El poblado de Umbra, oculto entre montañas negras y bosques tan densos , incluso la Luna evitaba atravesarlos, se alzaba como un bastión de sombras. No era un reino común: sus casas eran de piedra oscura, las antorchas ardían con fuegos azulados, y en el centro del pequeño poblado se erguía un templo a la Diosa, cubierto de símbolos grabados con sangre seca. Umbra se sentaba en un trono forjado con huesos de antiguos enemigos. A su lado, Kristal y Leila compartían su lugar como reinas de su corte: Kristal, con su crueldad fría y calculadora, gozaba de su cercanía con el guerrero divino; Leila, por su parte, parecía más una sacerdotisa, canalizando las palabras de la diosa que aún resonaban en los oídos de Umbra. La voz del pueblo lo veneraba: —¡Umbra, enviado de la luna! ¡Umbra, dest

