7
Elara sintió que la piel se le erizaba. El aullido había sido claro, agudo y lleno de pánico. Los vampiros no solo habían caído en su trampa… habían enviado más.
Daniel corrió a su lado, su respiración agitada, sus ojos dorados brillando con intensidad.
—No puede ser… Eran solo tres. ¡Era un grupo explorador!
—O un señuelo —dijo Elara con la mandíbula apretada—. Quieren saber qué tan preparados estamos. Y ahora lo saben.
A lo lejos, los aullidos se multiplicaron. Uno de ellos se interrumpió abruptamente, cortado por un sonido húmedo y horrible. Elara cambió de forma sin dudarlo. Su lobo interior rugió con furia mientras su cuerpo se transformaba en una figura majestuosa y ágil de pelaje gris plateado. Daniel la imitó y ambos corrieron hacia el punto de conflicto.
El claro estaba teñido de rojo. Dos lobos yacían sin vida, sus cuerpos inertes como muñecos rotos. Uno de ellos era un joven aprendiz, apenas mayor de edad. El otro, un viejo amigo de Daniel.
Un gruñido bajo recorrió la garganta del alfa.
—Esto fue un mensaje.
—No —dijo Elara con la mente conectada a través del vínculo mental de la manada—. Fue una advertencia. O peor… una declaración de guerra.
Entonces lo vieron. En el límite del claro, entre los árboles, una figura alta y encapuchada los observaba. No tenía olor. No tenía aura. Era como si la noche misma lo envolviera. Cuando sus ojos brillaron, supieron que no era un vampiro cualquiera.
Daniel retrocedió un paso.
—¿Es posible…?
—Ese no es un explorador. Es un señor de la noche —Elara frunció el ceño—. Quizá… incluso el propio líder.
Pero antes de que pudieran moverse, la figura se desvaneció, como disuelta por la oscuridad.
Los lobos restantes llegaron, jadeantes, con la sangre aún marcándoles los colmillos. El silencio se apoderó del grupo.
—Debemos movernos —ordenó Daniel con firmeza—. Esta zona ya no es segura.
Mientras regresaban a la cueva principal, Elara sintió que algo se removía dentro de ella. Una sensación antigua, de esas que vienen con los sueños y los presagios.
Esa noche, cuando se recostó sobre la roca templada por la luz de la luna, los recuerdos la arrastraron.
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Años atrás, cuando aún era una niña, Elara había escuchado una historia que su madre le contaba en susurros: la historia de la alianza rota.
Según contaban los viejos, hacía generaciones existió una tregua secreta entre algunos clanes de lobos y un antiguo linaje de vampiros. Esa paz había sido sellada con sangre y silencio, y había permitido una coexistencia fugaz antes de que la traición destruyera todo.
Elara nunca había creído completamente en esa historia. Pero ahora, tras ver al espectro sombrío entre los árboles, dudaba.
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—Daniel, ¿te suena la leyenda del pacto n***o?
El alfa levantó la vista, sorprendido.
—Pensé que era un mito.
—¿Y si no lo es? —Elara se sentó a su lado en la roca de vigilancia—. ¿Y si lo que estamos viendo ahora… es el eco de algo que nunca se cerró?
—¿Decís que Zar sabe algo?
—Estoy segura de que sabe mucho más de lo que dice.
Daniel la observó en silencio. Finalmente, habló con tono grave.
—Entonces hay que buscar respuestas. Y hay solo una persona que puede dárnoslas.
—¿Quién?
—Tu madre.
Elara sintió un vuelco en el pecho.
—Ella murió hace años.
—Lo sé. Pero su diario no.
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Al amanecer, emprendieron el viaje. La antigua casa de la familia de Elara quedaba en las montañas, lejos de la actual sede de la manada. Nadie había vuelto allí desde el ataque que marcó su infancia. Aquel que le arrebató a su madre y la obligó a crecer demasiado rápido.
Mientras avanzaban entre riscos y senderos olvidados, los recuerdos golpeaban con fuerza.
—¿Recordás algo más de esa noche? —preguntó Daniel.
—Recuerdo fuego. Y una voz. Una voz que hablaba en un idioma que no entendía, pero que me hacía temblar. Y unos ojos… rojos. No eran de un lobo.
—¿Y si esa fue la primera aparición del líder vampiro?
Elara asintió lentamente.
—Quizá. O de su enviado.
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Cuando llegaron, la casa estaba cubierta de hiedra y telarañas. El polvo se acumulaba como una segunda piel sobre los muebles. Pero Elara sabía exactamente dónde buscar.
En el dormitorio de su madre, detrás del marco de un espejo roto, encontró el compartimento oculto. Allí, envuelto en tela de lino, estaba el diario.
Lo abrió con manos temblorosas. La tinta ya desvanecida hablaba de noches largas, de secretos guardados, de un nombre repetido muchas veces: Azrael.
—Ese nombre… —susurró Daniel—. Lo he escuchado en historias prohibidas. Dicen que fue el primero. El más antiguo. El que nunca muere.
—Y el que nunca se muestra… —añadió Elara, leyendo con creciente horror.
Las últimas páginas eran advertencias. El pacto estaba roto. Los guardianes habían fallado. Y Azrael había despertado.
El diario terminaba con una frase subrayada con rabia:
“Si vuelve, no lo enfrentemos solos.”
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—Debemos volver y contarle esto a los ancianos —dijo Daniel mientras descendían—. Y buscar aliados. Tal vez los clanes del norte…
—No. Hay otra cosa que quiero hacer antes.
—¿Qué?
—Ver a Zar Stone. Una última vez.
Daniel se detuvo.
—¿Estás loca? Después de lo que pasó…
—Él sabe algo. Lo vi en sus ojos cuando hablaba de su padre. Y si no me dice la verdad, la sacaré a la fuerza.
—No voy a dejarte ir sola.
Elara lo miró con decisión.
—No te estoy pidiendo permiso, primo.
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Y en la lejanía, en un castillo oculto por nieblas eternas, el Rey Zar abría los ojos abruptamente.
Su corazón latía con fuerza.
Había soñado con fuego.
Con colmillos.
Y con Azrael.
—Volviste… —susurró.
La guerra apenas comenzaba.