Capítulo V

2041 Palabras
Había imágenes antiguas en blanco y n***o de una mujer con mi rostro usando vestidos victorianos. Otras parecían incluso más antiguas, retratos pintados a mano donde podía reconocer claramente mis ojos observándome desde siglos atrás. Y Adrián estaba en todas. Siempre. A veces como esposo. A veces como sacerdote. A veces como consejero de reyes. Y otras… otras veces aparecía detrás de mí con una mirada tan oscura que me hizo sentir enferma. Retrocedí lentamente. No. No era posible. ¿Cuántos años tenía realmente? Tomé una de las fotografías con manos temblorosas. Era de principios del siglo XX. La mujer —yo— sonreía frente a la cámara mientras Adrián permanecía de pie detrás de ella con exactamente el mismo rostro que tenía ahora. Ni un año más viejo. Ni una arruga. Nada. Como si el tiempo jamás lo hubiera tocado. Sentí náuseas. Entonces encontré el diario. Estaba escondido dentro de una caja negra debajo de la mesa principal. Y apenas vi la letra sobre la portada, mi corazón se detuvo. Porque era mi letra. Lo abrí lentamente. Las primeras páginas estaban dañadas por el tiempo, pero aún podía leerse claramente una frase escrita al inicio: “Si estás leyendo esto, significa que despertaste otra vez.” El aire desapareció de mis pulmones. Comencé a pasar las páginas desesperadamente. Y mientras leía… el mundo comenzó a romperse alrededor mío. El diario pertenecía a una de mis vidas anteriores. No sabía cuál. Pero ella lo recordaba todo. A Adrián. A mí. A las otras versiones de nosotras mismas. Y cada página era peor que la anterior. “Él siempre nos encuentra.” “Siempre dice que esta vez será diferente.” “Siempre terminamos destruyendo todo.” “Y aun así lo seguimos amando.” Mis manos comenzaron a temblar más fuerte. Había dibujos extraños entre las páginas. Símbolos. Rituales. Fragmentos de idiomas antiguos. Y nombres. Muchos nombres. Todos míos. Ayla.Selene.Miriam.Ishtar.Eleonora.Amara. Demasiadas vidas. Demasiadas muertes. Pasé rápidamente otra página. Y encontré algo peor. Un dibujo de Adrián. Debajo había una frase escrita apresuradamente: “No es humano.” Sentí un escalofrío recorriéndome lentamente la espalda. Entonces escuché un ruido arriba. Pasos. Guardé rápidamente el diario bajo mi abrigo mientras el corazón amenazaba con salirse de mi pecho. Pero antes de irme, vi una última cosa. Una pared llena de fechas. Todas terminaban igual. Muerte.Incendio.Masacre.Desaparición.Colapso. Y siempre, al final de cada línea, aparecía el mismo símbolo. El símbolo que veía en mis sueños. El mismo que aparecía debajo de mi piel cuando las marcas negras despertaban. Retrocedí aterrorizada. Porque comenzaba a entender la verdad. No era solo yo quien reencarnaba. Algo más regresaba conmigo. Y Adrián llevaba siglos intentando despertarlo. Subí rápidamente las escaleras intentando controlar mi respiración. Pero apenas crucé la puerta del sótano… él estaba ahí. Esperándome. Adrián permanecía de pie al final del pasillo observándome en silencio. Y por primera vez desde que lo conocí… sentí verdadero miedo de él. No dijo nada al principio. Sus ojos simplemente recorrieron lentamente mi rostro hasta detenerse en el diario escondido bajo mi abrigo. Lo sabía. Por supuesto que lo sabía. —Entraste ahí abajo —dijo finalmente. No era una pregunta. Retrocedí apenas un paso. —¿Qué eres? —pregunté con la voz quebrada. La expresión de Adrián cambió apenas. Dolor. Otra vez aquel maldito dolor en sus ojos. —Elena… —¡No me llames así! —grité. Mi voz resonó violentamente por toda la casa. Y las sombras reaccionaron inmediatamente. Las luces comenzaron a parpadear. El viento golpeó las ventanas. Pero Adrián no se movió. —¿Cuántas veces me hiciste esto? —susurré sintiendo las lágrimas quemándome los ojos—. ¿Cuántas veces terminé destruida por tu culpa? Él cerró los ojos lentamente. Y entonces dijo algo que jamás olvidaré. —Nunca fue mi intención destruirte. Solté una risa temblorosa. Vacía. Dolida. —¿Entonces qué querías? Adrián abrió los ojos otra vez. Y por un instante vi algo terrible dentro de ellos. Devoción. Obsesión. Amor. Un amor tan enfermo y absoluto que me hizo sentir un frío insoportable recorriendo el cuerpo. —Salvarte. El silencio después de aquellas palabras fue peor que cualquier grito. Porque una parte horrible de mí… le creyó. Y eso era exactamente el problema. Porque aunque ahora recordaba todo… aunque sabía que cada vida terminaba en tragedia… aunque entendía que Adrián me había ocultado la verdad desde el principio… todavía había algo dentro de mí incapaz de odiarlo completamente. Y quizá esa era la verdadera maldición. No las vidas pasadas. No las visiones. No la oscuridad. Sino el hecho de que, incluso después de siglos de dolor… seguíamos encontrándonos. El silencio entre nosotros se volvió insoportable. Adrián seguía de pie al otro lado del pasillo mientras yo sostenía el diario contra mi pecho como si aquello pudiera protegerme de él. O de mí misma. Porque ya no sabía cuál de los dos era realmente el peligro. Las sombras alrededor comenzaron a moverse lentamente otra vez. Las luces de la casa vibraban apenas sobre nuestras cabezas y la lluvia golpeaba las ventanas con una violencia inquietante. Pero Adrián no apartaba la mirada de mí. Como si temiera que fuera a desaparecer. O peor… como si ya hubiera vivido exactamente este momento antes. —¿Salvarme de qué? —pregunté finalmente. Mi voz salió más débil de lo que esperaba. Adrián tardó varios segundos en responder. Y eso me asustó más que cualquier otra cosa. Porque parecía estar escogiendo cuidadosamente cada palabra. —De ti misma. Una risa amarga escapó de mis labios. —Claro… porque eso te funcionó muy bien las otras veces, ¿no? El dolor cruzó su rostro inmediatamente. Y por un instante casi me arrepentí. Casi. Pero entonces recordé las fotografías. Las vidas. Las mujeres que habían tenido mi rostro antes que yo. Todas destruidas. Todas consumidas. Y Adrián siempre estaba ahí. —Dime la verdad —susurré sintiendo las lágrimas quemándome los ojos—. ¿Qué soy? El aire dentro de la casa cambió. Lo sentí inmediatamente. Como si incluso las paredes estuvieran esperando la respuesta. Adrián bajó la mirada unos segundos antes de volver a observarme. Y entonces dijo algo que hizo que el mundo entero dejara de tener sentido. —No naciste humana. Sentí que mi corazón se detenía. —No… Retrocedí lentamente. Negando con la cabeza. —No me mientas otra vez. —No estoy mintiendo. —¡Entonces explícame! Mi voz quebró violentamente. Y las ventanas explotaron. El sonido del vidrio rompiéndose resonó por toda la casa mientras el viento entraba brutalmente desde el exterior. Las luces comenzaron a parpadear descontroladamente y las sombras alrededor de las paredes parecieron estremecerse vivas. Pero Adrián ni siquiera reaccionó. Solo me observaba. Como si aquello fuera normal. Como si ya hubiera visto cientos de veces el caos respondiendo a mis emociones. Y quizá así era. —Cada vez que recuerdas demasiado rápido… ocurre esto —murmuró. —¿Qué soy? —repetí desesperadamente. Adrián cerró los ojos lentamente. Y cuando volvió a abrirlos… ya no parecía cansado. Parecía derrotado. —Hace mucho tiempo… antes de todas estas vidas… antes de Blackwood… antes de los nombres y las épocas… Se detuvo apenas. Como si las palabras le dolieran físicamente. —Existía algo que las personas adoraban como una diosa. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Porque ya sabía de quién hablaba. La mujer del oud. La del castillo. La de los ojos dorados encerrada entre guardias. Todas ellas. Yo. —Ella podía controlar la mente de las personas a través de la música —continuó Adrián—. Alimentarse de emociones. Deseos. Miedo. Amor. Mientras más fuerte era el sentimiento… más poderosa se volvía. Mi respiración comenzó a temblar. —No… —Pero el problema nunca fue su poder. Su mirada se oscureció lentamente. —El problema fue que dejó de distinguir entre amar y poseer. El silencio volvió a llenar la habitación. Y entonces algo horrible ocurrió dentro de mí. Porque una parte de mí recordó. No completamente. Solo una sensación. Personas arrodillándose frente a mí. Ciudades enteras cantando mi nombre. El placer insoportable de sentir miles de emociones humanas atravesándome al mismo tiempo. Y luego… hambre. Una hambre imposible de llenar. Caí de rodillas sujetándome la cabeza. —Detente… —susurré. Pero las imágenes seguían apareciendo. Fuego. Sangre. Ciudades destruidas. Y Adrián. Siempre Adrián. A mi lado. Amándome incluso mientras yo me convertía en algo monstruoso. —¿Qué me hiciste?… —lloré. Adrián se acercó lentamente. —Intenté dividir tu alma. Levanté la mirada bruscamente hacia él. —¿Qué? —Eras demasiado poderosa. Demasiado inestable. Cada vida terminaba peor que la anterior y… Su voz se quebró apenas. —Y cada vez perdías más partes de ti. El aire desapareció de mis pulmones. —Entonces… ¿todo esto? ¿Las reencarnaciones?… Adrián asintió lentamente. —Era la única forma de mantenerte dormida. Las lágrimas comenzaron a caerme sin control. —¿Dormida para quién? ¿Para el mundo o para ti? Adrián guardó silencio. Y entendí la respuesta inmediatamente. Para ambos. Retrocedí lentamente alejándome de él. —¿Cuántas veces morí? No respondió. —¡¿Cuántas veces?! El viento volvió a sacudir violentamente la casa. Y esta vez las sombras subieron por las paredes como raíces negras extendiéndose hacia el techo. Adrián finalmente habló. —Perdí la cuenta después de la novena. Sentí náuseas. Mi cuerpo entero comenzó a temblar. Porque había algo mucho peor escondido detrás de aquellas palabras. Algo que recién comenzaba a comprender. —Tú también mueres… ¿verdad? Adrián sonrió apenas. Pero no era una sonrisa feliz. Era cansancio. Dolor. Siglos enteros de dolor. —No puedo. El silencio cayó brutalmente entre nosotros. —¿Qué significa eso? Adrián me observó unos segundos antes de responder. —Estoy atado a ti. Aquellas palabras hicieron que el miedo dentro de mí creciera violentamente. —¿Atado cómo? Esta vez dudó demasiado. Y supe inmediatamente que iba a odiar la respuesta. —La primera vez que intenté detenerte… hice un pacto. Sentí un frío insoportable recorriéndome lentamente la espalda. Porque ya conocía esa clase de historias. Y ninguna terminaba bien. —¿Con quién? Las luces de la casa se apagaron completamente. Todo quedó en oscuridad absoluta durante unos segundos. Y entonces escuché algo. Un susurro. No venía de Adrián. Venía de todas partes. “Él nos pertenece.” Mi sangre se heló. Adrián cerró los ojos lentamente. Como alguien resignado a una condena inevitable. —Con aquello que vive dentro de ti. Las sombras comenzaron a moverse alrededor de mis pies inmediatamente. Y por primera vez… sentí miedo de mí misma otra vez. Porque comenzaba a entender algo horrible. Yo no era solamente una persona reencarnando. Era una prisión. Y algo dentro de mí llevaba siglos intentando despertar completamente. Las lágrimas seguían cayendo mientras retrocedía lentamente hacia la pared. —Entonces… ¿todo esto fue tu culpa? La expresión de Adrián se rompió completamente. —Sí. Aquella respuesta dolió más de lo que esperaba. Porque una parte estúpida de mí todavía quería que mintiera. Que dijera que todo había sido un accidente. Pero no. Él sabía exactamente lo que hacía desde el principio. —Te encontré demasiado tarde aquella primera vez —susurró Adrián—. Cuando entendí lo que estaba ocurriendo… ya habías destruido ciudades enteras. Las imágenes aparecieron otra vez. La mujer del oud sonriendo mientras las personas morían bailando. La del castillo manipulando reyes. La mujer de ojos dorados llorando entre cadenas. Todas éramos yo. Todas reales. —Intenté matarte —continuó él con la voz rota—. Miles de veces. Mi respiración se detuvo. Adrián levantó lentamente la mirada hacia mí. Y jamás lo había visto tan destruido. —Pero nunca pude hacerlo. El silencio se volvió insoportable. Porque ahora entendía la verdadera tragedia. Adrián no me había seguido durante siglos por obsesión. O no solamente por eso. Había permanecido conmigo porque era el único capaz de contener aquello que despertaba dentro de mí. Y al mismo tiempo… era la persona que más me amaba. Qué cruel. Qué horrible forma de existir. Comencé a llorar silenciosamente mientras las sombras seguían moviéndose alrededor de la habitación.
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