de mirarla, con esa media sonrisa que se corrige sola, después de preguntar ¿por qué? Piensa que eso, en vez de ser un problema, es la única cosa de todo el día que quiere volver a ver. Toma el celular. En la pantalla de bloqueo hay tres mensajes de Eduardo, sin abrir. Los deja para mañana. Abre el navegador, se detiene con el pulgar en el aire, y lo apaga. No va a mirar la foto del partido de fútbol otra vez. No todavía. Hay un límite razonable para lo que se permite hacer en esa oficina sola a esta hora. Puede esperar hasta el departamento, con una copa de vino, el sillón de lino y más comodidad. Se levanta. Se acomoda el pelo detrás de la oreja, se sube el nudo de la corbata hasta el cuello. Apaga la lámpara. Sale como si fuera el final de cualquier otro día.
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