Capítulo 23

1310 Palabras
El lunes amaneció con un nudo en el estómago que no se me deshizo ni con café. Jared me pasó a buscar como siempre, pero el trayecto fue distinto: hablábamos poco, y cuando lo hacíamos, las palabras caían pesadas, como si tuvieran filo. Él intentaba bromear, contarme cosas del equipo, pero yo apenas podía sostenerle la mirada. Cada vez que me rozaba la mano, una parte de mí se tensaba. No sabía si era miedo, incomodidad o simple confusión. Tenía que reconocer que el hacer el amor con él, lejos de unirnos estaba creando una brecha de inseguridad. Una parte de mí se murió de vergüenza porque me había visto desnuda y vulnerable y la otra estaba aterrada porque no había dicho nada, que no sabía si estaba satisfecho con la intimidad que compartimos, o se sentía igual que yo fuera de lugar. Además me preocupaba, qué hubiera sido todo lo que él buscaba, y esto llevará que nuestra relación se terminara. Estaba segura de que no era la mejor relación, pero en serio los necesitaba no estaba lista para perderlo. Me besó antes de bajar del coche, un beso rápido, casi mecánico. Y sin embargo, todos los ojos parecían clavarse en nosotros. En la entrada del colegio estaban Charlotte y Dalton. Ella sonreía con esa sonrisa que no llegaba a los ojos, apoyada en su brazo. —Vaya, qué sorpresa —dijo Charlotte apenas me vio—. Pensé que ya no te gustaban los madrugones, Elisa. —Depende del día —contesté, sin detenerme. Pero ella dio un paso más, interceptando mi camino. —Por cierto, Jared —añadió con voz dulce—, el viernes tenemos la entrega de reconocimientos. ¿Te acuerdas? Dijiste que me acompañarías. Lo dijo mirándome a mí, no a él. Jared frunció el ceño, incómodo. —Sí, lo recuerdo. Pero… —Perfecto —lo interrumpió Charlotte—. Entonces te espero. Será lindo repetir la pareja del baile. La frase me cayó como un golpe. Dalton soltó una risa baja. Jared intentó decir algo, pero el timbre nos salvó de seguir ahí parados. Caminé rápido hacia el aula sin mirarlo. Durante la primera clase apenas escuché al profesor. Carmina se sentó junto a mí, como siempre, pero su energía había cambiado. —¿Ya viste cómo te miró Charlotte? —susurró—. Te odia. —No me interesa —respondí. —Pues debería. Esa chica no se queda quieta. Hizo una pausa, y luego, casi en tono casual, añadió: —Por cierto, Herbert me ayudó con el proyecto de química. Es tan atento… aunque creo que se distrajo contigo cuando pasaste. El comentario sonó inocente, pero su sonrisa no. —No era mi intención distraerlo —dije. —Claro —respondió ella—. No dije que lo hicieras a propósito. El resto de la mañana se fue en un silencio lleno de cosas que no se decían. Cuando sonó el timbre del receso, Carmina se adelantó con otras compañeras, dejándome atrás. Me quedé sola junto a la fuente, intentando ordenar mis pensamientos. Quería hablar con Jared, aclararlo todo, pero él estaba rodeado de sus amigos del equipo. Reía, bromeaba, parecía el mismo de siempre. Yo era la que había cambiado. Charlotte apareció poco después, con una bebida en la mano. Se acercó a Jared, le dijo algo al oído y él, sin preverlo, soltó una risa que me atravesó. Después lo vi: ella se inclinó, lo besó, esta vez en la mejilla, pero muy cerca de sus labios. No fue un beso largo, pero fue suficiente. El patio entero pareció girar hacia ellos. Alguien silbó, alguien más aplaudió. Yo me quedé helada. Jared se separó enseguida, con una expresión confundida, pero ya era tarde. Charlotte sonreía satisfecha. Sentí la garganta cerrarse. Carmina me miró desde lejos, sin acercarse. No supe si su mirada era de lástima o de triunfo. Me fui al baño, cerré la puerta del cubículo y respiré hondo. El corazón me latía en los oídos. Intenté convencerme de que no significaba nada, que él no había querido… pero las imágenes seguían ahí, clavadas como agujas. No sé cuánto tiempo pasé ahí dentro. Cuando salí, Jared me esperaba junto a la puerta. —Elisa, espera —dijo apenas me vio. No respondí. Caminé hacia las gradas, pero me alcanzó. —No fue lo que parece. Ella me besó, fue algo inocente, yo… no tuve tiempo de reaccionar. —¿Y eso cambia algo? —pregunté, sin girarme. —Sí. Porque yo no quería. Tú lo sabes. Lo miré entonces. Parecía sincero, casi desesperado. Pero había algo roto entre los dos, algo que ya no encajaba. —No sé qué sé —dije al fin—. No sé si confío en ti. Además le das demasiada confianza para no importarte. —Elisa, por favor… —dio un paso más, bajando la voz—. No dejes que esto lo arruine. —¿“Esto”? —repetí—. Ni siquiera sé qué es “esto”, Jared. Él bajó la mirada, y por primera vez lo vi sin palabras. Me dio miedo descubrir que no tenía una respuesta. El resto del día fue un desfile de murmullos. —¿Viste a Charlotte y Jared? —decían por los pasillos—. Se veían increíbles juntos. Cada palabra era una espina. Carmina no volvió a hablarme hasta la salida. Caminó a mi lado, fingiendo neutralidad. —No te tomes lo de Charlotte tan a pecho —dijo—. Es obvio que lo hizo para provocarte. —Y lo logró —admití. —Bueno… al menos ya sabes quién es realmente. —¿Qué insinúas? —pregunté. —Nada —respondió, encogiéndose de hombros—. Solo que Jared tiene fama, y tú no deberías sorprenderte. Me detuve, girándome hacia ella. —¿Por qué hablas así? —¿Así cómo? —preguntó, sonriendo apenas—. Solo soy honesta. No quiero verte sufrir. Pero había algo en su voz, una sombra de satisfacción difícil de ocultar. Cuando llegué a casa, mamá seguía sin aparecer. El silencio volvió a recibirme como un eco. Me quité el uniforme, me senté frente al espejo. Mis ojos estaban rojos, hinchados. Me vi pequeña, ridícula, creyendo que el amor era solo promesas y mensajes de madrugada. El teléfono vibró. Jared: No puedo dejar que esto nos separe. Te lo juro, no significó nada. Te necesito. Leí el mensaje una y otra vez. Parte de mí quería creerle, otra quería borrarlo todo. Apagué el teléfono sin responder. Esa noche soñé con la piscina, con Charlotte riendo, con la mirada de Carmina desde lejos. En el sueño, Jared me tendía la mano, pero cuando la tomaba, su rostro se desdibujaba. Desperté sobresaltada, con la sensación de estar cayendo. Al día siguiente no quise que Jared me llevara. Caminé hasta el colegio sola. En el camino, Herbert me alcanzó. —¿Estás bien? —preguntó. Asentí sin mirarlo. —Si necesitas hablar… —dijo, con esa voz tranquila de siempre—, puedo escucharte. Le sonreí débilmente. —Gracias. Pero no quiero hablar de él. —Entonces hablemos de cualquier otra cosa —propuso, y caminamos en silencio. En el pasillo, Carmina nos vio llegar juntos. Su expresión cambió apenas un segundo, pero fue suficiente para entender que algo se fracturaba también allí. No dijo nada, solo se giró y entró al aula sin saludar. Durante la clase, sentí su mirada fija en la nuca. Afuera, el sol golpeaba las ventanas. Adentro, todo parecía más frío. Y en medio de todo, entendí que el verdadero quiebre no había sido el beso ni la traición, sino esa distancia nueva entre lo que yo sentía y lo que él era. Esa g****a invisible que crece sin hacer ruido, hasta que un día lo rompe todo.
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