Capitulo 01
Chiara
El persistente aroma a café quemado y a metal limpio del restaurante se me quedaba pegado a la piel como una condena de la que nunca podía escapar del todo era el olor de mi supervivencia, la fragancia de una rutina que me agotaba los huesos pero que mantenía el techo sobre nuestras cabezas.
Aquella tarde, las cuatro se sintieron como una losa de plomo sobre mis hombros mientras arrastraba los pies hacia nuestra pequeña casa, situada en una calle donde el alumbrado público siempre parpadeaba como si estuviera a punto de rendirse, igual que yo pero tenía un motivo para no rendirme Ángel mi hermano de nueve años era lo único limpio, lo único sagrado que quedaba en mi mundo y proteger su inocencia se había convertido en mi única religión en un hogar que se caía a pedazos.
Al entrar, el silencio de la casa me recibió con una frialdad inusual encontré a Ángel sentado en la mesa de la cocina, encorvado sobre sus dibujos.
Cuando escuchó mis pasos, levantó la vista y me regaló una pequeña sonrisa que se desvaneció en el acto al notar mi rostro pálido y el temblor en mis manos.
—Hola hermana— Me saludo con esa pequeña voz que lograba calmar mi interior — ¿Podríamos hacer algo de comer? Es que tengo hambre
—Claro que sí, campeón —le respondí, acercándome para besar su frente y sentir el calor de su piel, lo único que me aseguraba que el mundo no era del todo un lugar hostil—. Haremos una pasta rápida. ¿Me ayudas a recoger tus colores?
Estábamos en ese pequeño oasis de paz, compartiendo los restos de una pasta fría que sabía a nada pero que nos llenaba el estómago, cuando el mundo decidió estallar no fue un golpe común fue el sonido de la madera astillándose, el estruendo de la puerta principal golpeando la pared con una violencia ciega que hizo que los platos sobre la mesa tintinearan.
Mi padre entró como un animal rabioso, con la ropa desaliñada y el hedor del whisky barato precediéndolo como una nube tóxica sus ojos estaban inyectados en sangre, moviéndose frenéticamente por la habitación hasta que se fijaron en Ángel, que se había encogido en su silla, dejando caer sus lápices al suelo.
—¡Tú! —rugió mi padre, señalando al niño con un dedo tembloroso—. ¡Todo es por tu culpa! ¡Si no tuviera que mantener a este mocoso inútil, no estaría hundido en este agujero!
—¡Cállate, papá! ¡No le hables así! —grité, poniéndome en pie de un salto, sintiendo cómo el corazón me martilleaba contra las costillas con una fuerza que me dolía.
Él no me escuchó. Se lanzó hacia la mesa con la mano levantada, sediento de descargar su propia miseria y su fracaso en el cuerpo frágil de un niño. No lo pensé mi cuerpo se movió por puro instinto. Me arrojé sobre Ángel, rodeándolo con mis brazos, protegiendo su cabeza con mi pecho justo cuando el primer golpe de mi padre me dio de lleno en el costado de la cara.
El impacto fue una explosión de color blanco detrás de mis ojos el zumbido en mis oídos fue inmediato, pero no me solté.—¡Vete, Ángel! ¡Corre al cuarto y pon el cerrojo! ¡No salgas por nada, me oyes! —le chillé desesperada, mientras sentía una segunda bofetada reventarme el labio y el sabor metálico de la sangre llenaba mi boca.
Escuché sus pasos desesperados tropezando en el pasillo y el clic salvador de la puerta al cerrarse.
Mi padre, al verse privado de su presa más débil, descargó toda su furia sobre mí, me agarró del cabello con una fuerza que me hizo soltar un grito de agonía pura, un sonido que me desgarró la garganta, me arrastró por el suelo de la cocina, ignorando mis uñas que se clavaban en sus manos en un intento inútil por liberarme, me sacó de la casa bajo una lluvia gélida que empezó a empaparme la ropa, lanzándome al asiento de la camioneta de un empujón que me dejó sin aliento, golpeándome las costillas contra el tablero.
—Vas a pagar mis deudas, Chiara —siseó mientras conducía como un loco, quemando neumáticos por las calles mojadas—. Más vale que cierres la boca y no me compliques las cosas, porque hoy dejas de ser mi hija para ser mi única salvación.
Yo no podía dejar de llorar mis sollozos eran hipos erráticos que sacudían todo mi cuerpo, un llanto amargo que me quemaba los ojos mientras me abrazaba a mí misma en el asiento, intentando procesar que el hombre que debía protegerme me estaba llevando hacia un destino que ni siquiera podía imaginar.
— ¿Acaso te has vuelto loco?!— Logré decir entre el llanto sin embargo él no me dirigido la palabra — Papá por favor no lo hagas
— Cállate si no quiere que te vaya peor Chiara — Sentenció
Pensé en mis opciones como huir pero sabía que no podría bajar de este auto si él no lo quería.
El trayecto fue un borrón de luces borrosas y dolor físico, una pesadilla que se volvió real cuando nos detuvimos frente a una mansión de mármol blanco, custodiada por hombres de n***o que portaban armas como si fueran simples accesorios.
Mi padre me sacó del brazo, hincando sus dedos en mis hematomas recientes, y me arrastró por un vestíbulo que olía a opulencia, a incienso caro y a algo mucho más oscuro a poder absoluto.
Me lanzó al suelo de un salón inmenso con tal violencia que mis rodillas golpearon el suelo frío con un sonido seco que me hizo gemir en el centro, sentado en un sillón de cuero que parecía un trono, estaba él.
Mi corazón se detuvo por un segundo lo reconocí no podía ser, era el hombre del restaurante, el cliente habitual que siempre ocupaba la mesa de la esquina, el que me observaba en silencio durante horas mientras yo servía cafés con las manos temblorosas por su escrutinio, aquel me solo dos veces había sugerido una cena con voz fría, aquel hombre al que me obligue s decir que no porque angel no podía estar en casa solo.
Allí, en su propio territorio, ya no parecía un cliente parecía un verdugo.—Tengo un trato para ti, está mujer a cambio de toda mi deuda un solo un poquito más de dinero quí está—jadeó mi padre, limpiándose el sudor de la frente con una sumisión que me dio náuseas—. Mírala bien está entera, es joven, es hermosa... y sé que la has estado mirando durante meses en ese restaurante te vi un par de veces — Si es cierto mi padre y el se habían visto cuando mi padre había ido por mi para tomar mi cheque del mes—Tómala— Alessandro levantó una ceja pude ver cómo mi padre se encogió en donde estaba— olvida los tres millones, mi deuda queda saldada con ella hoy mismo.
Alessandro... Ese era su nombre.
El nombre del hombre que ahora me miraba desde las alturas con una frialdad que me hizo temblar más que cualquier golpe, no se movió, no hubo un gesto de sorpresa, ni de desagrado, ni de compasión sus ojos oscuros como pozos de petróleo, se pasearon por mi labio partido, por mi ropa sucia y empapada, y por el rastro de lágrimas y suciedad que bajaba por mis mejillas.
No había piedad en su rostro solo una observación mecánica, como quien inspecciona una propiedad recién adquirida.
—¿Tres millones? —su voz fue un susurro gélido que pareció bajar la temperatura de la habitación varios grados—. ¿Crees que el estado en el que me la entregas vale esa cantidad Valerio? Mira su rostro, me la traes dañada.
Dañada...
—¡Se cura rápido, te lo juro! —chilló mi padre, con una desesperación que me hizo querer morir allí mismo—. ¡Es virgen es pura! ¡Haz lo que quieras con ella! Úsala para lo que necesites, rómpela si quieres o solo protituyela para que pague los tres millones pero déjame libre ya no es mi problema.
Me quedé en silencio, encogida en el suelo, llorando amargamente sintiendo el peso de la traición más grande que un ser humano puede sufrir.
Mi propio padre me estaba vendiendo frente a un extraño por una deuda de juego, le estaba diciendo que me vendiera a otros hombres si lo deseaba.
Alessandro se levantó lentamente su presencia era abrumadora, su figura alta y atlética proyectaba una sombra larga sobre mí.
Se acercó a mi padre y lo miró con un desprecio tan absoluto que el hombre tuvo que dar un paso atrás, casi tropezando.
—Acepto el trato —dijo Alessandro sin apartar la vista de mi figura temblorosa en el suelo—. Ahora lárgate de aquí si vuelves a acercarte a ella o a mi propiedad, te haré despellejar vivo.
Mi padre asintió Alessandro hizo una seña un guarda apareció con algo de dinero, mi padre lo agarro sin pensar y salió corriendo de la estancia sin mirarme ni una sola vez.
Se fue y me dejó allí entregada al hombre que me observaba como un lobo a una presa herida.
¿Acabo el si me llevará a prostituir? ¿Acaso el quería hacerme daño?
Alessandro se acercó a mí y se puso de cuclillas.
Me tomó de la barbilla con sus dedos largos y fríos, obligándome a levantar la cabeza.
—. Por favor... por favor, déjame ir. Yo no te he hecho nada... no sé qué quieres de mí...— susurré entre sollozos, con la voz rota y apenas audible— Yo puedo pagarte toda la deuda... puedo trabajar duro te lo prometo... te pagaré también los intereses
Él no respondió a mis palabras simplemente estudió el golpe en mi mejilla con una expresión impenetrable, sin una sola pizca de calidez.
No hubo palabras de consuelo, ni una promesa de seguridad su silencio era una pared infranqueable que me hacía sentir más pequeña y vulnerable de lo que jamás me había sentido en las calles más peligrosas de la ciudad.
—Limpia tus lágrimas, Chiara —dijo finalmente con una voz carente de cualquier matiz emocional—. El llanto no soluciona las deudas y tú ya no estás en posición de negociar.
—Tengo que volver a casa... mi hermano... Ángel me está esperando... —intenté decir, pensando en el niño encerrado en su cuarto, asustado y solo pero Alessandro me interrumpió con un gesto seco de su mano, poniéndose de pie y mirándome desde su imponente altura.
—A partir de ahora, no hay más casa —sentenció con una autoridad que no admitía réplica—. Tu padre te ha entregado como pago y yo he aceptado, lo que pase contigo a partir de este minuto es una decisión exclusivamente mía.
Fue como un golpe fuerte en el rostro.
Me tomó del brazo y me puso en pie con una firmeza que no permitía resistencia, aunque mis piernas flaquearan.
Llamó a uno de sus guardias sin quitarme la vista de encima, manteniéndome bajo esa presión insoportable de sus ojos oscuros.—Llévenla a la habitación del ala oeste —ordenó con indiferencia—. Que la limpien y le traigan ropa adecuada no quiero volver a verla con esos harapos del restaurante.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —pregunté muerta de miedo, mientras el guardia se acercaba para escoltarme.
Alessandro se dio la vuelta para servirse una copa de cristal, ignorando mi pregunta como si yo fuera un objeto inanimado que acababa de comprar para su colección esa indiferencia total fue lo que más me aterró no sabía si me esperaba el maltrato, el encierro o algo que mi mente ni siquiera podía concebir.
Solo sabía que estaba atrapada en la red de un hombre que me miraba sin alma y que no sabía que yo tenía un hermano pequeño esperando por mí en una casa con la puerta destrozada.