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638 Palabras

El amanecer aún no había terminado de pintar el horizonte cuando Zar entró al salón de guerra. El aire olía a hierro, sudor y decisión. Frente a él, los mapas se extendían sobre la mesa, marcados con símbolos y líneas que trazaban una sola verdad: la guerra ya no podía evitarse. Elara lo observaba desde la entrada, con los brazos cruzados. El fuego del brasero iluminaba su rostro, resaltando esa mezcla de determinación y tristeza que tanto lo atormentaba. —¿Cuándo pensabas decírmelo? —preguntó ella, con voz firme. Zar levantó la mirada, sabiendo que ya no podía ocultarlo. —Parto al amanecer —respondió, evitando sus ojos—. Azrael ya está en camino. Si logramos recuperar el arma lunar antes de que Umbra avance… tendremos una oportunidad. Elara avanzó unos pasos, las botas resonando s

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