Elara corría a través del bosque, el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas. Sus patas hundiéndose en la tierra húmeda, las hojas crujían bajo sus pasos. Zar avanzaba delante de ella, torpe, vacilante, pero guiado por algo oscuro y antiguo que parecía apartarlo de la luz que él siempre había llevado. Finalmente, tras horas de persecución, llegaron a las puertas del reino de Umbra. —No puede ser... Una fortaleza oscura, tallada en piedra negra que parecía absorber la luz de la luna. Las torres eran afiladas, como colmillos que apuntaban al cielo. Sombras danzaban entre los muros, formas humanas que se movían con precisión letal . Elara se detuvo. Su olfato detectaba magia antigua, poderosa, retorcida. El corazón le latía con rapidez, y su mente trataba de encontrar un plan

