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Esposa Cautiva

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Descripción

Después de cuatro años casada con  el jeque de Ras al-Jaima, Layla se negaba a seguir soportando un matrimonio sin amor y pidió el divorcio a su marido. Sin embargo, la furia se tornó en pasión y cuando Layla se marchó del palacio, no sabía que estaba esperando un heredero al trono.

Al descubrir el secreto, Said decidió secuestrar a su esposa. Con el paradisíaco telón de fondo de una isla privada, le demostraría que no podía escapar de él… y que aquella unión debía ser para siempre.

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PRÓLOGO: DE SECRETARIA A ESPOSA DEL JEQUE
Prólogo: De secretaria a esposa del Jeque —Entra, siéntate. Layla movió los pies, incapaz de decidir dónde debía mirar, al despacho más opulento o al hombre más atractivo que había visto en su vida. Atravesó la habitación y se sentó frente al escritorio… Aquel ambiente, incluyendo a hombre que la observaba con una mirada intimidadora, era nuevo para ella. Cuando ingresó en la prestigiosa universidad que pagaba sus estudios en el extranjero había conocido a gente de clase alta, pero aquello era otro mundo. Para empezar, él era un príncipe, alguien de sangre azul que, en la escala social, estaba muy por encima de los millonarios estadounidenses que había conocido. Además, no se parecía a los chicos de la universidad. Said Ali ben Qayd era un hombre de verdad. Con su traje de chaqueta hecho a medida resultaba abrumador. Además, su rostro esculpido era una obra de arte que la dejaba sin habla. Eso no le había pasado nunca. Había aprendido que si quería prosperar en la vida tendría que atacar sus objetivos con tenacidad. No podía parecer fuera de lugar porque la gente estaría dispuesta a creerlo, de modo que había cultivado una imagen de seguridad en sí misma, pero ese día la había abandonado y no encontraba las palabras. —Encantado de conocerte —Said la saludó con una leve inclinación de cabeza—. He leído tu informe y he tomado en consideración las recomendaciones de mi asesor, pero no he seguido su consejo. Ella frunció el ceño, sin entender lo que quería decir. —¿Ah, no? —Algo que deberías agradecer, porque él pensaba que eras demasiado guapa para ser mi secretaria. Layla sintió que le ardía la cara, pero no era de enfado o indignación. Bueno, había cierta indignación, pero también otra emoción que no entendía y no tenía ningún sentido.  —No sabía que mi aspecto tuviese algo que ver con ser una buena secretaria. —Para mí no —aclaró el príncipe—, pero me imagino que le preocupaba más mi hermano, Ahmed, que yo. La rubia había leído mucho sobre la familia real de Ras al-Jaima. Solicitar un puesto en el palacio sin estar informada hubiera sido irresponsable. Conocía la reputación del príncipe Ahmed con las mujeres, pero ella era inmune a esas cosas, puesto que estaba centrada en su trabajo. Tanto que los más amables la acusaban de estar demasiado centrada y los menos amables de ser frígida. Nada de eso la molestaba. Ella tenía objetivos y cuando consiguiese esos objetivos podría ampliar sus horizontes. Hasta entonces, trabajaría sin descanso y sin disculparse ante nadie. No, el disoluto príncipe Ahmed no la preocupaba en absoluto. Haber perdido parte de su aplomo en cuanto conoció al príncipe Said sí la preocupaba. Pero eso era una anomalía, nada de lo que debiera preocuparse en serio. Volvería a calmarse en cuanto se hubiese acostumbrado a él, al palacio, a todo lo que la rodeaba. Suponiendo que tuviese oportunidad de hacerlo, por supuesto. —No tiene que preocuparse —le aseguró la joven. —Aún no conoces a mi hermano. —No importa. No he llegado tan lejos en mi vida dejándome seducir por un príncipe. Estoy aquí porque esta sería una experiencia profesional como ninguna otra y por lo que representaría para mi currículum en el futuro. No estoy aquí para convertirme en objeto de cotilleos. Él sonrió y esa sonrisa aceleró tontamente su corazón.  —Entonces, enhorabuena. Me gustaría contratarte —Said se levantó y le ofreció su mano. Ella se levantó también para estrechar la mano grande que le ofrecía, intentando no reaccionar al sentir una especie de descarga eléctrica cuando rozó sus dedos. Acababa de decirle que no tenía interés en convertirse en objeto de cotilleos y tenía que disimular que el roce la afectaba. —Estupendo. Y lo había conseguido, se había convertido en la secretaria perfecta por tres largos años. Sin embargo, su mundo dio un giro radical cuando la prometida del príncipe le había engañado... —Dos semanas, Layla —resopló Said desesperado—. La boda debería tener lugar en dos semanas y ahora hay un vídeo en Internet en el que Allina y Ahmed disfrutan de mi noche de bodas sin mí. Si hermano y su novia... Aquello era inconcebible. Tenía un vaso de whisky en la mano, el pelo oscuro despeinado, como si se hubiera pasado las manos por él una y otra vez y su habitual serenidad la había perdido por completo. Su enigmático jefe siempre tenía un aspecto tan impecable que la ecuanimidad de Layla, forjada durante esos tres años de trabajo, se puso a prueba. Y fracasó. Se había acostumbrado al hombre taciturno que entraba en la oficina cada mañana ladrando órdenes y trabajaba sin parar durante todo el día. Aquel hombre que parecía haber perdido el control era un extraño para ella. —¿Qué vas a hacer? —le preguntó. —Eres mi secretaria personal, pensé que tú podrías ayudarme. Ella se rio, con el estómago encogido. —Bueno, mi fuerte no son las prometidas desleales o las bodas reales condenadas al fracaso. —Pensé que todo era tu fuerte —dijo Said, lanzando sobre ella una mirada que la quemó de la cabeza a los pies. —Me iré después de la boda, así que tendrás que buscar otra secretaria y aprender a ser un poco más autosuficiente. Seguramente era el peor momento para darle la noticia, pero Layla había terminado sus estudios y ya tenía su título universitario bajo el brazo. Debería estar emocionada, deseando el cambio que eso podría llevar a su vida, las ventajas que le otorgaría el título de una prestigiosa universidad y tres años de experiencia trabajando para la familia real de Ras al-Jaima. Sin embargo, se sentía como si fueran a arrancarla de su casa, como si fuera a dejar allí una parte de sí misma. —No quiero otra secretaria —objetó él entonces, con el humor peor que antes. —El alcohol y la preocupación hablan por ti. —Tal vez, pero nadie ha dicho que el alcohol y la preocupación no sean sinceros. —Probablemente tengas razón. —Probablemente —Said la estudió, en silencio—. Me gustas, quiero que lo sepas. Layla tragó saliva, tratando de encontrar el aliento. —Eso es muy halagador. —Has sido la secretaria perfecta. Tienes más aplomo que muchas mujeres que han sido educadas para ser reinas. Eres inteligente, diplomática y, sobre todo, no te has acostado con mi hermano. O si lo has hecho, nadie lo ha grabado en un vídeo. Layla pensó en el atractivo príncipe Ahmed y no sintió nada. Said era el único hombre que la excitaba sin intentarlo siquiera. —Ahmed no me ha tentado nunca —comentó distraída. —¿Hay algo que no hagas bien? —no sabía si alucinaba o la admiraba—. ¿Algún esqueleto en tu armario? —Yo… ya leíste mi currículum. —Sí, leí el tuyo y el de cientos de otras candidatas, pero tú eras la mejor. Mucho mejor de lo que había anticipado —Said dejó el vaso de whisky sobre la mesa cuando la idea surgió en su mente de repente—. No sé cómo no lo he visto antes. Layla no podía respirar. Que Dios la ayudase, porque no era capaz de respirar. —¿Ver qué? —cuestionó con la ansiedad en su punto máximo. —Layla, creo que deberías casarte conmigo.

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