El regreso de un amigo
La nieve caía con suavidad sobre las calles adoquinadas de Montreal, tiñendo de blanco los techos de las casas y cubriendo los autos con un manto helado. Aldana Muller observaba el exterior desde la ventana del café donde trabajaba medio tiempo, envolviendo entre sus manos una taza de capuchino caliente. A pesar del frío que calaba los huesos, había algo reconfortante en el invierno canadiense: el contraste entre la gélida ciudad y la calidez de los interiores.
Ese viernes en particular, su padre la había llamado para avisarle que un viejo amigo suyo había llegado a la ciudad y se hospedaría en su casa por unos días. No era raro que Alan Muller recibiera visitas; su carisma y hospitalidad eran conocidos entre colegas y amigos, los cuales tenía en muchos lugares del mundo. Pero cuando mencionó el nombre de Christopher Volkov, algo se agitó dentro de Aldana.
—¿Christopher Volkov? —repitió, apartando la taza de sus labios —¿Quién es él?
—Probablemente no lo recuerdes —explicó Alan —Lo conociste cuando eras una niña pequeña. Trabajamos juntos en Berlín, hace una eternidad. Es ruso, aunque lleva décadas fuera de su país. Es como un hermano para mí.
Aldana asintió sin saber bien por qué esa información le había causado un leve cosquilleo en el estómago. Quizás fuera la voz de su padre, que se había suavizado con un matiz de nostalgia. O tal vez era la forma en que ese nombre, tan lejano, de pronto le sonaba tan próximo.
A sus veintidós años de edad, Aldana todavía vivía en casa de su padre. La muerte prematura de Anahís su madre cinco años atrás había sumergido a su padre, en un laberinto de tristeza y nostalgia. Por eso la muchacha a pesar de ser ya mayor de edad y de tener un departamento en las afueras de la ciudad listo para ser habitado, había preferido quedarse haciéndole compañia a su progenitor. Y deseaba con todo su corazón que algún día él pudiera encontrar una buena mujer que lo acompañara, no porque sintiera molestia de estar con él. Sino porque creía que el hombre que más la amaba merecía volver a sonreír y ser feliz.
Por eso cuando Alan le contó sobre la próxima llegada de su amigo la muchacha pensó que tal vez esa visita serviría para que su padre se animara un poco más y saliera de vez en cuando. Después de todo no era un hombre viejo, Alán estaba próximo a cumplir sus cuarenta y tres años, era guapo y un abogado de renombre con su propia firma.
Además de eso, era sumamente cariñoso, atento, amable. Tenía todo lo que una mujer podía soñar y esperar de un hombre.
Aquella noche, al llegar a casa como de costumbre. Fue hacía la cocina, dejó su bolso sobre una silla y comenzó a preparar la cena, si había algo que a Aldana le gustaba hacer era cocinar, era su manera de dejar de pensar en todo lo que pudiera estar aquejándola. Ella cocinando se sentía feliz.
Luego de dejar todo listo y mientras que la cena se terminaba de cocinar fue hacia la sala. Aún no había saludado a su padre, y eso era su ritual cotidiano.
—¿Papá? —preguntó con un grito suave y dulce.
—¡En el estudio, cariño! —respondió su padre desde el fondo del pasillo, lugar donde se encontraba su estudio.
La muchacha se dirigió hacia allí, abrió la puerta y entró sin tocar. Entonces lo vió...
Christopher Volkov estaba de pie junto a la chimenea, con una copa de whisky en la mano y el abrigo oscuro colgado del respaldo del sillón. Era alto, de complexión firme, con el cabello salpicado de canas y una barba prolijamente recortada. Sus ojos, grises como el hielo del río San Lorenzo, se posaron en ella y se mantuvieron ahí, sin apuro.
—¿Aldana?… —murmuró con una sonrisa leve, apenas un gesto en las comisuras de los labios.
Ella sintió que algo se contraía en su pecho cuando lo oyó, pero mantuvo la compostura.
—Lo siento, no quería interrumpir —se disculpó, intentando sonar natural, ya que ver a aquel desconocido la había descolocado un poco.
—No, cariño —dijo Alan poniéndose de pie para abrazarla y darle un beso en la frente a la muchacha. —No interrumpes, este es mi amigo, el que te dije que vendría a quedarse aquí mientras dure su estadia en Montreal.
—Oh —susurró la muchacha extendiendo su mano en un saludo formal — Es un placer... Siéntase bienvenido, señor... Volkov.
—Muchas gracias —dijo el hombre frente a ella tomando su mano y llevándola a sus labios para dejar un beso sobre su dorso —Llámame solo Christopher por favor, después de todo tengo casi la misma edad de tú padre.
—Está bien... Bienvenido Christopher —se retractó Aldana y sonrió.
El saludo fue breve, cortés, pero la energía entre ellos no lo fue. Era como si se reconocieran a pesar de no haberse visto en años, ella no lo recordaba y él sintió como si el tiempo entre la niña y la mujer que ahora se paraba ante él no hubiera sido más que un parpadeo.
—La cena estará lista dentro de unos minutos, papá —comentó la muchacha.
—¡Perfecto! —replicó Alan sonriendo —¿Nos avisas cuando este listo, princesa?
—Lo haré, con permiso —dijo ella y salió del estudio dejándolos solos nuevamente.
Christopher no comentó nada, pero su mente quedó divagando entre la imagen de la niña que conoció años atrás y la mujer que acababa de ver.
Esa noche, mientras cenaban los tres en la cocina, Aldana se esforzaba por concentrarse en la conversación, aunque su mirada se desviaba en las acciones del hombre frente a ella. Y cada vez que Christopher hablaba, su voz grave y pausada vibraba en el ambiente de una forma que la desconcertaba. No era lo que decía, sino cómo. Había algo en su mirada, en su modo de observar todo con detenimiento, que la hacía sentir demasiado observada.
Y aunque intentaba convencerse de que no era posible, que sólo eran ideas suyas… en el fondo, muy en el fondo, algo en ella deseaba que fuera verdad.