CAPÍTULO NUEVE: EL CUADERNO DE EREIN

1176 Palabras
—Tienes que protegerte, ten en mente lo que más amas, es la única manera de que Liev no trate de dominar tu corazón.                      —Siempre pensé que el dios del infierno era bueno.             —Lo era hasta que se enamoró —murmuró bajito acercándose a ella, con la mano libre acarició el rostro de la joven—. El amor te hace débil. Míranos a los dos.             Ella se puso de puntillas y Erein envolvió su mano alrededor de su cintura, pegándola a su pecho húmedo, se miraron por largos segundos hasta que el dios del mar la besó, suave, como si estuviera disfrutando y al mismo tiempo despidiéndose de aquella mujer que había calado en lo más profundo de su ser. Sus labios picaron y su corazón rebosó de felicidad, pero por cortos minutos, porque eso duró el beso. Ambos se separaron y juntaron su frente, la joven soltó un gimoteo, porque muy dentro de ella sabía que podría ser la última vez que podría verlo. Su corazón dolió y cuando creyó que su corazón era frío, se vio llorando por el dios que estudió por años.             —Vamos, tenemos tiempo para que los puedas herir, luego huir y debes despertar a Elan. Prométeme eso, Agni, debes despertarlo y contarle todo. Agni abrió los ojos ante el sueño que había tenido, de las últimas cosas que Erein le había dicho, el cercamiento y aquel beso que habían tenido. La joven apretó los labios y encendió la lámpara que estaba al costado de su mesa de noche, una luz tenue, pero que al menos la haría saber que no estaba ya en aquella realidad que por segundos fue feliz. El dejar su casa también dolió, ya que su habitación estaba llena de su aroma, porque los días donde se quedaba tirado en su cama, seguía en su cabeza, ¿Cómo podría olvidar eso? Era casi imposible. Aún recuerda la maleta que preparó, la última prenda y como se echó a llorar, porque el único recuerdo eran esas cuatro paredes de los encuentros que tuvieron. Su corazón seguía latiendo desesperadamente por el sueño, así que se puso de pie y salió de su habitación. Todos dormían, y como no, eran casi las tres de la mañana, él único que faltaba era Zigor que hace una hora le había respondido que seguía en aquel museo, que tuviera paciencia, que pronto estaría en casa y les mostraría la recopilación de lo que había encontrado. Se ató la bata y pasó por la habitación de Enzo, empujó la puerta y lo vio dormido, la lámpara encendida, era un secreto que su hermano tenía un recelo a la oscuridad, siempre debía haber una pequeña luz, incluso en las misiones, solía llevar varias linternas, no toleraba estar a oscuras. Tal vez se debía a las tantas veces que Uriel lo encerró en un refrigerador por horas hasta que se cumplió el límite del castigo, recuerda haberlo sacado ella, tenía el rostro rojo de tanto llorar, los ojos hinchados y su abuelo no se arrepintió. Zigor lo baño y fue Agni quien durmió esa noche y las siguientes con él, pero Enzo siempre con una débil voz le pedía que no apagara la lámpara. Pobrecito, ¿con que infiernos a veces debía tratar su mellizo? La joven siguió y esta vez se detuvo en la habitación de Zigor, la abrió apenas y descubrió que Bel estaba ahí nuevamente, buscándolo en su cama, sentía pena por su amiga porque sus sentimientos no era su amiga, y sentía más pena por su hermano; porque debía ser obligado a muchas cosas, entre ellas ser padre. Bel ya no hablaba con ella, ni siquiera para contarle algún secreto o para reír, la evitaba y Agni había hecho el intento más de una vez, incluso para poder soltar lo que llevaba atorado sobre Erein y no podía decirlo, pero su amiga parecía estar avergonzada por lo que había sucedido, por como todo se había llevado a cavado. Pero Agni nunca la  juzgaría, ella traería a su sobrino en poco tiempo, ¿Cómo podría pensar que estaba decepcionada? En todo caso parecía no conocerla y tal vez era verdad, Bel no sabía quiénes realmente eran los Brais.  Siguió su camino y se quedó en el umbral al ver la puerta de la habitación de su padre abierta y él despierto, al verla, golpeó la cama y ella avanzó para acostarse a su lado y ser envuelta en sus brazos, un suave apretón que hizo que los ojos de la chica se llenaran de lágrimas. Al final tal vez había razón, si era una mortal débil que se había dejado enamorar.             —No necesitas decirlo mi vida, lo sé, sé que está pasando por esa cabecita tuya.             Héctor besó su cabeza y la joven amortiguó su llanto en el pecho de él, se sentía segura, ¿Cuándo había actuado así con él? No muchas veces, y no porque su padre no fuera cariñoso, era el hecho de que la vida que llevaban no se lo permitía.             —A veces sueño con que esta vida se acabará.             — ¿Y qué sueñas, hijita? —preguntó Héctor sobando la espalda de su única hija.              —Trabajando en un museo de Italia o Francia, teniendo una casita con un enorme jardín y un perro, lo llamaría ¡Steven!             — ¿Steve? No es un nombre raro, ¿Por qué no Tobby?             —No creo que Tobby sea un buen nombre —la voz ronca de Enzo los sobresaltó, quien sin pensarlo se acostó en la cama, era la primera vez que hacían eso, que se comportaban con niños junto a su padre—. ¡Hades! Debe ser un nombre fuerte, Agni.             — ¿Y si es hembra? No creo que Hades o Tobby sea adecuado —la voz ronca de Zigor los hizo girar, aunque querían preguntar, Héctor siguió con el tema de los animales, quería un pedazo de paraíso para sus hijos. Pobre de ellos—. ¿Qué tal Mandy?              — ¿Ustedes tienen claro que será mi perro y yo le pondré el nombre? —Zigor había cerrado la puerta para amortiguar las voces y Bel no se levantara—. Me gustaría tener una granja, con pollitos y patitos.             —Para navidad Agni nos tendrá listo un buen pato al horno —la molestó Enzo y todos rieron, incluso Zigor, una risa sincera que calentó el corazón del padre.             — ¡Yo no pienso hacerles ninguna clase de comida! Zigor es excelente en la cocina, él vendrá a cocinar.             —Lo haré, si Enzo mata a los animales y papá hace su famosa ensalada de jamón —todos volvieron a reír por largo rato. Agni anhelaba esa vida, y que toda su familia fuera liberada, que las cadenas los soltaran, ellos se merecían eso, se merecían eso y más.             —No quisiera acabar con este hermoso momento, pero, tenemos el tiempo en nuestra contra —murmuró Enzó y luego miró al rubio—. ¿Qué descubriste? 
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