El cielo se oscureció aquella noche. La Luna, fría y despiadada, se erguía en lo alto como un ojo vigilante. Azrael, Rey de los Vampiros, había traspasado el límite que ningún ser inmortal debía quebrar: había tomado para sí lo que pertenecía a su hermano, había humillado a su sangre. Elena, su amada esposa, desconocía lo que sucedería a continuación. La diosa de la Luna no perdona. Y cuando sus rayos bañaron a Elena, el veredicto cayó como un trueno invisible. —Tú, Azrael, rompiste el lazo sagrado de la hermandad y mancillaste el orden eterno —resonó la voz de la Luna, tan clara como el canto de mil lobos—. No pagarás con tu sangre, sino con lo que más amas. Elena gritó, sus ojos se inundaron de miedo. Sus venas ardían como si fuego líquido corriera por ellas. El castigo no caía sob

