El día de la apelación empezó como empiezan todas las cosas importantes: con una sensación extraña de normalidad. Me desperté antes de que sonara el silbato de las guardias. No porque estuviera nerviosa. Porque mi cuerpo ya había aprendido a anticiparse a los días en los que algo importante iba a ocurrir. Mara lo notó en cuanto abrí los ojos. —Hoy es el día —dijo desde la litera. No era una pregunta. Asentí. —¿Tienes miedo? Pensé la respuesta unos segundos. —No exactamente. Y era verdad. El miedo había sido reemplazado por otra cosa más silenciosa. Curiosidad. Curiosidad por saber si el mundo iba a seguir creyendo la historia que había escuchado la primera vez. O si por fin alguien iba a escuchar la mía. Ya había estado aquí antes, sin embargo la sala del tribunal era difer

