Capítulo 2: Una joven que no cede

1114 Palabras
Katherine sigue con su rutina tal como todos los días. Se levanta temprano para prepararle el desayuno a su padre, porque Vilma es incapaz de hacerlo, y se sienta junto a él con la misma sonrisa de siempre. —Hija, quisiera tanto librarte de ese matrimonio… —Padre, eso ahora mismo no importa. Lo que en verdad me preocupa es dejarte solo con ella, no sé por qué no la dejas. —Tu hermana… si me divorciara de Vilma, no la vería nunca más. Katherine mira su plato con escasa comida y asiente. Su padre se sacrifica por ellas y ella por él… y su madre lo hizo por todos. «Es de familia lo de ser infeliz y perder tu vida, no sé por qué debería quejarme», se dice internamente. Aunque ha aceptado ser la esposa del señor McFair para que su padre no vaya a la cárcel, ser la mujer de un hombre mayor no es lo que precisamente esperó para su vida. —Debí dejar ese anillo donde cayó —dice Katherine en voz baja—. Pero no se puede cambiar lo que uno hizo, ¿verdad? —No, hija… no se puede. Solo podemos enmendar un poco las cosas y buscar la manera de no cometer los mismos errores. —Supongo que este mes no tendrás que sufrir por la colegiatura y el uniforme —intenta sonreír, pero no le sale. —No, mi amor. Tú seguirás siendo mi responsabilidad y no permitiré que dejes de estudiar. Solo… solo vivirás siendo la esposa de alguien. —¿Tu bisabuela siguió estudiando luego de que la casaran con tu bisabuelo? —le pregunta ella y a Peter se le llenan los ojos de lágrimas, le toma la mano y le dice con la voz ronca. —Te juro que buscaré la manera de sacarte de allí. Ella asiente y terminan de comer. Se despiden unos minutos después en la puerta, Katherine deja escapar un suspiro, toma sus cosas y sale con dirección a una tienda que está cerca para comprar los ingredientes del almuerzo. Sin embargo, solo alcanza a cruzar una calle antes de que un auto se detenga a su lado y dos hombres se bajan de este. —Señorita Sinclair, vengo de parte del señor McFair. —¿No le bastó al señor con intimidarme para aceptar el compromiso, que ahora me manda a sus matones para molestar? —uno de los hombres da un respingo, el otro se acerca a ella y le quita el carrito de compras qué lleva. —No somos matones, sino guardaespaldas. —Es lo mismo, golpearán a cualquiera que se meta con el señor —le quita el carrito y sigue su camino—. Dígale al señor que me quedan seis días aún de libertad. —No lo entiende, somos sus guardaespaldas, estamos para protegerla y acompañarla. El señor no quiere que nada malo le pase. —¿Llevarán el carrito de compras y me cortarán los vegetales? —se burla ella. —Sí es lo que requiere de nosotros, por supuesto que sí. —Bien, pero no me moveré en eso —apunta el auto y continúa caminando—. Si están a mi servicio, harán lo que yo hago, caminar. Los dos se miran, uno de ellos le envía un mensaje a su jefe y este solo se sonríe en medio de una junta con sus primos y tíos. —Erick, no creo que lo que estamos hablando sea para reírse. —Los motivos para reírme son míos y nada tiene que ver con ninguno de ustedes. Continúa. Erick se queda pensando en aquella muchacha que no tiene intenciones de doblegarse y eso le gusta. Tal parece que ni siquiera su madrastra es digna de su respeto, solo su padre tiene su corazón y eso lo intriga más. De pronto, la secretaria de Erick entra y le dice en voz baja, pero no lo suficiente. —El oficial civil está pidiendo los documentos de la señorita y los de su padre, para la autorización. Dijo que, si no se entregan antes de las dos de la tarde, no habrá matrimonio el próximo jueves. —¿Matrimonio? —pregunta uno de sus primos y Erick mira a su asistente. —Termina la reunión, consigue otra secretaria para mí y asegúrate que sea más discreta que ella. —Sí, señor —responde el asistente, sacando a la secretaria que ha quedado en shock. —Erick, espera… —su tío Bernard se acerca a él y lo toma del brazo, pero Erick se aparta de él como si quemara y lo ve con los ojos abiertos, porque no le gusta que lo toquen—. Lo siento… pero ¿cómo es eso de que te casarás? ¿No pensabas contarnos? —¡No! Sale sin decir nada más, se dirige a la casa de Katherine y cuando va llegando, la ve llevar una bolsa de papel, además del carrito que uno de sus hombres lleva. Se baja rápidamente y le quita la bolsa. —Gracias, que amable —le responde ella con sarcasmo. —Necesito que me entregues tu documentación y la de tu padre, ahora mismo. —Hola, prometido, espero que estés teniendo un lindo día —dice ella entrando a la casa y dejándolo solo con sus pensamientos, porque aquella chiquilla no cede ni siquiera porque esté amenazada. Unos segundos después le da lo que pide, mientras que los hombres van descargando el carro. Erick se acerca a la mesada y toma una de las verduras, la que no se encuentra en las mejores condiciones. —No puedes comer esto, está a punto de expirar… —ella se lo quita, saca un enorme cuchillo y lo parte por la mitad. —Solo el exterior está así, por dentro sigue perfecto. —Me niego a que comas eso… —Y yo me niego a que me niegue cosas, señor McFair. —Dime Erick, por amor de Dios. —Señor McFair —insiste ella—. Esta es la comida que podemos pagar, no nos ha hecho daño y el resultado final no tiene nada que envidiar a ningún plato hecho con verduras frescas. Si no me cree, estoy dispuesta a llevarle una ración cuando le lleve la comida a mi padre. —La espero con ansias, pero si me manda al hospital, estarás en problemas, muchachita. —Pero si no es así, entonces me dará algo que yo quiera, lo que sea —Erick la mira y le extiende la mano, cierran el trato y se marcha para solucionar lo que es urgente, preguntándose con qué sorpresa irá a salir aquella chiquilla.
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