Matteo apretó los dientes mientras desinfectaba la herida en su pantorrilla. Tenía espinos en el cuerpo y trozos de arbusto adheridos a la piel. El salto desde el balcón había sido más temerario de lo que pensó en su apuro por evitar a su hermano. —Maldita sea… —murmuró entre dientes al sentir el ardor del alcohol en carne viva. En su torso aún había rasguños, huellas del desastre improvisado en casa de Nicolás. Se limitó a huir mientras ella cubría la escena con uno de sus teatros. El sonido del móvil vibrando sobre la mesa le hizo alzar la cabeza. Era un número desconocido. Con una ceja arqueada, lo desbloqueó. Solo dos líneas. Frías. Directas. “Asesino. Tus días en libertad están contados.” La copa tembló ligeramente entre sus dedos. Matteo se quedó inmóvil por unos segundos, l

