Apuré las rutinas, acordonamos el lugar, aseguramos las identificaciones, le pedí a Guerra tomar muchas fotos y dejé a cargo de todo a Elena. Me subí al minivan y le rogué a Meza que me llevara al hospital de inmediato. -A la orden mi teniente-, dijo él también preocupado, empalidecido y sudando mucho. Fuimos a toda prisa hacia el hospital de policía, incluso haciendo ulular las sirenas para que nos abran paso. Yo temblaba, tenía mis ojos encharcados de lágrimas y sentía mi corazón bombeando de prisa. Me sentía mal, además, mareada y mi saliva sonaba como cañonazos cuando resbalaba por la garganta. Apenas se estacionó en el patio del hospital, bajé de prisa, sin siquiera sacarme el chaleco antibalas ni el casco ni los guantes, y corrí por los pasadizos, dando tumbos, llorando, tratando d

