Tenía una furia incontrolable, después de todo. Al final me volví un volcán en erupción y parecía hecha una jauría de lobos hambrientos, dispuesta a devorar a Manolo. No esperé, siquiera, que se quite la ropa. Los ataqué a mordiscos y arañé su espalda con ira despiadada, tratando de volcar toda la cólera que me embargaba. Él quedó sorprendido, viéndome convertida en un huracán, arrasándolo por completo. Le arranché la camisa, sin dejar de hundir mis dientes en sus brazos, en sus hombros, en el cuello, incluso haciéndolo sangrar. Escribí un sin fin de garabatos en su espalda, arando su piel con mis largas uñas. Manolo estaba sobrecogido viéndome hambrienta de sus carnes, deseosa de devorarlo hasta su último rinconcito, convertida en una tigresa que no le tenía piedad ni a sus súplicas ni g

