Al entrar la música retumba en el lugar y hace vibrar las paredes; el humo del cigarro invade mis las fosas nasales, no estoy acostumbrada a ese olor. Hay mucha gente bailando en el centro del lugar en grupo o pareja, también hay gente bebiendo, platicando y divirtiéndose. Uno que otro hombre se me queda viendo, me hace sentir incomoda, no estoy acostumbrada a esas miradas. Eder me jala, subimos a la segunda planta que es más privada, no hay gente tan escandalosa. Nos detenemos frente a la barra, Eder hace sentarme en una de los bancos y me mira con seriedad. —Debes esperarme aquí, no vayas a otro lado —me habla al oído. Capto su mensaje. — ¿A dónde iras? —le pregunto. —Iré ahí —me señala al fondo del pasillo. Volteo a ver dónde me indica, observo que al fondo hay un salón. El sa

