Había una noche cada cien lunas en que los tres se reunían. Sobre una gran roca partida en medio del valle, donde el cielo parecía mirarlos directamente. Lican llegó primero, en forma de lobo, su pelaje plateado como la luna llena. Se transformó en humano, respirando profundo el aire limpio. Azrael llegó después, caminando como un rey sin reino, su manto rojo arrastrándose sin tocar el suelo. Umbra… no llegó. Simplemente apareció, como si siempre hubiera estado allí.La luna entendía que esta reunión ocasional entre hermanos era necesaria, para olvidar, para sanar. Aunque después... Umbra volviera a dormir otros infinitos años. Por un instante, todo fue quietud. Hasta que Azrael habló. —He visto algo. Los humanos comienzan a multiplicarse. Construyen aldeas, cavan hierro, forjan arma

