Entrenar...

1525 Palabras
Creo que el capitán estaba buscando una sola excusa, una sola excusa para castigarme. ¿Y qué hacen los hombres cuando saben que no pueden golpearte? Te esconden. En cuanto llegué, mi entrenamiento siguió con normalidad un par de semanas, como si mi padre no hubiese dicho nada, como si él hubiese seguido las indicaciones que le di: no decir ni hacer nada. Zahir, quien estaba a cargo del reino, lo entendía y, si bien no lo había visto con sus propios ojos, sí había notado cierta exigencia desmedida sobre mí. Además, me vio llorar desconsolada en el auto. En fin, mi padre hizo lo que cualquier padre con poder haría en el mundo. Me estaba alistando para dormir cuando pidieron que dos guardas me acompañaran. Me escoltaron hasta la dirección. Él me esperaba. El capitán se ríe, cuando intento escapar. Me estaba esperando, el asqueroso, me esperaba desnudo. Traté de no reaccionar porque lo esperado de mí era eso sentía todo al mismo tiempo; asco, miedo, verguenza, dolor, el pánico estaba apoderándose de mi cuerpo no podía moverme, quería intentar irme pero sabía que lo dos hombres armados estaban al otro lado de la puerta mientras este cerdo me decía cochinadas, me veía con lujuria y me apuntaba con un arma. —Solo así puede tener a una mujer, con sus propias manos asquerosas y con un arma apuntándome—le digo enojada. él se ríe, y se corre sobre mis zapatos, tiemblo, me siento mareada, pero estoy alerta, voy a pelear, me voy a defender y cuando salga de esto, él no va a poder vivir para contarlo. Esperé, le escuché mientras e burla, mientras me recordaba que era hija de un rey, pero que amá sería reina. —Tu título no te convierte en nada. Me voy a asegurar de que tú, ni ningún hombre que se te haya ocurrido, ocupen el lugar de los verdaderos reyes. El rey Baruk debió haber sobrevivido, debimos haberlo protegido, pero yo voy a proteger a mi pueblo de ese cerebro diminuto y liberal que tiene. Le voy a apagar la luz, como sea —promete. Continuó restregándose contra mi cuerpo, como una nimal, mi piel estaba erizada, su gemidos secos y robusto, sus manos acariciando mi cuerpo con lascivia. El olor de su pie, su lengua contra mi piel, el llanto escapando de mis ojos, pero me mantuve en silencio, esperando el momento para atacar. Podía sentirlo, olerlo, oírlo y a pesar del pánico actúe; le cacheteé con una mano y le rasgué con la otra tan fuerte como pude. Asegurándome de dejarle una marca. El hombre grita, se aparta, y yo busco con qué golpearle, antes que lo consiga, me empuja con todo se peso, y me aplasta contra la pared. Me sostiene del pelo, me empuja contra la puerta, con todas sus fuerzas mientras aseguraba contra mi oído: —Nunca vas a reinar Leonor. Después de eso creo que todo sale de su control, eso seguro no es parte del plan, pero me lastimó, golpeó un par de veces mi cabeza y la verdad es que después de eso no recuerdo mucho. No sé cómo llegué aquí, un cuarto oscuro, húmedo, hay goteras y sé que fueron colocadas meticulosamente para que el agua puda caerme. Recibo chorros de agua fría tres veces al día y gotean todos los días, no hay luz, la verdad; no sé si es de día, si han pasado horas, si han pasado semanas desde que estoy aquí. Alguien me pasa alimento, yo evito comerlo y pasan cinco días antes de que entre un médico, me cubre en el rostro para no ser reconocida, me colocan algo por la vena. Sé que no va a matarme, sé que voy a salir vivía de esto lo que no entiendo es qué piensa el señor este que va pasar cuando pueda salir de aqu. Estoy de pie en un lugar que alberga mi orina, mis heces y ahoro a mi menstruación, por lo que sé que ha pasado un tiempo. Trato de preparar mi cuerpo para huir, siempre que puedo, intento de hacer pechadas contra la pared, de fingir que estoy caminando, de descansar mi cuerpo en donde no está sucio, y finalmente me doy por vencida, mis ojos se cierran mientras intento hacer un recuento, sé que han pasado cinco días desde que me pusieron la vía con lo que sea, me quedo dormida y ponen música para que me despierte. Ahora llevo tres días sin dormir , y de verdad, que no sé cómo me mantengo con calma, no sé si quiero o si puedo seguir aquí, y entonces, abren la puerta y alguien deja un cuchillo pequeño con filo, me explican como me moriría mas rápido que si las muñecas, el cuello o las piernas. Me lo explica todo, y consiguió porque estoy mojada, cansada, pero no voy a matarme. Tomo el cuchillo y le pregunto al hombre que si el cuello es lo más rápido. —Sí majestad. —Dile a mi familia que estoy loca—me acerco —para que no sufran, diles que estoy loca—le pido y él asiente, se señala el cuello suben la música, y vuelvo a sonreír—le apuñalo en el ojo, cinco veces. Llegan guardas a rescatarlono suelto el cuchillo, incluso si me amenazan con un arma, porque deberían matarme si me quieren muerta, pero no les voy a dar la satisfacción de hacerles el trabajo. Algo les dicen en la radio y todos comienzan a correr. Me dejan sola. Quedo sola con el coronel herido, con la puerta abierta y el cuchillo. Él busca su arma y yo la tomo primero. Lo apunto y le pido que se desnude. Tomo el uniforme y me lo pongo como puedo. Escucho en la radio que les indican tomar posición de defensa. Lo obligo a decir que está de camino y le hago una seña para que se acomode en su celda. —Explícame qué está pasando —ordeno— si no quieres morir. —Han venido a rescatarla, princesa. Asiento, aunque aun así no lo creo. Le disparo y me voy, tratando de mantenerme informada por la radio de lo que está pasando. Entiendo que los rebeldes han dividido el campo porque vienen por mí. Busco cómo y con qué comunicarme con el exterior, pero para eso tengo que ir a la oficina de ese monstruo, Romero. Primero me busco municiones, porque si tengo que volarnos a todos, lo vamos a hacer. Segundo, busco otra forma de comunicarme. Encuentro unas tijeras y me corto el pelo, tan bajo como puedo, para hacerme pasar por un hombre. Me pongo un chaleco antibalas, me corto las uñas también como puedo y corro tan lejos de la armería como me es posible. Paso por unas celdas y veo a Raj: está golpeado, pero vivo. Me llama por mi nombre. —Leonor, ayúdanos —pide, y me acerco. —El capitán dijo que huiste en la noche, que te habían dado de baja. Intentamos comunicarnos con el rey para verificar la información y nos encerró a todos. —¿Hace cuánto? —Un mes, Leonor. Asiento. —Bueno, vamos a probar la llave, y por fortuna es una llave maestra. Ellos salen y me prometen escoltarme. Les explico que tenemos un mini ejército si sacan a todos los muchachos, y les pido que los liberen y los dirijan para un operativo. Tengo entendido que los rebeldes están al norte; nosotros estamos en el este, y pienso quemar el área sur del campamento para dispersarlos y lograr escapar. Además, el fuego alertará a otros campamentos y, en minutos, tendremos refuerzos por aire. —Leonor no puede ir sola —me dice Tarik. —Iré con usted. Raj va a liberar a los demás y atacar a uno de los coroneles por su radio. Raj me mira divertido, a pesar de estar evidentemente golpeado. Yo asiento. Los dos estrechan su mano conmigo y nos dividimos. Tarik propone ir por municiones y equipo para nuestros hombres. Yo asiento y vamos planeando nuestro ataque. Conseguimos todo lo que nos parece necesario: chalecos, pistolas, granadas, unos radios y un par de maletines. Terminamos de forjar nuestro plan y acordamos una hora con Raj y con los diez chicos que lleva liberados. Ellos aseguran que los otros están en el ala oeste, lo cual los pondría en riesgo frente a los rebeldes. —Yo preferiría que todos estén fuera de las celdas cuando vuele este lugar. —Princesa Leonor, debería ser otro quien lo haga. —Me están buscando a mí. Tenemos que ser puntuales. Veinte minutos. Quemamos este ala y el próximo. Denme solo veinte minutos y rescatan a los muchachos. Estamos comunicados. No me hagas enojar, Rupert —le pido, y él asiente. Corro con Tarik hacia el edificio y escucho a los coroneles discutiendo si entregarme o qué hacer, porque al final de cuentas ellos y los rebeldes quieren lo mismo. Le hago una seña a Tarik para que coloque explosivos fuera del edificio. Me pregunta qué estoy haciendo. —Voy a matarlos —respondo.
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