El viento olía a ceniza cuando Azrael cruzó las fronteras de su reino. Las torres de obsidiana ya no brillaban, y el aire, antes denso de poder, estaba cargado de silencio… un silencio que dolía. Los caminos que conducían a la fortaleza estaban manchados de sangre seca. Sus pasos resonaron como un eco entre ruinas. Las sombras parecían llorar, y por primera vez en siglos, el Rey de los Vampiros sintió miedo...por los suyos. Había partido apenas un día antes para sellar su pacto con Zar y con Lican. Debía prepararse para viajar a las Tierras del Fin del Mundo en busca del arma lunar. Pero el destino, cruel como siempre, se adelantó a su regreso. Cuando el portón de hierro se abrió, lo recibió un hedor insoportable: muerte y fuego. El salón principal estaba destruido. Las estatuas

