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495 Palabras

Tanto Zar como Azrael se quedaron hablando hasta que amaneció. El bosque entero parecía escuchar, mientras los primeros rayos del sol atravesaban la bruma que aún olía a luna y a polvo de espíritus. La presencia de Lican se había desvanecido, pero sus palabras pesaban como una maldición: solo quien no tema morir por otros podrá blandir el Hueso Lunar. El silencio se extendió entre ellos, roto apenas por el murmullo del río cercano. Zar se pasó una mano por el cuello, intentando ordenar sus pensamientos. —No confío en ti—dijo con voz grave—. Pero Umbra no distingue entre enemigos, y si la Luna nos ha unido, será por algo. Azrael esbozó una sonrisa amarga. —No tienes que confiar en mí, Alfa. Solo seguir con vida el tiempo suficiente para cumplir con tu parte. Zar lo fulminó con la m

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