Elara sentía todavía el peso de las palabras de Irina cuando el aullido desesperado de la guardia la hizo bajar las escaleras casi a los saltos. —¡ABRAN PASO! —gritó uno de los centinelas—. ¡VUELVEN LOS GUERREROS DEL NORTE! Los lobos se apartaron, dejando entrar a tres guerreros ensangrentados y exhaustos, todavía medio transformados. Sus ropas estaban rotas, sus miradas perdidas. Elara reconoció a uno de ellos: Kaden, uno de los más leales a Zar. —¿Dónde está? —fue lo único que pudo decir Elara, antes incluso de que llegaran al centro del salón. Kaden se arrodilló, clavando una rodilla en el suelo, respirando con dificultad. —Mi reina… fuimos con el Alfa y con el rey vampiro Azrael a las tierras del fin del mundo… encontramos el templo, el altar… el arma lunar… Elara lo agarró de lo

