CAPÍTULO UNO: EL OLOR DEL MIEDO
El olor a grasa quemada y café rancio era lo único que Lys conocía. Se le pegaba al uniforme de poliéster barato, a su cabello castaño y, lo que era peor, a su alma. A sus veintiún años, se sentía como una anciana atrapada en un cuerpo que no entendía. Había pasado las últimas ocho horas sirviendo hamburguesas a camioneros que la miraban con ojos hambrientos, y cada sonrisa forzada que había dado se sentía como una traición a sí misma.
Lys siempre había sabido que era diferente. Sus sentidos eran demasiado agudos; podía oler la mentira en el aliento de su jefe antes de que hablara, y la luz del sol a menudo le causaba migrañas cegadoras. Pero lo que más la asustaba eran los ataques de ira que surgían de la nada, un calor que subía por su columna vertebral y le hacía desear gritar hasta que las ventanas se rompieran. Sus padres adoptivos —nunca se había sentido realmente su hija— llamaban a eso "su naturaleza defectuosa".
El turno terminó. Lys contó las propinas con dedos temblorosos en el callejón trasero. Cincuenta dólares. No era mucho, pero era suyo. O lo había sido. Al llegar a casa, el chirrido de la puerta principal fue el primer aviso del desastre.
—¿Dónde está? —la voz de su padre, un hombre grande con olor a cerveza barata y fracaso, resonó en la pequeña sala de estar.
—Aquí, papá —dijo Lys, bajando la cabeza.
Él no esperó. Le arrancó el bolso de la mano y lo vació en la mesa. Los cincuenta dólares cayeron, junto con algunas monedas. Sus ojos se entrecerraron.
—¿Esto es todo? ¿Después de doce horas? —él bufó, agarrando el billete de veinte—. Nos debes mucho más que esto por el techo sobre tu cabeza, malagradecida.
—Hubo poca gente hoy... —comenzó a decir Lys, pero su madre adoptiva, una mujer delgada y amargada, intervino desde el sillón.
—No mientas, Lys. Vimos el movimiento. Seguro te lo gastaste en algo para ti. Eres una inútil, igual que el día que te encontramos.
Lys sintió que el calor subía por su columna. Esa humillación era diaria, una tortura lenta.
—Dame los cincuenta dólares, Lys —dijo su padre, dando un paso hacia ella.
—No. Es mi dinero. Lo necesito para...
El golpe fue rápido y brutal. No fue un cachetazo; fue un puñetazo que la hizo tambalearse y chocar contra el marco de la puerta. Lys sintió el sabor metálico de la sangre en su boca. Su padre la agarró por el cabello, tirando de él con fuerza.
—¡Me debes todo! —gritó, su aliento fétido a centímetros de su rostro—. ¡Y no olvides quién te sacó de la basura!
En ese momento, algo se rompió dentro de ella. No fue miedo, sino una oleada de poder puro y ciego. Por un segundo, sus ojos no fueron marrones; destellaron con un ámbar salvaje. Un gruñido bajo, casi inhumano, vibró en su garganta, y antes de que pudiera detenerse, empujó a su padre con una fuerza que no debería tener. El hombre voló hacia atrás, chocando contra la mesa de centro, que se partió en dos.
Sus padres adoptivos se quedaron congelados, mirándola con terror genuino. Lys se quedó estupefacta, mirando sus propias manos. No sabía qué acababa de pasar, pero sabía que no podía quedarse.
—¡Monstruo! —gritó su madre.
Lys no esperó a que se recuperaran. Salió corriendo por la puerta principal, sin mirar atrás. Corrió por las calles iluminadas por el neón de la ciudad, ignorando las miradas, ignorando el dolor en su mejilla. Solo quería alejarse.
Corrió hasta que sus pulmones ardieron y el paisaje urbano dio paso a los primeros árboles. Siguió corriendo, internándose en el bosque, siguiendo un instinto que nunca había sentido antes. Ya no había farolas, solo la luz de una luna que hoy parecía extrañamente roja. El bosque no le daba miedo; se sentía... acogedor. Los olores eran más claros aquí: tierra húmeda, pino, y el rastro de algo salvaje.
Siguió corriendo, perdiendo la noción del tiempo. Solo cuando el cansancio fue insoportable, se detuvo, apoyándose en un roble antiguo. Su corazón latía con fuerza, pero ya no de miedo, sino de una extraña euforia.
Y entonces, el aire cambió. Se volvió denso, cargado de un olor a pino, tierra mojada y algo más... algo vivo y peligroso.
Una rama crujió detrás de ella. Lys se giró, su respiración se detuvo.
De la penumbra del bosque, surgió una figura imponente. No era un lobo, pero tampoco era un hombre. Era algo intermedio, un ser de músculos poderosos, pelaje oscuro y una presencia que dominaba el aire. Pero lo que más la impresionó fueron sus ojos: dos orbes dorados que brillaban en la noche, fijos en ella con una intensidad que la hizo temblar. No por miedo, sino por algo que no podía nombrar.
Era Alaric.
Él no se transformó por completo en humano, pero su figura se estilizó, revelando la silueta de un hombre increíblemente apuesto, de barba descuidada y mirada posesiva. Sus ojos dorados no se apartaron de ella mientras se acercaba, cada paso resonando como una sentencia.
—Has cruzado la frontera —su voz era un gruñido bajo que vibró en el pecho de Lys, más un sonido de posesión que de amenaza—. Y en mi territorio, lo que entra... me pertenece.
Él se detuvo a centímetros de ella. Lys podía oler su rastro: sangre, bosque y poder bruto. Su herida en la mejilla palpitaba, pero la cercanía de él la hacía sentir extrañamente protegida. Ella no se movió, hipnotizada por la intensidad de su mirada. Alaric inhaló profundamente, su nariz rozando su cuello. Sus ojos se abrieron un poco más, revelando una mezcla de sorpresa y algo mucho más oscuro.
Él no solo olió su miedo humano; olió el rastro de otra manada. Olo a ella.
—Y tú... —gruñó, sus ojos dorados brillando con una obsesión recién nacida—, no eres lo que pareces.
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