CAPÍTULO OCHO: ¿EL MITO ES REAL?

2210 Palabras
Héctor soltó el aire contenido y pasó sus manos por su rostro con desesperación, con horror, ¿otra vez le estaba sucediendo eso a su hijo? ¡Nuevamente habían abusado de él! Quiso gritar de rabia, de dolor, pero sabía que aquello solo empeoraría la situación y que Zigor se sentiría peor. Se quedó callado por largos minutos, tales parecían eternos, y podía escuchar la respiración de ambos y como el reloj daba su campanada de una nueva hora.             —Entonces decide que harás, hijo, nadie va a meterse en tus decisiones.             —Gracias —contestó Zigor en voz baja viendo el rostro de su padre, destruido otra vez, sintió rabia por hacerle pasar eso, pero era algo que debía saber, no podía callar más. Nunca más—. Cuando nazca el niño hablaré con Bel, no antes, no puedo permitir que se lleve lejos a la criatura, firmaremos un acuerdo donde yo lo criaré y le pasaré una pensión.             —No lo sé, no creo que lo acepte, no creo que sea ese tipo de chicas —contestó vagamente poniéndose de pie para servir una copa de vino tinto—. Pero que digo, ya ni siquiera sé quién es esa muchacha.             —No la trates diferente papá, o ella se irá llevándose a mi hijo —buscó con desesperación la mirada de su padre—. Tiene que seguir el legado de los Brais.             —Está Enzo y Agni, no va a morir el legado. No te preocupes y no te cargues más, hijo.             —Agni, no creo que quiera verla pasar por el sufrimiento de tratar a su hijo como una máquina y ambos sabemos que Enzo no quiero hijos.             —Me parece tan amargo llevar el apellido Brais, nunca creí que pesaría tanto —añadió Héctor—. Tener que ver a mis hijos sufrir y ver a uno sufrir mucho más, me parte el alma.             —No es tu culpa.             — ¡Debí hacerle caso a Laura y dejar que ella se los llevara! —estalló el hombre con dolor.             — ¿Qué vida nos hubiese esperado con ella? —Preguntó Zigor—. Uriel nos buscaría, y si tú no enviabas dinero, ¿Cómo iba a sobrevivir una mujer en un país desconocido y con tres niños?             —Eres muy duro con Laura, Zigor.             —Ella nos causó mucho daño ¡Mandó nuestra ubicación! ¡Nos abandonó! Y te rompió —escupió molesto, Héctor soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo desde el momento que entraron a su oficina.             —Zigor…             —No era una opción irnos con ella, yo no quería dejarte —confesó el rubio y los ojos cansados de su padre lo vieron fijamente—. Sabía que yo era tu orgullo, obviamente mis hermanos igual, pero tenía en mente que tú me amabas, me respetabas y pese a las reglas, tú querías que nosotros fuéramos más humanos que armas. Yo no podía dejarte, eres mi padre.             —Voy acompañarte en el proceso de ser un padre, Zigor.             —Tú has sido el mejor padre, tengo mucho que aprender y aun así no podré llegarte ni a los talones.             Héctor sabía que Zigor no era muy afectuoso, pero en ese momento y con todo lo que había declarado su hijo mayor, él caminó hacia el rubio y lo abrazó con fuerza, muchísima, porque ellos tenían un deber y nunca sabrías si volverías vivo o en un cajón de las misiones.   (***)   Zigor había dado unas palabras y luego sus hermanos se habían encargado de la exposición de todo lo que habían encontrado sobre Maua, absolutamente todo, en la lengua de ellos y luego traducida perfectamente por Agni. Estaba algo alejado viendo como la gente quedaba maravillada por lo que veían y escuchaban, y tal como su padre dijo, muchos reporteros del mundo estaban ahí, en ese museo y muchos profesionales estaban pidiendo los permisos para hacer la investigación, ya estaba todo y el mundo lo sabría, esperaba no estar equivocándose. Entre estos proyectos, no había tenido tiempo de ir a La legión, pero tanto como Andrea y Coll estaban llevando todo muy bien, lo que sí, se sabía la clara molestia del dios Elan, podría jurar que ahora lo odiaba, y era algo que no le importaba. Quería que los Brais fueran libres, y tal vez, solo tal vez el malo era otro, aunque Maua no era tan santa como se pintaba.             — ¿Zigor Brais? —el rubio se giró encontrándose con un hombre alto, con anteojos y unos curiosos ojos color ámbar. Él llevaba colgado de su cuello una cámara y en su mano una grabadora, ¿un reportero de alguna radio?—. Soy Jay Day.              — ¿Day? —se sorprendió al ver frente a él.             —Su hermana Agni me dijo que le gustaría hablar conmigo, así que, después de ver todo, me gustaría saber qué es lo que tiene que decirme.             —Creo que tú tienes más que decirme, Day. —murmuró Zigor e hizo un ademan con las manos—. Puedes acompañarme, vamos a mi oficina.             El hombre asintió y en silencio ambos se perdieron en el ascensor, no hablaron, pero cada tanto Jay Day lo miraba con curiosidad, quería interpretarla, pero el rubio se mantuvo en silencio, quería estar en su oficina y hablar, ahí no es seguro. Avanzó y le pidió a su secretaria que nos interrumpiera. Ingresaron y Day miró alrededor, deteniéndose por más tiempo en los libros, vio la colección e imagino que en su casa había muchos más, era un escritor, no como sus antepasados, pero estaba haciendo el intento de que su nombre sonara. Sabía todo sobre los Brais, lo que le sorprendía es que se hayan demorado en buscarlo. Cuando la invitación exclusiva había llegado a su casa, toda su familia se había sorprendido, su padre quien había escrito mucho y aún era reconocido, mencionó la poca empatía que tenía esa familia, el creerse superior siempre fue un problema, al menos con el abuelo de ellos que en los últimos meses no había vuelto aparecer. Jay hizo sus propias investigaciones, no iría a la cueva del lobo sin un arma que lo protegiera de las bestias que dominaban aquel museo, según las palabras de sus padres. Y tal como lo imagino, los tres hermanos eran personas muy inteligentes, demasiado, estaba seguro que sus primeras palabras fueron recitas citas de famosos historiadores y filósofos. El mayor de los hermanos fue al que más investigó, tenía un alto recorrido profesional, estudio filosofía, historia, literatura y terminó por ser curador, pero no tan especializado como su hermana menor. Zigor salió con las mejores notas, y ni bien se graduó, tomó las riendas del museo que llevaba su apellido, no había mejor director que él, en la universidad todos decían lo buen profesor que era, lo mucho que aprendían y la manera peculiar de contar la historia, como si la hubiese vivido, incluso los mitos que se contaban sobre los protectores de los corazones que según decían, estaban en Akino. ¿Y si aquellos mitos eran verdad? ¿Y si existían esos corazones? Mejor dicho, ¿Y si los protectores eran los Brais? Ante esos pensamientos, Jay sacudió la cabeza. Imposible. Agni Brais también era una mujer con una carrera profesional impecable, pero especializada en curación de obras, y luego estaba su mellizo, que hasta había estado en el ejército por unos años, y luego terminó siendo un gran historiador, el museo sin aquellos tres pilares se venía abajo. Todos decían que era su pasión, que debían conocer el negocio familiar, pero ellos parecían saberlo todo, y no le sorprendería si el rubio salía diciendo que era experto en el arte de luchar cuerpo a cuerpo.             — ¿Qué es lo que quiere saber, señor Brais? —Jay se sentó con cuidado en la silla, dando una mirada rápida al lugar y luego regresar a la mirada distante del rubio.             —Eres escritor como tus antepasados, aunque de ti hay poco publicado.             —Sí, estoy tratando de que mi nombre sea escuchado y no me quede con el apellido —dijo mordaz y Zigor apretó los labios, obviamente lo decía por ellos.             —Bueno, me gustaría saber algo, precisamente de su antepasado Martín Day —explicó Zigor tendiéndole el libro, Jay lo tomó y leyó la cita.             — ¿Qué pasa con esto?             —Quiero saber si es verdad, si hay material donde se explique más sobre eso. Necesito saber si aquellas líneas son verdaderas.             — ¿Es parte de su investigación para que su museo se llene de dinero? —inquirió dejando el libro a un lado, ahí recién Zigor se dio cuenta que los Day odiaban a los Brais. ¿Por qué?             —Creo que todos tenemos derecho a saber la verdad, es mi único propósito en esta investigación.             — ¿Cuándo dices eso, la gente te cree? —Inquirió burlón el hombre, Zigor se recostó en el sillón con el ceño fruncido—. Eres predecible, desde el momento que mandaste tu invitación, ya que tu museo nunca se ha acordado de los Day.             —Eres un muchacho resentido, tal vez mi abuelo le hizo algo a tu familia, ¿es eso? Bueno, déjame decirte que él ya no existe para este lugar.             —No soy resentido y tampoco muchacho, tenemos la misma edad —escupió molesto—. Los Brais fueron los que callaban a los Day para que no hablaran sobre sus dioses, sobre lo que realmente eran.             —No te estoy entendido, por favor, sé más claro —Jay Day le dio el beneficio de la duda cuando vio la confusión en el rostro del rubio, tal vez y solo tal vez, no estaba mintiendo.             —Martín Day no fue el primero en hablar sobre los dioses, el primero fue Julio Day pero murió en manos de los Brais, de tus antepasados —explicó mientras se acomodaba los lentes en el puente de su nariz—. Él dejó varios escritos, pero muchos fueron quemados y solo quedaron algunos que se salvaron y se pudieron traducir.             — ¿Por eso existe el museo en memoria de Julio Day?             —Ahí está la verdad, la verdadera, pero la gente le gusta escuchar a los Brais ¡En la historia está escrito eso! —Siseó el muchacho, molesto y Zigor estuvo a nada de golpearlo para que se callara de una buena vez—. Siempre han tenido a la prensa y a la gente comprada, ¿Cómo lo hacen?             —No hemos comprado a nadie, te estás equivocando y mucho.             —Entonces vamos al museo de mi familia, y ve tú mismo la verdad.             Zigor la pensó por largos minutos, pero no dejaría pasar esa oportunidad, tomó el celular y tecleó el número de su hermana, que después de largos segundos contestó:             —Agni. —contestó ella fríamente.             —Agni, hazte cargo, saldré —habló con rapidez.             —Activa el rastreador, así sabré donde estás. —la joven se apresuró a decir, un susurró para que el acompañante del rubio no los escuchara.             —Gracias, Agni.             Cortó y se puso de pie, tomó la cámara de la mesa, se la colgó en el cuello, guardó la grabadora y ahí mismo, encendió el rastreador, así sus hermanos sabrían dónde estaría.             —Vamos, puedo hacer que luego te lleven tu carro —Zigor avanzó, ignorando las mejillas rojas del hombre.             —No, uhm, no traje carro. —Nuevamente el silencio los envolvió cuando bajaron y pasaron de largo con dirección a la salida donde se encontraba la camioneta del rubio, ambos subieron, Jay le dio indicaciones y él manejó en silencio, pero cada tanto su celular sonaba, ya sea por el museo o por la universidad, incluso de la legión.             Sí, él era alguien ocupado, y tuvo envidia de él y toda su familia. Jay Day se había tenido que pasar luchando y si alguien lo conocía, era por sus antepasados, pero nadie por lo que él escribía, era un completo desastre a su edad, y más si seguía viviendo con sus padres y toda la familia, el museo que tenía su familia, apenas y recaudaba algo de dinero, y eso era solo mantenimiento, para pagar a los curadores que era lo más caro, pero debían mantener todas las pruebas perfectas y bien cuidadas. Cuando llegaron, era algo lejos del museo, incluso cerca del mar. Zigor bajó y miró el lugar, parecía incluso la zona con pobreza de Akino, y lo supo cuando las personas veían su camioneta con los ojos brillosos, incluso a él, su ropa. Siguió a Jay y más se acercaban, pudo ver el pequeño museo en memoria a todos los Jay, pero estaba cerrado, era re rejas, algo descuidado, pero si había información ahí, él la tomaría.             — ¿Has traído un Brais? ¡A la casa de los Day! —dijo un hombre mayor que sostenía unas llaves, Zigor metió sus manos dentro de su pantalón n***o de vestir.             —Quiero mostrarle lo que su familia nos hizo.             —Si tan solo todos se dieran cuenta que el cáncer fueron los Brais, no solo Maua, entonces nadie pisaría tu museo. 
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