Mientras Melina le cuenta todo lo que Joaquín les dijo, Katherine siente cómo el brazo de su esposo no la suelta ni un poco. Erick les dice que ese dinero que están usando es suyo, que lo ha ganado con su inteligencia y trabajo duro, así que nadie tiene que decir nada porque ellas se lo gasten. —Eres muy lindo —dice la niña con ojitos soñadores—, yo quiero un príncipe como tú cuando sea grande, ¿no tienes un hermano para mí? —¡Melina! —la regaña Katherine. —De hecho, sí. Tengo un hermano, tiene doce años. —¡Erick! —esta vez ella se separa de su abrazo y él pone cara de perrito regañado. —Mira, tu hermana ya va a regañarme de nuevo, siempre hace lo mismo, ¡defiéndeme, cuñadita! En lugar de decirle algo, Melina se ríe con esa alegría infantil que los contagia y Katherine le da la mano

