Esa noche mientras acomodaba sus cosas en la habitación que habían dispuesto para él, Alan no podía dejar de pensar. Había algo inquietante en esa casa, algo que no recordaba de sus visitas anteriores. Tal vez era el aroma dulzón que flotaba en el aire, a frutas y vainilla. O el calor que parecía más acogedor que el de cualquier otra vivienda que hubiese pisado últimamente.
O tal vez era ella.
Aldana.
La última vez que la había visto, tenía cuatro años y una sonrisa inocente. La había sostenido en brazos una vez cuando era bebé, lo había hecho torpemente, mientras Alan insistía en que algún día esa niña sería una fuerza de la naturaleza. En su momento, Christopher lo tomó como un comentario exagerado de un padre embobado.
Ahora entendía lo que su amigo había querido decir.
Era lunes, el sol del invierno entraba a través de las cortinas del comedor, Christopher se levantó temprano, la idea era hacer algo de ejercicio, luego desayunar e ir a trabajar. Tenía una serie de reuniones muy importantes por medio de las cuales concretar negocios rentables.
Pero cuando entró a la cocina a buscar agua, luego de usar el gimnasio que se encontraba en la parte trasera de la casa, su cuerpo se mantuvo inmóvil. Frente a él estaba una mujer de piernas largas, camiseta delgada, boca entreabierta y ojos que no se escondían, sentada en una de las banquetas con una taza de café en la mano, el cabello revuelto observando atentamente su movil.
—Buenos días —saludó él cuando logró recomponerse.
—Buenos días —replicó ella sonriente —Espero que hayas tenido una buena noche.
—La tuve, gracias —respondió él, aunque su conciencia lo estaba traicionando en ese momento "La noche fue buena, pero la mañana está siendo mucho mejor"
—¿Quieres desayunar? —preguntó la muchacha —Hay tostadas, miel, tocino, huevos, café.
—Agua está bien, eso es lo que venía a buscar —dijo él.
—¿Seguro? Mira que a mí no me molesta cocinar —replicó ella mientras se ponía de pie y Christopher no pudo evitar notar que el pantalón corto que llevaba puesto dejaba poco a la imaginación. Aldana se dio cuenta de su mirada, aún así caminó hasta la heladera saco una botella de agua y la puso delante de él. Ella no parecía incómoda porque la mirara, al contrario. Era él quien se sentía como si hubiera cruzado una línea solo con hacerlo.
Debería haber apartado la vista.
Pero no lo hizo.
Ni por un segundo.
Más tarde, encerrado en la habitación de huéspedes que Alan le había asignado, Christopher se quitó la camiseta con más fuerza de la necesaria. Se había dado cuenta de que había perdido el control por unos instantes.
Lanzó la camiseta sobre la silla y se sentó en el borde de la cama. Observó a su alrededor, las paredes eran del mismo tono cálido que recordaba. Los muebles, casi idénticos. Todo le resultaba familiar, excepto ese maldito temblor que sentía bajo la piel desde que la vio.
La hija de Alan.
La voz de su conciencia le hablaba con acento alemán.
"No es cualquier mujer. Es la hija de tu amigo. Tiene veintidós años. Eres más grande que ella por más de veinte. Eres un hombre racional. Siempre lo fuiste."
Se frotó el rostro con ambas manos, maldiciéndose en silencio. No había venido hasta Montreal a perder el control. Su empresa estaba expandiéndose en América del Norte, y Alan le había ofrecido una asociación que podía duplicar sus ingresos en menos de dos años. Tenía negocios que cerrar, planes que concretar.
Y sin embargo, lo único que podía ver en su mente era esa boca imitando una o casi perfecta. Esos muslos pálidos bajo una camiseta apenas más larga que sus shorts. Y esos ojos... grandes, vivos, inquisitivos.
No sabía si lo hacía adrede. Pero algo en ella lo descolocaba. Había mujeres más jóvenes que habían intentado seducirlo antes, en otros contextos, en otras ciudades. Pero ninguna lo había sacudido así, con un simple "¿Christopher?".
De pronto tocaron la puerta.
Se puso de pie al instante, pasándose las manos por el cabello con una rapidez casi culpable.
—¿Sí?
—Soy yo —dijo la voz de Alan del otro lado —¿Todo bien? ¿Quieres café?
Christopher carraspeó.
—Sí… sí, gracias. Bajo en un minuto.
—Ok. Aldana está cocinando algo dulce. Creo que te va a gustar.
Perfecto, pensó. Justo lo que necesito. Estar sentado frente a ella mientras lame una cuchara de chocolate.
Suspiró. Se miró en el espejo del armario. Su rostro lucía sereno, pero sus ojos estaban más oscuros. Tienes que controlarte, se dijo. Esto no es un juego. Es una línea que no puedes cruzar.
Bajó al comedor minutos después. Aldana ya no estaba en pijama. Había cambiado su ropa por unos jeans ajustados y una blusa blanca anudada en la cintura, llevaba el cabello suelto que le caía en ondas suaves sobre los hombros.
Pero lo peor no era eso.
Lo peor era que lo miró directo a los ojos y le sonrió.
—¿Dulce o amargo? —preguntó, levantando una taza de café—. Aunque por tu cara, diría que lo tuyo es lo amargo.
Christopher se detuvo un segundo.
Alan reía en la cocina, revolviendo algo en una olla.
—Amargo —respondió él —Pero fuerte.
Aldana le acercó la taza, y sus dedos se rozaron apenas.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente para que el calor le recorriera el brazo como un relámpago contenido.
—¿Qué hacés ahora en Moscú? —preguntó ella, girando para sentarse en la mesa mientras se acomodaba el cabello detrás de la oreja.
No la mires. No te detengas en ese cuello. Tampoco en la clavícula.
—Negocios. Tengo una consultora de inversiones. Tecnología, bienes raíces…
—¿Siempre fuiste así de formal?
Él la miró, ahora sí, como si con eso pudiera devolverle la provocación.
—¿Siempre fuiste así de insolente?
Ella se rió, suave.
—No. A veces soy peor.
Alan entró en la sala justo en ese momento, cortando el hilo invisible que los unía.
—¡Ese aroma! Te juro, Aldana, que si tus postres se vendieran, viviríamos de eso. —Se dejó caer en una silla y miró a Christopher —¿Y? ¿No es hermosa mi hija?
Christopher apenas logró esbozar una sonrisa.
—Lo es...—respondió, evitando mirarla esta vez —Hermosa como su madre.
Pero no dijo lo que realmente pensaba.
"Hermosa como un peligro. Hermosa como una trampa. Como algo que sabés que no deberías tocar… pero igual te morís por hacerlo."
El resto del día transcurrió en una calma extraña. Alan lo llevó a conocer la nueva sede de la firma legal, un edificio de estilo contemporáneo a pocas cuadras del Viejo Montreal. Discutieron cifras, inversiones, oportunidades, pero la mente de Christopher volvía siempre a lo mismo: a Aldana. A su voz, a la forma en que lo miraba con una confianza que lo desarmaba.
Esa noche, cuando regresaron, ella ya no estaba en la sala. Se había encerrado en su habitación, según dijo Alan, "porque al otro día madrugaba para la universidad". Christopher se sintió casi decepcionado por no verla. Y eso lo hizo enfurecer consigo mismo.
¿Desde cuándo deseaba ver a alguien que apenas conocía? ¿Desde cuándo esa ansiedad le carcomía el pecho como si tuviera quince años?
Se sirvió un whisky. Luego otro.
Miró por la ventana. La nieve había comenzado a caer, cubriendo los autos, las calles, las casas de ladrillo rojo. Todo parecía más silencioso, más lento. Más propenso al pecado.
Cuando subió a su habitación, se detuvo frente a la puerta cerrada de Aldana. No escuchó nada. Ni música. Ni movimientos. Solo su respiración, entrecortada por el remolino que le hacía el deseo.
Una línea que no podía cruzar.