Capítulo 1
Yo siempre había sido buena en desaparecer. No de manera literal, claro, pero poseía ese don silencioso de pasar inadvertida incluso en los lugares más ruidosos. En los pasillos de la preparatoria, donde las voces juveniles se mezclaban con el eco metálico de los casilleros y las carcajadas estridentes, yo era apenas una sombra que se deslizaba entre la multitud. Invisible, como si la vida se empeñara en recordarme que mi existencia no era digna de aplausos ni de atención.
Era lunes, y los lunes solían pesarme más que cualquier otro día. El sonido del despertador, los pasos arrastrados hacia el baño, la rutina repetitiva de un desayuno que no sabía a nada. Caminaba hacia la escuela con los audífonos puestos, aunque ni siquiera escuchaba música. Eran más bien una armadura, una excusa para no hablar con nadie en el trayecto.
Mi vida era aburrida. Monótonamente aburrida. Había intentado convencerme de que estaba bien así, de que la normalidad era un refugio seguro, de que la invisibilidad era preferible a ser blanco de burlas o decepciones. Sin embargo, cada tanto, mientras observaba a las demás chicas riendo en grupo o a los chicos que parecían caminar con un aura propia, sentía un pinchazo en el pecho. Una punzada que me recordaba cuánto deseaba que algo cambiara.
No era fea, lo sabía. Tenía unos ojos verdes que parecían cambiar de tono según la luz, y un cabello castaño que caía en ondas desordenadas hasta los hombros. Pero carecía de esa seguridad que vuelve atractiva a una persona. Caminaba encorvada, siempre mirando al suelo, siempre disculpándome por ocupar espacio. Nadie se detenía a mirarme dos veces. Y eso, aunque lo repetía como un mantra, dolía.
La preparatoria no era cruel conmigo. No me molestaban directamente. Era peor: me ignoraban. Yo era un fantasma en medio de un carnaval. A veces pensaba que, si dejaba de asistir, tal vez nadie lo notaría.
Ese lunes, mientras abría mi casillero para sacar el libro de literatura, escuché un grupo de chicas reír cerca. Comentaban sobre un chico nuevo que había llegado esa mañana. No presté atención al principio. Los rumores de estudiantes nuevos siempre se extendían como incendios, pero rara vez tenían algo que ver conmigo. Sin embargo, aquel murmullo insistente se quedó flotando en mi cabeza durante la primera clase.
Me senté en mi lugar habitual, al final del salón, junto a la ventana. Desde allí podía mirar el patio y distraerme con las nubes o con las hojas cayendo lentamente de los árboles. Ese rincón era mi refugio. La maestra rara vez me hacía preguntas, porque ni los profesores me veían demasiado.
Pero todo cambió cuando la puerta se abrió a mitad de la clase.
El murmullo que se mantenía contenido entre las filas de pupitres se convirtió en un silencio expectante. Alcé la mirada, aunque intenté que no pareciera demasiado evidente. Y entonces lo vi.
Había algo en él que lo volvía imposible de ignorar. Era alto, con una presencia que llenaba el espacio incluso antes de pronunciar palabra. Su cabello oscuro caía de manera desordenada sobre la frente, y sus ojos, intensos y penetrantes, parecían observar todo con una mezcla de desafío y desinterés. No llevaba el uniforme correctamente: la camisa medio desabotonada, la corbata floja, las mangas arremangadas hasta los codos. Era el tipo de chico que no necesitaba esforzarse para destacar.
—Clase, este es Jared Collins —dijo la profesora, carraspeando con seriedad—. Viene de otra ciudad, espero que lo reciban con respeto.
Los suspiros de las chicas no se hicieron esperar. Algunas intercambiaron miradas cómplices, y los chicos lo observaron con esa mezcla de rivalidad y curiosidad que suele despertar alguien que entra con paso firme en un territorio ajeno.
Jared no sonrió. Sus ojos recorrieron la clase con calma, como si evaluara quién valía la pena y quién no. Sentí que esa mirada me atravesaba, pero desvié los ojos de inmediato, como hacía siempre. Invisible.
—Puedes sentarte al fondo, junto a… —la maestra dudó, sin recordar mi nombre, y señaló el asiento vacío junto a mí.
El corazón me dio un vuelco. No podía ser. Entre todos los lugares, tenía que ser el mío.
Jared caminó despacio, cada paso pesado, como si el tiempo se ralentizara. Yo me encogí en mi asiento, deseando desaparecer. Cuando se dejó caer en la silla, el aire pareció comprimirse.
Fingí concentrarme en mi cuaderno, aunque no había escrito ni una palabra. Sentía el calor de su presencia a mi lado, esa energía extraña que emanaba de él. Era como si la rutina gris de mi vida se hubiera agrietado de repente.
—¿Siempre es tan aburrido aquí? —murmuró, inclinándose un poco hacia mí.
Levanté la vista con sobresalto. Él me miraba directamente, con una media sonrisa torcida que parecía más un reto que un gesto amistoso.
—Ehm… sí, supongo… —respondí en voz baja, insegura, como si temiera que alguien más me oyera.
Él soltó una risa corta, irónica. —Genial. Exactamente lo que necesitaba.
No volvió a hablarme en el resto de la clase. Pero yo ya no pude concentrarme en nada. Mi mundo, tan cuidadosamente apagado, había recibido un chispazo que lo iluminaba todo de manera incómoda y peligrosa.
Cuando sonó la campana, Jared se levantó y salió sin esperar a nadie. Yo lo seguí con la mirada, sin poder evitarlo. Había en él algo magnético, algo que me asustaba tanto como me atraía.
Ese fue el primer encuentro. Pequeño, casi insignificante para cualquiera. Pero dos días más tarde, ocurrió algo que cambió por completo mi día, y tal vez mi vida.
Nunca me había sentido tan consciente de mi propia respiración como aquel día. El aire en los pasillos de la preparatoria olía a metal oxidado, a perfume barato mezclado con sudor adolescente. El mismo pasillo de siempre, las mismas caras repetidas, los mismos murmullos deshaciéndose en ruido de fondo. Pero él estaba ahí, y eso bastaba para que todo se volviera distinto.
No lo vi llegar. Fue más bien la sensación de que el ambiente se había tensado, como si alguien hubiera cerrado las ventanas invisibles de aquel corredor. Entonces escuché su voz. No me hablaba a mí, todavía no, pero su tono grave y seguro rasgó el aire como un cuchillo. Me giré, y nuestros ojos se encontraron.
Me sostuvo la mirada con un descaro que me heló la piel. No fue la sonrisa cortés de alguien nuevo ni la torpeza adolescente de quien intenta agradar. Fue una invasión. Su mirada se clavó en la mía con la firmeza de alguien acostumbrado a tomar lo que quiere.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, sin apartar los ojos de los míos.
La pregunta no era curiosidad. Era una orden. Como si al nombrarme pudiera apropiarse de mí.
—Elisa… —respondí con un hilo de voz que apenas reconocí como mío.
Él repitió mi nombre despacio, probando las sílabas como si quisiera saborearlas. —¿No te había visto antes?
Claro que me había visto. Pero lo dijo como quien establece un antes y un después: a partir de ese momento yo existía para él, y lo que había sido mi vida antes carecía de importancia.
No sé qué me impulsó a no apartarme. Quizás la certeza absurda de que, en ese instante, su atención me daba una existencia más real que la que había sentido en años. Yo, la invisible, ahora era mirada, nombrada, reconocida.
—¿Tienes prisa? —añadió, inclinándose apenas hacia mí.
Tenía clase de biología, una tarea pendiente, mil razones para no quedarme allí. Pero ninguna de esas razones valía nada frente a esa fuerza extraña que me retenía. Negué con la cabeza.
Él sonrió, y su sonrisa no era dulce. Era la sonrisa de alguien que ya sabía el efecto que producía.
—Entonces camina conmigo.
No me invitó. Me ordenó. Y yo obedecí.
El pasillo se abrió ante nosotros. Lo noté: las miradas de los demás clavándose como agujas, los murmullos apenas disimulados. Él caminaba como si el mundo le perteneciera y yo era la sombra que lo seguía. Y sin embargo, lejos de sentir vergüenza, me invadió una extraña satisfacción. Por primera vez, alguien me arrancaba de mi anonimato, aunque fuera para exhibirme.
—¿Siempre tan callada? —preguntó después de unos metros.
—Supongo… —musité.
Se rió suavemente, con esa risa que no busca compartir alegría sino marcar jerarquía.
—Eso está bien. Escuchar es más útil que hablar.
El timbre sonó entonces, tragándose a los estudiantes en las aulas. Yo debería haber entrado a la mía, pero él siguió hacia la salida y yo lo seguí.
El aire fresco del patio golpeó mi rostro. Creí que por fin podía respirar, pero la sensación duró un segundo. Él se giró hacia mí de golpe, reduciendo la distancia entre nosotros.
—Tienes algo en la mirada —dijo, bajo, intenso—. Como si estuvieras esperando que alguien te despertara.
No pude contestar. Era cierto. Había esperado tanto tiempo que alguien me viera de verdad, y ahora que estaba ocurriendo, me asustaba lo que significaba.
Él levantó una mano y pensé que iba a tocarme, pero se detuvo a medio camino, tan cerca que podía sentir el calor de su piel. No necesitaba tocarme: ya había marcado el límite, y yo lo había aceptado.
—Elisa —repitió—, vamos a vernos más seguido.
No fue una pregunta. Fue una sentencia.
Cuando se alejó, me quedé de pie en medio del patio, intentando recuperar un aire que ya no me pertenecía. Y entonces lo supe: en ese instante, sin entender del todo cómo, había comenzado a perderme.