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602 Palabras

Zar había partido al encuentro de Azrael, dejando atrás el aullido de los lobos y la promesa de volver con el arma que pondría fin al reinado de Umbra. Elara, aunque rodeada de la manada, se sentía sola. No por falta de compañía, sino por el peso del silencio. Había algo en el aire… un presentimiento que la mantenía en vela noche tras noche. Sabía que debía hacer algo más que esperar. El instinto de loba y los fragmentos de memoria que alguna vez le pertenecieron la empujaban hacia la biblioteca ancestral de la manada, un lugar prohibido para la mayoría, donde se guardaban los textos más antiguos de su especie: pergaminos escritos por los primeros hijos de la Luna. ERA UN LUGAR PROTEGIDO Y SAGRADO. Allí, entre el polvo y el eco de los siglos, Elara encendió una antorcha. Las sombras da

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