Zar sale del bosque sin saber en qué momento el mundo dejó de ser el mismo. El cambio no es brusco. Primero es el aire: espeso, denso, cargado de una energía antigua que oprime el pecho. Luego el suelo, que ya no es tierra viva sino piedra negra, lisa, pulida como si las sombras la hubieran trabajado durante siglos. Zar camina hacia delante sin mirar atrás. No corre. No duda. No huye. Simplemente conduce su cuerpo abatido de pensamientos y recuerdos, algunos suyos y otros... no. Dentro de él, algo empuja. Una voluntad ajena ordena, dirige, se impone. Pero muy abajo, enterrada bajo capas de confusión y recuerdos que no le pertenecen, la esencia del lobo resiste. El alfa que fue intenta emerger, aunque no comprende del todo quién es ahora. Cuando cruzan el umbral, las sombras se cierra

