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1294 Palabras

El hospital improvisado de la manada olía a hierbas, humo y sangre seca. Las camillas estaban repletas de lobos heridos, y los gemidos apenas podían silenciarse con las órdenes firmes de las enfermeras. Entre ellos, Zar permanecía sentado, el torso descubierto, con algunos rasguños que una joven loba limpiaba con esmero. —No es nada —gruñó él, con el ceño fruncido, mientras la enfermera aplicaba un ungüento—. He recibido peores. —Lo sé, Alfa, pero deje que termine —respondió ella, temblando un poco ante la presencia de su líder. Elara se mantenía en la puerta, observando en silencio. Su sola presencia despertaba miradas de recelo; algunos la fulminaban con los ojos, otros se apartaban como si cargara una peste. Había rumores, cuchicheos... traidora, susurraban algunos. Y aunque Zar no

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