La puerta principal se cerró tras él con un golpe seco. Nicolás Callavari se quitó el abrigo y lo dejó sobre el sofá, cuando una vocecita lo llamó desde el pasillo. —¡Hola, papi! Se volvió y encontró a Nathaly, con sus trenzas algo despeinadas y el uniforme del colegio arrugado. Su sonrisa era la única pureza que aún brillaba en esa casa. —¿Qué haces aquí tan solita? —preguntó, inclinándose hacia ella—. ¿Ya comiste? La niña negó con la cabeza. —No. El chofer me trajo de la escuela, pero Margaret no está. Fui a buscar a mi mamá, pero vi que se encerró con el tío Matteo en la alcoba. Hacían ruidos raros, como cuando tú pateas el saco de box. El corazón de Nicolás dio un vuelco. No fue celos lo que sintió. Fue rabia. Un calor denso y oscuro que le trepó por la espalda como un látigo de

