CAPÍTULO DIEZ: EL MUSEO DAY

2156 Palabras
HORAS ANTES: Jay sujetó con dureza el candado y las cadenas cayeron al piso haciendo un ruido fuerte que hizo que Zigor mirara alrededor inquieto, ese lugar no le daba tanta confianza que digamos. Agradecía siempre ir armado, siempre con algo que pudiera protegerlo.             —Como ves, no es una instalación buena para algo que realmente vale la pena ver —dijo Jay Day con rencor. El rubio miró que el piso era falso, incluso había tierra, pero al menos el techo estaba completo, eso había logrado cubrir toda la evidencia que él decía tener. Miró alrededor, y luego hacia atrás al sentirse observado y se topó con varios pares de ojos que lo veían con recelo, imaginaba que la gran mayoría ahí sabía quién era él.             —Muéstrame lo que tienes, Jay, y luego te quejas del lugar.             — ¡Me quejo con razón! Ustedes lo tuvieron Fácil, nosotros no.             — ¿Fácil? —el rubio lo enfrentó  y Jay retrocedió pero sin eliminar la mirada dura—. ¡Los Brais fundaron el museo de piedra en piedra! Nunca hubo alguien que ayudara, ni siquiera los dioses dejaron oro para la construcción, ¿ustedes creen que el museo Brais es lo que es por oro que ellos dejaron?             — ¡Claro que sí!             — ¡Por supuesto que no! —el rubio contestó molesto—. El museo fue construido para mantener el conocimiento de los dioses, algo que salió de mis antepasados, en ningún momento Elan pidió eso, pero era la única forma de que ellos pudiera aferrarse a lo que tuvieron, a lo que existió a lo que estuvo muy cerca.             — ¡Julio Day dijo que ustedes mataron por los dioses! —Zigor resopló, porque aquel muchacho no estaba lejos de la verdad, ni un solo pelo, ellos habían matado por proteger corazones de dioses, porque su familia estaba maldita por Elan—. Julio conoció a uno de los Brais, fueron ocho varones, y el más amable habló, contó tanto mientras lloraba porque su mujer estaba embarazada.             — ¿Qué dices?             — ¿No conoces esa historia? ¡O finges!             — ¿De qué estás hablando?             Jay se sorprendió y con las manos temblando fue por uno de los libros que estaban en los estantes viejos, con cuidado lo tomó, porque era de los más antiguos y sus hojas estaban tan viejas, que por más que hicieran restauración, podría perderse. Pero él, se había pasado los últimos años, copiando cada escrito de sus antepasados. Se acercó y con sumo cuidado lo dejó en la mesa, Zigor se sentó y con el mismo cuidado o mejor, sostuvo el libro leyendo. “Brais, el último de los hermanos había estado llorando, sufría, ¿se puede sufrir como lo hacía aquel hombre? No, era un dolor que pocos podían pasar. Ese Brais amaba a una mujer que era tan bella como las rosas, eran palabras suyas y un poco mías, siempre he creído que aquella familia tuvieron la suerte que los dioses los eligieran, parece que mandaban a las ninfas más hermosas para hacerlos felices. ¿Por qué aquel Brais no podía ser feliz? ¿Por qué el guerrero más fuerte y con la suerte que cualquier otro desearía lloraba en aquel lugar, desconsolado? Una respuesta que detuvo mi corazón, y desde entonces cada noche regreso a mi casa para abrazar a mi esposa y beso el rostro de mis hijos, no había tantas monedas, pero los tenía. ¿Esa era su riqueza? Esa noche, Brais dijo que su riqueza también era su familia, sus hermanos y su esposa que esperaba un bebé, una niña ¡Una niña! ¿Por qué no estaría feliz? Y aún recuerdo aquellas palabras, porque nunca podría olvidarlas. ¡Los dioses no quieren mujeres, no quieren mellizos! ¡Los dioses me dan la felicidad y me la quitan! Nunca unas palabras hicieron tanto eco en mí, nunca unas palabras me hicieron llorar. Esa noche dijo que los dioses los habían elegido para ser sus ojos en la tierra, y dar la paz, para ellos pudiera contarles cómo eran los mortales, porque los dioses envidiaban eso, a su propia creación. ¿Puedes envidiar a tus hijos? ¿Se puede? No, eso era imposible. ¿Entonces por qué los dioses los envidiaban? Y ahí lo supo, cuando nuevamente el Brais llorando le dijo: Ellos nos regalaron el amor, pero a cambio damos nuestra vida, la hemos regalado y no solo la nuestra, sino, la de nuestros hijos, nietos y bisnietos. De todo aquel que posea el apellido Brais ¡Estamos malditos! Había repetido llorando, ¿Qué de aquello era verdad? Me había preguntado mientras le daba otra copa de un licor barato que solo lo hizo marear, aquel Brais, aunque joven, era tan fuerte como los mayores. El licor barato lo hizo hablar, lo hizo llorar y lanzar una verdad que nunca logré entender. Ellos mataran a mi hija, a mis nietas y a mis bisnieta, mataran mi amor por ellas, ¿podré andar con el corazón roto, escritor? Y no tuve respuestas para él. Tiempo después se volvió el más duro, el más fuerte y su esposa perdió a su bebé, todos dijeron que fue una niña, años después tuvo a su primer varón, pero yo nunca vi amor en su mirada como en la noche que habló sobre Ani, sobre la hija que perdió”   Ani. Agni. ¿Qué era eso? ¿Qué significaba eso? Zigor soltó el libro, la cabeza dándole vueltas por unas cuentas cosas que leyó, luego miró alrededor la cantidad de libros y supo que verdades saldrían a luz, rompería mucho, demasiado.             —Los investigué, y tu hermana Agni fue la primera mujer que nació —Jay sintió empatía por Zigor, porque vio el dolor en su mirada mientras leía el libro que su antepasado había escrito—. Todos fueron hombres, y por lo general uno, no más. Tu abuelo no tuvo hermano, tu padre tampoco pero tú sí y en ellos; una mujer.             —Sí, Elan dio una maldición, son los mitos que se dicen de mi familia —Zigor aclaró la garganta y Jay lo miró fijamente—. Elan prohibió hijas, mellizos o gemelos, más bien fue una maldición.             —Entonces lo que lees te está mostrando verdades que tú conoces —murmuró Jay Day sentándose frente a él, viendo como el rubio consternado pasaba la siguiente hoja que tenía un dibujo que apenas se lograba visualizar, Jay nunca lo entendió, pero Zigor sí, de hecho, era el símbolo que tenía marcado todas las tumbas de los dioses.   “Era una ninfa, tal como las otras, pero dicen que ella amaba al dios Elan, lo amaba con desesperación y él también, pero su mayor acto de amor de aquella mujer fue casarse con un Brais para que Elan pudiera gobernar en paz. Es hermosa, la he visto pasar hoy, se carcajea de la mano de su esposo y acaricia su vientre, pero, ella no luce feliz, de hecho sus ojos vuelan hasta el cielo como hablando algo, ¿tan infeliz eres, mujer? ¿Cómo te libero? Pero luego parece caer en cuenta y se aferre al Brais como si su vida dependiera de ello. La pobre, la mujer tan pobre se quita la vida estando esperando un bebé, Brais enloquece y le pide a los dioses que le den una respuesta, obteniendo únicamente lluvia, una que no se va en días, quiero creer que es la manera de pasar el duelo, tal vez Elan sufre y no entiende porque se quitó la vida. Aquel Brais se enfrenta para luchar y poco tiempo después muere, y todos dicen que quiere encontrarse con su amado tulipán, pero otros dicen que Elan ha bajado al infierno para llevar su alma al paraíso, diciendo que es su manera de darle su apoyo a sus guerreros más fuertes. Sé que no he sido bueno, he robado y he mentido, tal vez en el infierno me tope con aquel Brais y le pida que me cuente si en algún momento se volvió a cruzar con el amor de su vida”               — ¿Esto te suena familiar? —Jay señaló y Zigor lo miró, tembló por segundos—. Te suena familiar.             —Tu antepasado escribió sobre mi familia.             —Escribió sobre lo que movía su alma, y las desgracias de los Brais lo hizo. Sigue leyendo, por favor.   “Me volví encontrar con el Brais joven, aquel que perdió a su hija, llora siempre viendo al mar, dice que se fue, que tomó ese camino. Me he vuelto un seguidor de aquellos guerreros que tiene el corazón hecho pedazos, a veces creo que estos escritos nadie los leerá, luego recuerdo el papel importante que los Day tenemos en la vida de los Brais y los dioses. Nunca conocí a un dios, ni lo sentí cerca, pero oí lo que los Brais hablaban de los dioses, sobre cómo se dividían a decir quién era el peor o quien era el mejor. El hermano mayor era el más curioso, el peor de los Brais, siempre lo odié, ¿por qué odiarlos si yo admiraba a esos guerreros? Tenía una razón poderosa, hijo, la tenía. Él había matado a más inocentes que cualquiera, estaba cegado por el querer proteger a los dioses, decían que él era la mano derecha de Elan, que él hacía todo lo que lo que salía del corazón de ese dios que se pintaba como el mejor, él bueno. ¡Brais, el mayor de los Brais! ¿Puede existir el odio? Pues yo lo odio, porque él me arrebató al mayor de mis hijos, cuando él se reveló, le dije, Jay, cállate, ve en silencio pero él fue más valiente o tal vez el más tonto, es una pregunta que me seguiré haciendo hasta el último día de mi muerte, cuando mi hijo mayor se enfrentó a las reglas, a las leyes de cinco hermanos y el Brais lo mató, bajó mis ojos. ¡Él enterró su espada y nunca vi arrepentimiento en su mirada! Era cruel, era un ser sin corazón, lo odié y fui cobarde, abracé a mi esposa, a mis dos hijos pequeños y les pedí que nos fuéramos de ahí. Ameria me abandonó poco después, ella me reprochó mi cobardía y yo odié a ese Brais. Él se enamoró, de la flor más hermosa y yo me casé con aquella flor, no por amor, solo por venganza. Lo vi sufrir, llorar y arrodillarse de dolor mientras aquella me amaba, me daba hijos y aunque la respetaba, nunca podía amar alguien como amé a Ameria, pero al menos tendría la venganza de que él nunca podría ser amado, y desde la distancia vería a su mayor amor siendo de otro. Me pregunto, en la lejanía de todos y el silencio, ¿quise a los Brais o los odié?”.                         —Llevas el nombre del hijo que mi antepasado mató. —tartamudeó Zigor, impactado por aquel lado de la historia.             —Sí, mi padre dijo que cunado nací, fue como la descripción que mi antepasado hizo del verdadero Jay Day.             —El mayor de los hermanos, es el héroe en nuestra familia —susurró Zigor mareado por la poca información que estaba leyendo—. Mi abuelo Uriel lo admiró, y siempre quiso que fuéramos como él.             — ¿Qué parte? ¿La de asesinos? ¿La de proteger dioses que no eran buenos? ¿Cuál?             —La parte de ser valientes. —señaló débilmente, aunque quiso decir: siempre quiso que fuéramos guerreros sin corazón como el primer Brais que piso la tierra, que mató y protegió.                        El rubio regresó la mirada a la lectura, tragó retomando. “El segundo de los hermanos murió, era hermoso como ninguno y hacía arte con sus manos, parecía haber sido hecho con cuidado, cada pieza en su lugar, moldeado a la semejanza de los dioses. Me pregunto entonces, ¿de donde nacieron los Brais? ¿Del barro hecho por los dioses? Porque ellos desde que habían nacido habían elegido el camino de la protección, de la violencia y sangre. Aunque eligieron ese camino, han perdido, los que siguen de pie ¿le piden explicaciones a los dioses o solo aceptan las muertes de sus hermanos y mujeres? Yo no podría aceptar la muerte de mis hermanos, sigo sin aceptar la muerte de mi Jay, pero aun así me he quedado en esta isla, aun veo al hombre que mató a mi querido niño, aun lo escucho, a lo siento y lo huelo ¡¿por qué no puedo hacer nada?! Tal vez es que acepté la muerte, tal vez una parte de mí acepta que lo que hicieron los Brais estuvo bien. ¿Qué me hicieron?”.   Zigor interrumpió su lectura porque no podía seguir, algo le dolía. ¿Todo eso era verdad? 
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