El silencio del calabozo no era real. Respiraba. Elara lo sentía en las paredes húmedas, en la energía que se deslizaba como serpientes invisibles por el suelo. La jaula ya no estaba. Ahora era una celda tallada en piedra negra, viva, palpitante. Cada latido del castillo parecía sincronizarse con el suyo. Se incorporó lentamente. Sus muñecas estaban marcadas por grilletes de sombra, no de metal: magia antigua, lunar corrompida. No dolían… pero drenaban su fuerza, su vínculo con la manada. —Así que esta será tu jaula...para siempre —susurró una voz conocida. Elara alzó la cabeza de golpe. Zar estaba allí. De pie, al otro lado de las rejas. Su cuerpo intacto, poderoso, pero algo estaba terriblemente mal. Sus ojos ya no eran solo dorados: vetas oscuras los atravesaban, como raíces negr

