Era un caso sencillo, maldita sea. Todo empezó cuando un sicario había ultimado a balazos a un competidor mientras almorzaba en el mercado. Se le acercó sigilosamente por la espalda y sin mediar palabra alguna, le dio un tiro en la nuca. Fue aterrador. El infortunado tipo se desplomó como una piltrafa al suelo y luego el asesino le disparó hasta cuatro veces. Con todo desparpajo, el asesino cogió el tenedor y probó la comida que estaba ingiriendo su víctima y después se marchó campante, perdiéndose entre la vocinglería de a gente, aterrada por el feroz crimen. Teníamos ya la descripción del sujeto. Era muy conocido en la zona, el terror de comerciantes porque pedía cupos a todos ellos, amenazándolos con dispararles y hacía trabajos de sicariato, incluso por ínfimas sumas. -La vida de otr

